33 Dias hacia un Glorioso Amanecer

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Introducción

Por qué escribí este libro, y cómo utilizarlo

Escribí este libro por una razón principal: la consagración total a Jesús por María (la Consagración Mariana) es realmente “el medio más seguro, más fácil, más corto y el más perfecto camino” a la santidad y debería haber una manera fácil y actualizada de aprovechar semejante bendición.

No era fácil… Hasta ahora

Me topé con un problema cuando escribía mi otro retiro espiritual personal, Consolando al Corazón de Jesús. En ese libro hablé de lo impactante que es la consagración total a Jesús por medio de María pero no tenía tiempo suficiente para entrar en detalles. Así que recomendé que la gente leyera el clásico escrito por San Luis de Montfort sobre la consagración mariana, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

En La Verdadera Devoción, de Montfort presenta un curso de preparación para la consagración mariana que cubre 33 días. El problema es que no es muy fácil seguir el formato tal como se presenta en el libro. (Las oraciones están en páginas diferentes, tienes que buscarlas, retroceder y avanzar, etc.) Para resolver este problema los Padres Monfortianos publicaron un libro más pequeño titulado Preparación para la consagración total. Ese libro reunió todas las oraciones y facilitó el desarrollo de los 33 días, pero aún existía otro problema para mí.

La preparación monfortiana de 33 días está llena de letanías y oraciones, pero tiene poca información sobre la consagración misma. Hace años, cuando empecé a prepararme según este formato, recuerdo claramente la impresión que me dio: ¡¿en qué me metí?! Me pareció que había empezado un maratón de oración de 33 días y me pregunté si podría perseverar hasta el fin. Finalmente me resigné a la idea de que para ganar la corona de la consagración mariana, tenía que “hacer mi tarea” recitando la larga lista de oraciones que aumentaba cada semana. No me malinterpretes, es apropiado hacer algún sacrificio para recibir un don tan grande como la consagración mariana. Es más, no es mi intención menospreciar la oración vocal, la cual tiene un valor inmenso y es un “elemento indispensable de la vida cristiana”. Sólo que, en lo personal, el mayor fruto espiritual lo encuentro no en recitar largas oraciones, sino en contemplar con el corazón las enseñanzas inspiradoras sobre la consagración mariana. He aprendido que no pocas personas piensan lo mismo y no quiero que pierdan el tesoro de consagración mariana a causa de muchas oraciones largas.

Por eso, escribí este libro. Lo hice creyendo que una preparación para consagrarse a María (o para renovar la consagración) no tiene que ser un maratón de oración. Al contrario, podría ser una experiencia espiritual menos sobrecogedora de lectura y reflexión devota. Claro que algunos podrían quedar más satisfechos espiritualmente con la preparación original de 33 días, y eso es fantástico. Pero quería proveer una alternativa para los que, como yo, a veces tienen dificultades para recitar muchas oraciones largas. Además, quería proveer para todos — incluso para los aficionados a las letanías — una versión actualizada de la preparación monfortiana, la cual incluiría nuevos tesoros de fuentes contemporáneas. Es una consagración mariana para el tercer milenio.

No actualizado…Hasta ahora

En Consolando al Corazón de Jesús, declaré algo muy audaz. Dije que uno podría recibir todas las gracias de un retiro ignaciano de 30 días en un solo fin de semana. Seguí el ejemplo audaz del Venerable Padre Pío Bruno Lanteri (1759-1826) quien aseguró que cualquier persona podría tener todo lo necesario para hacerse “un gran santo” no en 30 sino en 8 días. ¿Por qué creyó Lanteri que sus retiros podían ser más cortos, pero tan eficaces como los de 30 días? Porque hizo especial hincapié en lo que yo llamo sus “armas secretas”: La Divina Misericordia y María. ¿Y por qué creía yo que mi retiro podía ser aun más corto que el de Lanteri? Porqué Lanteri murió hace más de 180 años, y desde su muerte la Iglesia ha desarrollado aun más sus armas secretas. Con estas armas secretas más poderosas, concluí que podíamos hacer retiros más eficaces, incluso en un fin de semana.

