1 AGOSTO - San Alfonso María de Ligorio

San Alfonso nació cerca de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696.
Fue bautizado en “Santa Maria dei Vergini”, y fue consagrado a María recibiendo el nombre de María como el segundo de sus nueve nombres.

Siendo aún niño fue visitado por San Francisco Jerónimo el cual lo bendijo y predijo para él grandes bendiciones y sabiduría.

A Alfonso en su infancia le enseñaron a rezar ante varias estatuas e imágenes de María, especialmente el rosario.

A los 16 años obtuvo el grado de doctor en derecho: civil y canónico, con notas sobresalientes.

Al obtener el doctorado hizo el “voto de sangre”, el voto de defender el privilegio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Años después renovó el juramento que había hecho y en su libro "Las Glorias de María" explicó su significado.

Desde 1715 era miembro de la Congregación de Santa María de la Misericordia y también de la Congregación de la Visitación.

Para conservar la pureza de su alma escogió un director espiritual, visitaba frecuentemente a Jesús Sacramentado, rezaba con gran devoción a la Virgen y huía de todos los que tuvieran malas conversaciones.

En agosto de 1723, y después de haber participado en la novena y en la octava de la Asunción, decidió abandonar el ‘mundo’ y consagrar su vida a Dios, dejando su espada, señal de nobleza, en el altar en la iglesia de nuestra Señora de la Merced.

Años más tarde, mirando una imagen de la Virgen de la Merced, dijo: “fue ella la que me sacó del mundo y me hizo abrazar el estado clerical”.

Siendo todavía seminarista se inscribió en la Compañía de Santa María Sucurre Miseris, Socorro de Miserables.

San Alfonso fue ordenado sacerdote a los 30 años; desde entonces se dedicó a trabajar con las gentes de los barrios más pobres a quienes enseñaba el catecismo.

En 1729-1730 subió al pequeño santuario de ‘Santa Maria dei Monti’, más arriba de Scala, donde pudo leer los misterios de la Redención en la ‘Madonna’ con el Niño en un brazo y la Biblia en el otro. Aquí tuvo la inspiración de su proyecto misionero.

El 9 de noviembre de 1752 fundó, junto con otros sacerdotes, la Congregación del Santísimo Redentor, dedicándose a recorrer ciudades, pueblos y campos predicando el evangelio.

San Alfonso creía que, porque Dios nos ha dado a Jesús por medio de María, para nosotros el camino más seguro para llegar a Jesús es por medio de María. De hecho, Alfonso es plenamente “mariano” porque es plenamente “cristológico”.

Tuvo muchas experiencias extraordinarias de María que marcaron su vida: las apariciones de María y sus palabras en la gruta de Scala; las experiencias en Foggia, Amalfi, Castel S. Giorgio, Arienzo y en muchos otros sitios.

En 1762, cuando estaba en Roma para ser ordenado obispo, hizo una peregrinación a Loreto.

En 1787, cuando estaba muriendo en Pagani, tuvo en sus manos una imagen de María. Y al toque del Ángelus exhaló su último suspiro.

El amor que Alfonso sentía por María, queda constatado en sus escritos sobre la Virgen, sus oraciones, los cuadros que pintó, las canciones que le dedicó. Pero este amor a María siempre lo vivió en el contexto de Jesucristo como centro absoluto de su vida.

Creía, y lo demostró, que no hay teología o espiritualidad mariana separadas de la cristología. Es Jesucristo quien está en el centro y  sólo a partir de él tiene significado la devoción mariana.

San Alfonso fue un escritor muy prolífico, y nos ha dejado un legado maravilloso con un clásico de la mariología: “Las glorias de María”.

Este libro fue escrito como defensa a las devociones marianas que eran criticadas por el jansenismo, y lo hace mediante numerosas citas a favor de la Virgen María por parte de los Padres y Doctores de la Iglesia, incluyendo sus pensamientos.

San Alfonso nos hace una hermosa catequesis de la vida de la Virgen y nos enseña sobre sus dogmas para que sea venerada como corresponde ser venerada a la verdadera Madre de Dios, incluyendo una serie de oraciones y prácticas marianas.

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