La Virgen de Fátima y el sufrimiento

Autora: Effy J. De Lille Basulto.
La admirable disposición que adquirieron los tres videntes de Fátima para sufrir física y espiritualmente por amor a Dios sigue conmoviéndonos cien años después de las apariciones. Es notable especialmente el hecho de que este deseo de padecer y ofrecerse en oblación – que sería muy natural en los “grandes” santos – surja en las almas de tres pequeños niños, simples pastorcitos de 7, 9 y 10 años. Sin duda alguna, este anhelo no pudo haber nacido de la carne, sino del espíritu, y se desarrolló porque estos pequeños fueron formados en la escuela del sacrificio y el sufrimiento por la misma Madre de Dios. ¿Qué enseñanza tiene este aspecto del mensaje de Fátima para los cristianos del siglo XXI?
Que Nuestra Señora quería hacer a los niños partícipes de la cruz de su Hijo queda manifiesto ya desde la primera aparición, el 13 de mayo de 1917. Ofrecerse heroicamente como víctimas por los pecadores es una petición no común para niños de su edad y sólo se entiende a la luz del valor del sufrimiento. Así lo narra la Hermana Lucía en sus Memorias:
“Las palabras que la Santísima Virgen nos dijo en este día, y que acordamos no revelar nunca, fueron (después de decirnos que iríamos al cielo):
– ¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?
– Sí, queremos – fue nuestra respuesta.
– Tendréis, pues, que sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.”
Aceptando generosamente la petición de la Madre de Dios, los tres pastorcitos se unieron a los padecimientos del Señor, ofreciendo todos los días numerosos sacrificios y rezando la oración: “Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.” Así, daban cumplimiento al misterio de la cruz del que nos habla la carta a los Coloscenses (1, 24.27):
“Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia… el misterio que estuvo oculto desde toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos. A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo entre ustedes.”

Ciertamente, no le falta nada a la Pasión de Nuestro Señor en el sentido objetivo, porque los méritos de su sacrificio son suficientes para redimirnos a todos los hombres de todos los tiempos. Pero, subjetivamente, también se requiere la participación activa de los miembros de su cuerpo místico. Y aquí es donde el mensaje de Fátima nos recuerda que los sufrimientos de los cristianos vivifican a toda la Iglesia. En palabras del Papa Pío XII:
“Aunque parezca maravilloso, Cristo requiere a sus miembros… Al realizar la obra de la Redención, Cristo desea ser ayudado por los miembros de su Cuerpo. Y no porque sea indigente y débil, sino más bien porque lo ha querido así para mayor gloria de su Esposa inmaculada. Al morir en la Cruz, dejó a su Iglesia el inmenso tesoro de la Redención, al que ella no contribuyó con nada. Pero cuando distribuye esas gracias, no sólo participa Él en su tarea de santificación con su Iglesia, sino que quiere que, de algún modo, ello se deba a la acción de la propia Iglesia” (Mystici Corporis Christi, 44).
De aquí que una respuesta al llamado de la Santísima Virgen sea ofreciendo todos los sufrimientos que el Señor quiera enviarnos por la santificación de la Iglesia y en acto de reparación. El mundo pagano necesita urgentemente del testimonio de nosotros los cristianos sobre el inmenso valor de los sufrimientos unidos a la Pasión de Cristo. Al tal grado que san Juan Pablo II llegó a llamar a este testimonio el “evangelio del sufrimiento” y la respuesta a la difícil y siempre actual pregunta acerca de su significado. Así lo escribía:
“A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.” (Salvifici Doloris, 26).
Los tres pastorcitos entendieron, de un modo admirable para su edad, esta verdad y las memorias de la Hermana Lucía ofrecen incontables ejemplos de sacrificios que ellos voluntariamente buscaban y ofrecían para consolar a Nuestro Señor. Se privaban de jugar, daban su comida a las ovejas o su merienda a los más pobrecillos y hacían el sacrificio de no comer, comían bellotas amargas… todo para salvar almas y convertir a los pecadores. Para el mundo, estos actos tan heroicos son absoluta locura. Pero los cristianos sabemos que son propios de los santos, son las locuras de la cruz, como dice el P. Manuel Miguélez:
“Cuando el fuego del amor humano prende en un corazón de suyo apasionado, ¿qué locuras y sacrificios no se hacen para conquistar y poseer el bien que se apetece? … ¿Parecería, pues, extraño, que el amor divino más ardiente y transformador, engendre en las almas deseos, sacrificios, holocaustos y hasta ciertas locuras que el mundo es incapaz de comprender? ‘Fuego vine a poner en la tierra – dijo Nuestro Señor Jesucristo – ¿y qué quiero yo, sino que arda?’… Continuará ardiendo, sin desmayos ni intermitencias, a través de todos los siglos en muchas almas que hace suyas” (Los tesoros de la cruz, p. 224).
Pidamos a Dios, por intercesión de Nuestra Señora de Fátima, la gracia de dar una respuesta personal afirmativa a este llamado y, como lo hicieron sus pastorcitos, ofrecer nuestros sufrimientos en reparación por los pecados y por la conversión de los pecadores.
Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros. Santos Jacinta y Francisco, rueguen por nosotros.

Categorías: Fatimazo

3 commentarios

Mariela Gastélum · 9 octubre, 2017 a las 7:33 am

Gracias Señor por hacernos partícipes de tu Obra Redentora! Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros. Santos Jacinta y Francisco, rueguen por nosotros.

patricia monforte · 9 octubre, 2017 a las 1:35 pm

Nuestra Señora de Fatima ruega por nosotros y ayudanos a ser obedientes como lo fueron Lucia – Jacinta y Francisco y ser agradables a tus ojos AMEN

Xhonane · 10 octubre, 2017 a las 2:01 am

¡Muchas gracias por esta bella reflexión, Effy!

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