Entonces en Consolando al Corazón de Jesús dediqué la mayoría de las páginas a desarrollar nuevas ideas relacionadas con una de las armas secretas de Lanteri: la Divina Misericordia. Así, incluí mucho material de dos grandes santos contemporáneos: Santa Teresa de Lisieux y Santa María Faustina Kowalska. Desafortunadamente, no tenía mucho tiempo para examinar a fondo los nuevos elementos relacionados con la consagración mariana. Toqué brevemente algunos de ellos pero no podía entrar en detalle. Afortunadamente, eso es lo que vamos a hacer con este libro.

En las páginas que siguen vamos a escuchar no solamente del primer gran apóstol de la consagración mariana, San Luis de Montfort, sino también de otros gigantes marianos que vinieron después. En sus tiempos, de Montfort recopiló y sintetizó las enseñanzas de los mejores expertos de la espiritualidad mariana. Si viviera hoy, sin duda nos presentaría las enseñanzas de nuestros “expertos marianos” contemporáneos.

¿Quiénes son los expertos marianos contemporáneos? Hay muchos, pero para nuestra reflexión escogí a “los tres grandes”. Específicamente seleccioné los tres santos marianos que más vivamente han contribuido a la belleza y riqueza de la espiritualidad de la consagración. Son San Maximiliano Kolbe, Santa Madre Teresa de Calcuta y San Juan Pablo II. Si añadimos a San Luis de Montfort, conseguimos un excelente grupo de cuatro santos que nos guiará a una nueva y potente forma de consagración mariana.

¿Cómo se desarrolla el Retiro?

Cada una de las cuatro semanas (más cinco días de repaso), leeremos cómo uno de nuestros cuatro gigantes vivió su consagración a Jesús por María. La meta será no sólo leer sobre ellos y sus enseñanzas, sino también contemplar con el corazón sus mensajes, siguiendo el ejemplo de María. Así a lo largo de estos 33 días no vamos a hacer una larga lista de oraciones. En lugar de eso, vamos a hacer todo lo posible para contemplar con el corazón la enseñanza del día. (O si leemos por la noche, podemos pasar el día contemplando la enseñanza del día anterior). Como sabemos por la Sagrada Escritura, esta actitud contemplativa es específicamente mariana (ver Lucas 2:19, 51) y es algo que podemos hacer por más ocupados que estemos. Además incluí una breve oración que acompaña cada lectura diaria para ayudarnos a contemplar la lección del día. Y debido a que nuestra meta durante estos 33 días es permanecer en un ambiente de oración contemplativa, he denominado este período no sólo como preparación sino como retiro espiritual.

Por supuesto 33 días es un largo plazo para estar de retiro, y podría pasar que, a pesar de nuestras buenas intenciones y esfuerzos, perdamos un día (o más) de lecturas y oraciones. Si esto sucede, no hay que desanimarse ¡y mucho menos darse por vencido! En cambio, sugiero que simplemente leamos los textos de los días perdidos lo más pronto posible y continuemos con el retiro. El Señor conoce nuestros corazones, y si nuestro verdadero deseo es hacer la consagración, no debemos permitir que la tentación nos lo impida. Créeme, es muy probable que nos enfrentemos con la tentación de abandonar nuestra preparación. Pero no nos rindamos. Vamos a hacer todo lo posible para ser fieles a las lecturas y oraciones contemplativas de cada día. Si flaqueamos por nuestra negligencia, digamos al Señor que lo sentimos, que confiamos en Su misericordia, recuperemos las lecturas perdidas y sigamos andando.

La razón por la cual sugiero que nos pongamos al día en cuanto a las lecturas tiene que ver con la estructura misma del retiro; el aprendizaje de las enseñanzas diarias es acumulativo y al fin todas las partes se unen para formar una imagen completa de la consagración mariana. Por eso, obviamente no queremos saltarnos una parte esencial. Es más, dada esta estructura del retiro, podría ser útil considerarlo según sus cuatro semanas distintas, teniendo en cuenta que los últimos cinco días se dedican al repaso:
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Primera Semana – San Luis de Montfort
Segunda Semana – San Maximiliano Kolbe
Tercera Semana – Santa Madre Teresa
Cuarta Semana – San Juan Pablo II*

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* Nuevamente quedan cinco días después de la cuarta semana. Los primeros cuatro de estos días (29-32) se dedican a un repaso de cada semana. El quinto día (el día 33 de la preparación) se dedica a repasar la oración de consagración que será recitada el día siguiente, la Fiesta Mariana, el día “34”.

