María, maestra de salvación.

Autora: MGT
No es casualidad que la Santísima Virgen, en cada una de las apariciones en Fátima, pide a los tres pastorcitos que recen el Santo Rosario. ¿Por qué será? ¿Qué podemos aprender con el Santo Rosario? ¿Qué tendrá el Santo Rosario que Nuestra Madre Santísima insiste tanto en que se rece… y que se rece bien?
Sabemos que el Rosario, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en Cristo. En cada uno de los misterios se concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico. Con el Rosario aprendemos de María a contemplar la Belleza del rostro de su Hijo, a sumergirnos en el Amor del Corazón de Jesús.
María pasó toda su vida terrenal mirando a Cristo, y sigue haciéndolo en el Cielo. Ella atesoraba cada una de sus palabras, de sus gestos, de sus obras: «Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, y son precisamente estos recuerdos los que constituyen el ‘rosario’ que Ella oraba constantemente durante su vida terrenal.
Y nosotros también ahora, cuando recitamos el santo Rosario contemplamos los misterios de la vida Jesús, recordando y contemplando a través de la mirada maternal de María la Belleza del rostro de su Hijo, nos ponemos en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María. Cuando se recita el santo Rosario, se derrama sobre nosotros la fuerza salvadora que mana del Amor del Corazón de Jesús.
Es por esto, que nuestra madre celestial insiste en el rezo del santo Rosario, Ella quiere darnos a conocer a su Hijo, Ella nos dice ‘miren, este es mi Hijo, sepan cuanto los ama, amenlo ustedes a El, conózcanlo y amenlo a través de mi Inmaculado Corazón’.
El mensaje de Fátima se puede considerar como una escuela de Salvación, y la Santísima Virgen es la maestra. Aunque bien sabemos que es el mismo Jesús el Maestro por excelencia, El mismo le cede el puesto a su Madre para que sea Ella quien nos tome de la mano y nos guíe a través de la Palabra encarnada para conocerle y amarle plenamente; no se trata solo de conocer y comprender las cosas de Jesús, sino de conocerle y comprenderle a El. Y en esto, ¿qué maestra más experta que María? Nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo del Redentor.
Es por esto que María Santísima nos invita a rezar ‘bien’ el santo Rosario, así lo pide Ella misma a Lucía, Francisco y Jacinta; es decir, hemos de rezar contemplando la vida del Redentor a través del Corazón de María. Sin esta dimensión contemplativa, se
desnaturalizaría esta oración, como subrayó Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: “Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad” (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que develen su insondable riqueza».
En su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, SS Juan Pablo II nos dice: “Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.
Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce
consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe», en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).”
Tanto en su sencillez como en su profundidad, el santo Rosario es una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos y Pontífices que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación, recordamos algunos:
San Juan Pablo II frecuentemente invitaba a rezar el Rosario, decía que en él siempre encontraba consuelo cuando tenía alguna preocupación.
El Papa León XIII en su Encíclica Supremi apostolatus officio, lo señala como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad.
San Luis María Grignion de Montfort, autor de El secreto admirable del Santísimo Rosario para convertirse y salvar.
San Pío de Pietrelcina, verdadero apóstol del Rosario.
El Beato Bartolomé Longo, decía «¡Quien propaga el Rosario se salva!»

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