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La aparición de Nuestra Señora del Carmen tiene, a mi modo de ver, el significado de una plena consagración a Dios. Mostrándose revestida de un hábitoreligioso, ella quiso representar todos los otros hábitos por los cuales se distinguen las personas enteramente consagradas a Dios de los simples cristianos seculares.

            Los hábitos son el distintivo de una consagración, un resguardo del decoro y de la modestia cristiana, una defensa de la persona consagrada. Son para las personas consagradas lo mismo que el uniforme es para los soldados y los galones para un oficial: los distingue y muestra lo que son y el lugar que ocupan, obligándolos también a un comportamiento digno de la respectiva condición.

            Por eso, dejar el hábito religioso es retroceder, es confundirse con aquellos que no fueron llamados ni escogidos para más, es despojarse de una insignia que nos distingue y eleva, es descender a un nivel inferior, para poder vivir como aquellos que no son tanto.

            Las personas que un día oyeron la voz de Dios y decidieron seguir su llamamiento a una vida de plena consagración se elevaron a un nivel superior que las distingue del común de los hermanos. Y esta distinción debe aparecer en el interior a los ojos de Dios y reflejarse en el exterior a la vista del prójimo.

            Es un testimonio que debemos dar de la presencia de Cristo en nosotros, según el estado que abrazamos y el lugar que ocupamos.

            Jesucristo sabía que era censurado por comer y tratar con los publicanos y pecadores mas no por eso lo disimuló; soportó y sufrió la censura, para cumplir la misión que el Padre le había confiado y mostrar quién era.

            Tenemos su ejemplo. Veamos sus palabras:«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O ¿qué dará el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación [...] el Hijo del Hombre también se avergonzará de él» (Mc. 8, 34-38).

            Y en otro lugar, nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. [...] Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos» (Mt. 5, 13-16).

            Para esto fuimos llamados y escogidos por Cristo: para seguirlo, renunciando a nosotros mismos y a todas las cosas de la tierra; para dar testimonio de Cristo, confesándole hasta los confines del mundo, proclamando y enseñando su doctrina con la palabra y el ejemplo; para ser luz delante de los hombres, de modo que ellos vean en nosotros la imagen de Cristo.

            Pensemos en estas palabras de Jesús: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn. 15, 16). Fuimos escogidos para dar fruto y que nuestro fruto permanezca: es la perseverancia en la fidelidad el don que recibimos de Dios a nuestra promesa de aceptación de ese don.

            En el Evangelio, a todos, pero sobre todo a las almas escogidas, Jesús dice: «Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mt. 7, 13-14).

            Son pocos —dice el Señor— los que siguen por el camino estrecho que conduce a la vida, y muchos son los que van por el camino ancho que conduce a la perdición. Si queremos andar por caminos anchos, caminos de una libertad exagerada que se apartan de la justa sumisión a la autoridad en la práctica de la virtud de la obediencia, estamos equivocados porque Jesucristo nos llamó para seguirle, y Él fue «obediente hasta la muerte y muerte de cruz», corno dice el apóstol san Pablo (Flp. 2, 8).

            El Divino Maestro dijo a aquellos que había escogido para ir, en su nombre, a evangelizar los pueblos: «Quien a vosotros oye, a mí me oye: quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado» (Lc. 10, 16).

            Esto que el Señor nos dice requiere la virtud de la fe. Todos, pero sobre todo las personas consagradas, precisan vivir de la fe: aquella fe que ve a Dios en el prójimo, en la autoridad y en los acontecimientos, aquella fe que nos certifica que la autoridad representa a Dios y de que, obedeciendo, hacemos la voluntad de Dios.

            El ejemplo más excelente de tal obediencia nos lo dio Jesucristo cuando dijo: «Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8, 29). Toda persona consagrada aceptó y prometió también, a imitación del Salvador, hacer siempre lo que es siempre del agrado del Padre celeste, o sea, la voluntad de Dios manifestada por aquellos que, cerca de nosotros, le representan.

            La renuncia a la propia voluntad para hacer siempre la voluntad de Dios es nuestro holocausto, por el cual nos unimos a la pasión de Cristo en beneficio de su Cuerpo Místico, robusteciéndonos como miembros de este cuerpo. Entramos a ser parte de Él por el sacramento del bautismo, pero, para permanecer en Él hemos de ser miembros vivos que dan y hacen crecer la vida, recordando las palabras de Jesús: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto» (Jn. 15, 2).

            La renuncia a la propia voluntad para seguir la de Dios hace de nosotros sarmientos de su cepa, miembros de su cuerpo y sus familiares: «Porque quien haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc. 3, 35). Es por la unión de nuestra voluntad con la suya que somos la familia de Dios.