Ahora, antes de comenzar el retiro mismo, pensé incluir una introducción a la consagración mariana. Esta introducción no es parte de los 33 días de preparación, sino una especie de preparación para la preparación. Y esto es bueno, porque si bien la introducción puede ser leída en cualquier momento, recomiendo que el retiro en sí se lleve a cabo durante alguno de los períodos especificados. En otras palabras, sugiero que sigamos el consejo de San Luis de programar los 33 días de preparación de tal manera que concluyan en la vigilia de una fiesta mariana. Esta tabla con fechas de inicio y fiestas marianas puede ayudarnos a determinar cuándo empezar:

Junto con San Luis de Montfort, te recomiendo que inicies el retiro en una de las fechas propuestas arriba. Dicho eso, debo agregar que no existe un mal momento o un tiempo equivocado para prepararse para la consagración. Bueno, eso sería lo ideal. Si decides aguardar hasta una de las fechas de inicio, no tienes que esperar para leer la siguiente introducción. De hecho, puedes comenzar a leerla ahora.

En realidad, antes de empezar con la introducción, tal vez debes considerar otra cosa: hacer el retiro con un grupo de compañeros. Aunque la costumbre es hacer los retiros a solas, muchas personas encuentran particularmente efectivo hacerlos en pequeños grupos.

Introducción a la Consagración Mariana

¿Por qué un “Glorioso Amanecer”?

Al ver este libro por primera vez tal vez te preguntaste: “¿Por qué se llama 33 Días hacia un Glorioso Amanecer?”. La parte de los “33 días” ya ha de estar clara — se refiere a los días de preparación — pero quizás lo de “glorioso amanecer” no lo esté tanto. Escogí esta expresión porque creo que es la que mejor capta la esencia de la consagración mariana: un nuevo modo de vivir en Cristo. El acto de consagrarse a Jesús por María marca el comienzo de un glorioso nuevo día, un nuevo amanecer, una mañana flamante en el viaje espiritual de una persona. Es un nuevo comienzo, y lo cambia todo.

Experimenté un nuevo día glorioso en mi propio viaje espiritual cuando me consagré a María* por primera vez el día 8 de diciembre de 1995. Era el fin del primer semestre de mi primer año de universidad.

Al principio del semestre, un amigo me había regalado una copia de La Verdadera Devoción de San Luis de Montfort. Al ver las palabras en la contraportada presentando el camino “más seguro, más fácil, más corto y más perfecto” para llegar a ser santo, quedé muy entusiasmado. Pensé: “¡Eh, este es el camino que yo necesito!” Así que a pesar de tener un montón de tareas, me puse a leer. Antes de llegar a la mitad, me detuve, lo dejé y decidí firmemente hacer esa consagración. Después escogí la siguiente fiesta mariana, realicé el maratón de oración de 33 días e hice la consagración con gran fervor. Ese día cambió mi vida por completo. Veo hacia atrás y en verdad puedo decir que todo cambió. Todo se abrió. Fue una nueva mañana gloriosa en mi andar con Jesús, ahora también con María.

San Juan Pablo II relata que su consagración a María le causó un efecto similar. Es más, dice que leer el libro de San Luis fue un “cambio de rumbo” en su vida. De hecho, su consagración a Jesús por María fue tan importante que adoptó como lema papal las palabras propias de San Luis de Montfort que resumen la consagración total a Jesús por María, “Totus Tuus” (“Todo Tuyo”). Además, se dice que el Papa recitaba diariamente la versión larga de la oración de consagración monfortiana.

He conocido a muchas personas que se han consagrado a María y se identifican con la referencia del Papa a un “cambio de rumbo” en la vida — o, como lo dije yo, “un nuevo amanecer glorioso” en el viaje espiritual. La verdad es que sí hace una diferencia. Realmente es “el medio más seguro, más fácil, más corto y el más perfecto camino” para llegar a ser santo, lo cual me lleva a otra razón por la que escogí incluir “Glorioso Amanecer” en el título.

