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La consagración a la Santísima Virgen María es un acto mediante el cual una persona se entrega totalmente a la protección, guía y amparo de la Virgen para que Ella la conduzca a la unión perfecta con Cristo.

Consagración Total al Inmaculado Corazón de María

¿Qué es consagrarse?
La palabra “consagración” viene del latín: “Cum-sacrum”, es decir, “Santo con”. El propósito de la consagración es alcanzar la santidad. Es alcanzar esa unión de corazones, de nuestro corazón, con el corazón de Dios. Cuando le damos permiso a María de actuar en nuestro corazón, ella, junto con el Espíritu Santo empiezan a trabajar en nosotros y a conseguirnos las gracias necesarias para cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón vivo, lleno de amor para Dios y para nuestros hermanos.
Muchos caminos pueden ayudarnos a lograr esto, pero el más fácil, el más corto y más seguro, es sin duda, a través del Inmaculado Corazón de María, como dice San Luis Grignon de Montfort.

Modo de preparación
Para consagrarse al Inmaculado Corazón de María, es necesario realizar una preparación personal durante 33 días. Existen varios métodos. Uno de los métodos para la Preparación se llama “33 Días Hacia Un Glorioso Amanecer”, y nos permitirá meditar sobre la vida de 4 grandes santos marianos: Luis Grignon de Montfort, Maximiliano Kolbe, Madre Teresa de Calcula y Juan Pablo II. Finalizada la preparación debe realizarse la consagración en una fecha de fiesta mariana, ya sea en forma personal o en grupo durante la celebración de la Santa Misa. María desea ayudarnos, a través de su Inmaculado Corazón, a traer el mundo de vuelta a Dios. Esta es una invitación para llevar al cabo la preparación y consagrarse a sí mismos, a sus familias, a las parroquias y a la Arquidiócesis a su Inmaculado Corazón.

¿Por qué consagrarse?
Todos los cristianos sabemos lo difícil que es mantenerse día a día en una vida fiel a Dios. ¡Son tantos los peligros, las tentaciones, las ilusiones…!

¿Hay algún camino seguro, fiable y fácil que nos ayude a mantenernos unidos a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador?
Sí que lo hay. Él mismo nos los mostró. A la hora de hacerse hombre Jesucristo vino a nosotros a través de la Virgen María.

¿Por qué no íbamos a coger el mismo camino a la hora de ir hacia Él?
Consagrándonos a la Virgen nos ponemos en manos de la Madre de Dios, que es también nuestra madre, para que Ella nos proteja y nos ayude a mantenernos fieles al Señor.
Ella cuida de forma especial, ayudando a vencer todas las dificultades propias de la vida cristiana, a aquellos que se confían en sus manos y bajo su manto.

¿No basta esta única razón para entregarnos totalmente a los cuidados de la Reina del Cielo?
Por eso los santos de todos los tiempos han vivido unidos y consagrados a la Santísima Virgen María. Difícilmente podamos encontrar ningún santo que no haya tenido especial amor y devoción a la Virgen.
Algunos de ellos han sido especialmente importantes por su insistencia en este asunto.
Entre ellos cabe recordar a San Ildefonso de Toledo (607-667) San Bernardo de Claraval (1090-1153), San Juan Bosco (18151888), San Antonio Mª Claret (1807-1870) San Juan Pablo II (1920-2005).

Un santo muy importante fue San Luis María Grignón de Montfort (1673-1716), que escribió un libro titulado “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María” donde explica estos temas con profundidad.
La consagración a la Santísima Virgen María ha tomado fuerza en estos últimos años a raíz de las apariciones de la Virgen en Fátima, donde el Cielo claramente pidió no solo la consagración de las personas individuales sino también la de países enteros. El Magisterio de la Iglesia, especialmente a través de los Sumos Pontífices, ha alabado, recomendado y exhortado a todos los cristianos a que se consagren a la Santísima Virgen María.

El Papa San Juan Pablo II (consagrado personalmente bajo el modelo de San Luis Mª Grignón de Montfort) y el Papa Benedicto XVI impulsaron esta práctica de forma especial en estos últimos años.

Sn. Juan Pablo II entendía la entrega a María como “la renovación perfecta de las promesas bautismales” a través de las manos de ella. Según entendía el Papa, un cristiano se entrega conscientemente a María para poder entrar plenamente en la consagración a Jesucristo efectuada mediante el bautismo.