            La fe es la que ha de conducir nuestros pasos por este camino de renuncia a nosotros mismos y guiarnos en la aceptación de las otras exigencias de Jesucristo, en la elección que se dignó hacer de nosotros, que nos presenta para seguirlas: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los hijos y a los hermanos y a las hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo [...] Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discipulo. La sal es buena; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? No es útil ni para la tierra ni para el estercolero; la tiran fuera. Quien tenga oídos para oír, que oiga» (Lc. 14, 26-35)

            Aquello que Jesucristo aquí nos dice no significa que Dios quiere que aborrezcamos y despreciemos a nuestros familiares; no puede ser ése el significado, porque en otros lugares nos manda amarlos. Lo que Él exige de las personas consagradas es que le sacrifiquen los consuelos de su convivencia habitual con ellos, que renuncien a los bienes de la tierra, que renuncien a tener esposa o marido, según el caso personal, e hijos, porque los que los tienen no pueden aborrecerlos ni abandonarlos. Y... no siendo así, dice el Señor, ¡no pueden ser mis discipulos! Ahora, si no pueden ser sus disćpulos, ¿cómo van a poder ser sus sacerdotes y maestros de su pueblo? ¿O las personas enteramente consagradas a su amor y servicio?

            Un día, San Pedro preguntó al Señor cuál era la recompensa para los que habían dejado todo para seguirle, a lo que éste respondió: «Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29)

            Jesús promete la vida eterna a aquel que por su amor renuncia a todo, inclusive a tener mujer e hijos. En sus palabras está bien clara la exigencia de las virtudes de la pobreza y de la castidad y concretamente del estado de celibato.

            Uno de los discípulos que el Señor llamara pidió un aplazamiento para ir primero a sepultar a su padre, pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60).

            Otro discípulo pidió sólo el tiempo de ir a despedirse de los suyos, pero el Señor lo desaconsejó: «Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios»(Lc 9, 62)

            Un escriba que fue al encuentro de Jesús, dispuesto a seguirlo, diciendo «Maestro, te seguiré dondequiera que vayas», oyó en respuesta: «Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza» (Mt 8, 19-20)

            Estos pasajes evangélicos nos muestran las exigencias que Dios coloca en las personas enteramente consagradas a Él: es preciso dejarlo todo, renunciar a todo, lo que es material y terreno, renunciar a tener mujer o marido, conforme el caso, e hijos, para seguir a Cristo, entregando todo el corazón a Él y a la salvación de las almas.

            La exigencia de la virginidad y del celibato no indica que el matrimonio en sí sea cosa mala; antes al contrario, se trata de una institución creada por Dios y que Jesucristo elevó al nivel de sacramento; de igual modo, tampoco quiere decir que sea cosa menos agradable a Dios el tener mujer o marido e hijos, visto que éstos son el fruto del sacramento y una bendición de Dios. Significa sólo que, para las personas que fueron llamadas y escogidas para una vida de plena consagración al servicio de Dios, el Señor tiene otras exigencias y otros favores, porque otro es el fin al cual les destina.

            Los consejos evangélicos que abrazamos constituyen el sacrificio que ofrecemos a Dios, la renuncia a todas las cosas de la tierra y a nosotros mismos, para seguir tras Él con amor puro, con generosidad, con alegría. Y, una vez ofrecido a Dios nuestro holocausto, ya no nos es lícito volver atrás. Así está escrito en la Sagrada Escritura:«He aquí lo que manda Yavé: Si uno hace un voto a Yavé, o un juramento por el que se obliga a sí mismo, no faltará a su palabra; cuanto salió de su boca hágalo» (Núm 30, 2-3).

            Y dice en otro lugar: «Si no haces voto no cometes pecado; pero la palabra salida de tus labios la mantendrás y la cumplirás conforme al voto libremente hecho a Yavé, tu Dios que tu boca pronunció» (Dt 23, 22-24).

            Interpretando estas órdenes de Dios, dice el Eclesiastés: «Si haces voto a Dios, no tardes en cumplirlo, que no hallan favor los negligentes; lo que prometes, cúmplelo. Mejor es no prometer que dejar de cumplir lo prometido. No consientas que tu boca te haga culpable, y no digas luego ante el sacerdote que fue inadvertencia, pues se irritaría Dios contra tu palabra y destruiría las obras de tus manos» (Ecl 5, 3-6).

            Escogemos a Dios por herencia, no podemos volver atrás, ni cambiarle por cosa alguna de la tierra o por nosotros mismos, tan pobres y en cuyo cambio nos empobreceríamos todavía más y nos perderíamos.