El amanecer de nuevos Santos Gloriosos

Como mencioné en la introducción de Consolando al Corazón de Jesús, San Luis de Montfort predijo dos cosas interesantes sobre su libro, La Verdadera Devoción. Primero, dijo que después de su muerte vendrían demonios furiosos para esconder el manuscrito inédito, de manera que nadie jamás lo pudiera leer — y de hecho el manuscrito se perdió por más de un siglo después de su muerte. El santo escribió:
“Preveo que surgirán bestias enemigas que bramarán furiosas intentando destrozar con sus diabólicos dientes este escrito pequeño, o al menos sepultarlo en el silencio de un cofre a fin de que no aparezca jamás.”

De Montfort también dijo que con el tiempo su manuscrito sería descubierto y publicado y que su espiritualidad mariana ayudaría a formar algunos de los más grandes santos en la historia de la Iglesia. Además, no predijo que estos santos serían pocos. Al contrario, esperaba que hubiera todo un ejército de ellos:
“Esta perspectiva [sobre las bestias viniendo por el manuscrito] me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Dios y de María, de uno y otro sexo, para combatir al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos, más que nunca peligrosos, que van a venir.”

En este pasaje, de Montfort describe los tiempos que vendrían como “más que nunca peligrosos”. Pienso que nadie me discutiría que vivimos en tiempos peligrosos. De hecho, en muchos sentidos nuestros tiempos están marcados por una maldad sin precedentes. Pero no te preocupes porque hay buenas noticias: en tiempos de maldad sin precedentes Dios quiere ofrecernos una gracia sin precedentes. Pues, como escribió San Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20). Y una de las maneras por las cuales Dios imparte su gracia superabundante en nuestros tiempos es hacer surgir a algunos de los más grandes santos. San Luis de Montfort los describe así:
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*A veces en este libro me referiré a la consagración mariana como una consagración “a Jesús por medio de María”; en otros momentos, como una consagración “a María”. Ambas expresiones tienen el mismo significado. Todo el propósito y misión de María es ayudar a las almas a vivir en unión con su Divino Hijo, Jesús. Ella no compite con Él. Entonces, si digo “consagración a María”, el significado completo es “a Jesús por medio de María”. De hecho, siempre que en este libro utilizo la expresión “a María” debe ser interpretada como “a María…para Cristo, para Dios, para la Trinidad”. Desde este momento voy a presuponer esto porque sería demasiado repetitivo explicarlo cada vez.
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El Altísimo con su Santísima Madre deben suscitar grandes santos que excederán tanto más en santidad a la mayor parte de los demás Santos, cuanto sobresalen los cedros del Líbano entre los arbustos.

¿Cómo puede ser esto? Los santos que han venido antes de nosotros seguramente son impresionantes. Además, la virtud y santidad de la gente de nuestros días — incluyendo al autor — no son precisamente resplandecientes. Pero eso es lo sorprendente. Dios quiere preparar a las almas pequeñas para la santidad. Lo quiere hacer según el modelo de la Inmaculada Concepción de María. Míralo así: la Inmaculada Concepción de María, la gracia por la cual fue concebida sin la mancha del pecado original, es un don increíble de misericordia. Vale mencionar que María no hizo nada para merecer esta gracia. Fue un don total — ganado por los méritos de su Hijo. Como embrión en el vientre de su madre, Santa Ana, ¡María no rezó el rosario para merecer este don! En cambio, lo recibió en el instante de su concepción, el mismo instante en el cual comenzó a existir. Así que no hizo absolutamente nada para merecerlo. Fue Dios quien tomó la iniciativa de conceder este don gratuito y maravilloso.

Así es para nosotros también. Dios ofrece a las personas de nuestros tiempos un camino poderoso y eficaz para llegar a la santidad y no es porque seamos tan buenos. Más bien es porque nuestros tiempos son tan peligrosos y Dios quiere que su misericordia triunfe a través de María. Por tanto, ofrece a nuestras pobres almas pecadoras un regalo asombroso — lo que San Luis de Montfort llama un “secreto” poco conocido:

Pobres hijos de María, es extrema vuestra debilidad, grande vuestra inconstancia, muy corrompida vuestra naturaleza. Lo confieso: habéis sido sacados de la masa corrompida de los hijos de Adán y Eva. Pero no os desaniméis por esto: antes bien, consolaos y alegraos; oíd el secreto que os descubro, secreto desconocido de casi todos los cristianos, aun de los más devotos.

¿Cuál es este bendito “secreto”? Es la espiritualidad de una verdadera devoción a María, una espiritualidad de consagración total a Jesús por medio de María. De eso se trata este retiro espiritual. Antes de comenzar, debo dar una explicación resumida de la consagración mariana, cuya comprensión se profundizará a lo largo de nuestro retiro.

¿Qué es la Consagración Mariana?

Lo que sigue es la visión general de la consagración mariana que presenté en mi libro Consolando al Corazón de Jesús. Si ya la has leído, siéntete libre de saltarte esta sección. Pero no pierdes nada si la repasas, ¿verdad?

Para entender bien la esencia de la consagración total a Jesús por María, primero necesitamos reflexionar sobre algo importante: Jesús quiere incluirnos a todos en su obra de salvación. En otras palabras, no es que simplemente nos redime y luego espera que nos pongamos cómodos y descansemos. Al contrario, nos pone a trabajar. Quiere que todos trabajemos en la viña de su Padre de una manera u otra. ¿Por qué no chasqueó los dedos y arregló las cosas para que todos entendieran el Evangelio por medio de una revelación privada mística? No sabemos. Pero lo que sí sabemos es que Jesús cuenta con otros para divulgar su Evangelio y que Él encarga a sus discípulos predicarlo a todos (ver Mt. 28:19-20). Básicamente les dice, y nos dice: “¡A trabajar!” Por supuesto, el hecho de que Dios quiere incluirnos en su obra de salvación es un gran regalo y un privilegio glorioso. Verdaderamente no hay ningún trabajo más importante.

Aunque todos son llamados a echar una mano en la gran obra de salvación, no todos tienen el mismo papel. Por ejemplo, San Pablo dice: “Hay diversos ministerios…hay diversidad de obras” (1 Cor. 12:5-6). A continuación dice: “En primer lugar están los que Dios hizo apóstoles en la Iglesia; en segundo lugar los profetas; en tercer lugar los maestros; después vienen los milagros, luego el don de curaciones, la asistencia material, la administración en la Iglesia” (v. 28). Quienquiera que seamos, Dios nos ha designado una tarea especial en su gran obra.

Entre los diversos papeles asignados por Dios a sus hijos, uno es radicalmente más importante que los demás: el papel de María. Todos sabemos que Dios bendijo en forma única a María al designarla para concebir, dar a luz y criar a Jesucristo, nuestro Salvador. Pero, además, ¿nos damos cuenta de que su trabajo bendito no terminó una vez que Jesús dejó el hogar y comenzó su ministerio público? Aunque María vivió una vida oculta durante esa etapa, Jesús la reincorporó en su obra de salvación en la hora más crítica, la “hora” de su Pasión. En esa hora podemos decir que reveló por entero a María su papel especial — el mismo papel que había comenzado 33 años antes y que todavía sigue desempeñando.

Jesús reveló totalmente a María su papel especial poco antes de su muerte. Sucedió cuando la miró junto al apóstol Juan desde la Cruz y dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19:26-27). En ese momento, Jesús nos dio uno de sus regalos más grandes: su madre como nuestra Madre. Por supuesto, María no es nuestra madre de sangre. Es nuestra Madre espiritual. En otras palabras, así como hace unos dos mil años su papel fue dar a luz a Cristo, alimentarlo, cuidarlo y ayudarlo a avanzar hacia la madurez, así también desde el momento que dio su primer “sí” a ser la madre de Jesús hasta el fin de los tiempos, el papel de María es dar a luz espiritualmente a los cristianos, alimentándolos y cuidándolos con gracia, y ayudándolos a alcanzar la plena madurez en Cristo. En resumen, el papel de María es ayudarnos a crecer en la santidad. Su misión es transformarnos en santos.

Espera un momento”, alguien dirá. “¿No es el Espíritu Santo quien tiene el papel de convertirnos en santos?” Sí, efectivamente. El Espíritu Santo es el santificador. Durante nuestro bautismo es Él quien actúa de modo que dejemos de ser simples criaturas para ser miembros del Cuerpo de Cristo, y es Él quien nos ayuda en nuestra continua transformación mediante una constante con- versión. Muy bien. Entonces, ¿cómo entra María en todo esto?

María es la esposa del Espíritu Santo. En la Anunciación, el ángel Gabriel declaró que María concebiría y daría a luz un hijo y que el Espíritu Santo vendría sobre ella (ver Lucas 1:31-35). En las palabras de María: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho” (Lc. 1:38), podemos ver con total claridad que es la esposa del Espíritu Santo, pues en ese momento dio permiso al Espíritu Santo para concebir a Cristo en su vientre. Por lo tanto, en ese momento, el ya existente e insondablemente profundo vínculo entre María y el Espíritu Santo establecido desde el primer momento de su Inmaculada Concepción, se reveló como una verdadera unión matrimonial (ver Génesis 2:24). Como resultado de esa unión, al Espíritu Santo le complace trabajar y actuar mediante su esposa, María, por la santificación del género humano. Por supuesto, no tenía necesidad de estar tan unido a María. Fue su libre elección (también la del Padre y del Hijo), y se regocija en esa elección.

Entonces, la gran tarea divina de María es, en unión con el Espíritu Santo, transformar a los seres humanos en “otros Cristos”, es decir, unir a todos en el Cuerpo de Cristo y prepararlos para que sean miembros maduros de este Cuerpo. Por lo tanto, cada persona es invitada a descansar en el vientre de María y a ser ahí transformada más perfectamente, por el poder del Espíritu Santo, en imagen de Cristo. Así es, si queremos ser transformados más plenamente en Cristo, necesitamos pertenecer más plenamente a María. Al acercarnos a ella y permanecer con ella, le permitimos cumplir su misión en nosotros. Le permitimos transformarnos en otros Cristos, en grandes santos. Pero ¿cómo hacemos esto? ¿Cómo pertenecemos más plenamente a María y cómo le permitimos cumplir su misión en nosotros? Es sencillo. Decimos “sí”, tal como ella.

María tiene un gran respeto por la libertad humana. Sabe por su propia experiencia en Nazaret lo que el consentimiento a Dios puede hacer (ver Lc. 1:38), y por tanto no nos obliga a dar nuestro “sí”. Por supuesto que siempre cuida a sus hijos pero no nos fuerza a entrar en una relación más profunda con ella. Claro que nos invita a esa relación y con paciencia espera a que aceptemos, pero al mismo tiempo se mantiene respetuosa. Sin embargo, si pudiéramos percibir la añoranza escondiéndose detrás de su silencio, le diríamos “sí” aunque fuera sólo para darle alivio. De hecho, decirle “sí” le da más que alivio. Le da alegría. Una alegría tremenda. Y cuanto más firme es nuestro “sí” a María, más alegre se pone. Pues nuestro “sí” le da la libertad de realizar su trabajo en nosotros, la libertad de transformarnos en grandes santos. Y con esto llegamos a la esencia de la consagración mariana.

La consagración a María básicamente quiere decir darle nuestro permiso (o tanto permiso como sea posible) para realizar su obra maternal en nosotros, la cual es transformarnos en otros Cristos. Por lo tanto, al consagrarnos a María, cada uno de nosotros le está diciendo:

María, quiero ser santo(a). Sé que también quieres que yo sea santo(a) y que tu misión divina es transformarme en un(a) santo(a). Así que, María, hoy, en este momento, te doy permiso total para realizar tu obra en mí, junto con tu Esposo, el Espíritu Santo.

Tan pronto como María escucha tal decisión, vuela hacia nosotros y se pone a iniciar una obra maestra de gracia en nuestras almas. Continuará esta obra siempre que nuestro “sí” no se convierta en un “no”, siempre que no retiremos nuestro permiso. Dicho eso, siempre es una buena idea esforzarnos por profundizar nuestro “sí” a María. Cuanto más profundo sea nuestro “sí”, más brillan sus obras de gracia en nuestras almas.

Uno de los más grandes aspectos de la consagración a María es su dulzura de Madre. Convierte las lecciones de la Cruz en algo dulce, y derrama su amor y consuelo materno sobre cada herida nuestra. Acudir a ella y darle permiso para realizar su obra es realmente “el medio más seguro, más fácil, más corto y el más perfecto camino” a la santidad. ¡Qué alegría es ser consagrado o consagrada a Jesús por María!

Ahora estamos listos para comenzar el retiro y aprender más sobre este bendito “secreto” y sobre el hombre que tan poderosamente lo proclama al mundo, San Luis María Grignion de Montfort.

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