            Somos hijos de un Padre, que es Dios: no dejemos la casa de nuestro padre por la pobre choza de los pescadores. Fuimos escogidos para seguir a Cristo virgen —el esposo de las vírgenes—, humilde, obediente, casto y pobre. Cristo virgen, esposo de las vírgenes: es virgen, escogió para sí una madre virgen y, como lirio puro, se encuentra y se recrea entre las vírgenes. Así nos lo representa el autor del Libro del Apocalipsis:

            «Entonces, en la visión, el Cordero estaba en pie, sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en sus frentes el nombre de Él y el nombre de su Padre. Y oí una voz del cielo, semejante al ruido de muchas aguas, y al estruendo de un gran trueno. La voz que oí era como el canto de citaristas que tañían sus citaras, cantando un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro
seres y de los ancianos. Y ninguno podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil, que fueron rescatados de la tierra. Estos [...] son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero dondequiera que vaya. Éstos han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y no se halló mentira en su boca: son inmaculados»
(Ap 14, 1-5).

            Aquí, el Cordero es Cristo; los que le acompañan por todos lados son las personas vírgenes. La virginidad es el fruto de aquel amor con el que las personas se consagran en plenitud a Cristo: se dan sin reservas, se entregan sin limites, para siempre. A ellas se refirió Cristo, cuando dijo: «En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda» (Mt 19, 12).

            La virginidad es un don de amor puro, que se eleva todo y sólo para Dios; es el lazo de la más estrecha unión con Dios, es aquel lenguaje de amor puro que no fue concedido a todos comprender, como dice Jesús: «Él les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11).

            La virginidad es el secreto del amor, el eco de la voz divina que penetra en el alma con la elección que de ella hizo el esposo de las vírgenes consagradas: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15, 16).

            Cristo nos escogió para que podamos dar fruto más abundante, y este fruto permanezca; nos llamó por el propio nombre y nos incorporó al cortejo de las vírgenes, nos llevó a beber en la fuente del agua viva y nos alimentó con los frutos del árbol de la vida, según la promesa del Señor: «También me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al sediento daré de beber gratis de la fuente de agua viva. El que venza, heredará estas cosas, y Yo seré para él Dios, y él será para Mí hijo. [...] Bienaventurados los que lavan sus vestiduras, pues tendrán derecho al árbol de la vida, y entrarán por las puertas de la ciudad. Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira” (Ap 21, 6-7; 22, 14-15).

            Jesucristo nos escogió para seguirle, a Él virgen humilde, obediente, casto y pobre. La humildad es de las virtudes principales para seguir fielmente a Cristo. Es así como Él se nos presenta: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt. 11, 28-30).

            La humildad de corazón, el reconocimiento propio de nuestra nada, de nuestras deficiencias, de nuestra flaqueza, de nuestra inexperiencia e incapacidad, es lo que nos ha de mantener en una actitud de plena confianza en el amor y en la misericordia de Dios.

            Así nos lo hace saber Nuestra Señora, en su bello cántico: «Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; (...) derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lc. 1, 46-48.52).

            Y Jesucristo concluyó así la parábolade la oración del fariseo y del publicano en el templo, que merecieron de Cristo un acogimiento opuesto: «Os digo que éste bajó justificado a su casa y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado» (Lc. 18, 14).

            A los dos discípulos que pretendían ocupar en el Reino de los Cielos los primeros lugares, el Señor da una lección de humildad en estos términos: «Pero Jesús les llamó y les dijo: “Sabéis que los que gobiernan los pueblos los oprimen y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos”» (Mt. 20, 25-28).

            Es con estos sentimientos con los que nuestras almas se vuelven agradables a los ojos de Dios, atrayendo sobre nosotros las predilecciones de su amor: «Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos» (Lc. 1, 53).

            Debemos cantar las misericordias del Señor con el salmista: «¡Alabad a Yavé, porque es bueno, porque es eterna su misericordia! Digan así los rescatados de Yavé, los que Él redimió de mano del enemigo. Y los que reunió de entre las tierras del oriente y del occidente, del aquilón y del austro. Andaban errantes por el desierto solitario, no hallaban camino para ciudad habitada. Hambrientos y sedientos, desfallecía la fuerza de su alma; y clamaron a Yavé en su peligro, y los libró de sus angustias. Y los llevó por camino derecho para que pudieran llegar a la ciudad habitada.» Den gracias a Yavé por su piedad y por los maravillosos favores que hace a los hijos de los hombres. Porque sació al hambriento, y al famélico lo llenó de sus bienes. Estaban sentados en tinieblas y en sombras de muerte, cautivos en miseria y hierros. Porque se habían revelado contra los mandamientos de Dios y habían despreciado los consejos del Altísirno.» Su corazón estaba abatido por el infortunio; estaban deprimidos, sin tener quien los socorriese; y clamaron a Yavé en su peligro, y los libró de sus angustias. Y los sacó de las tinieblas y de las sombras de la muerte, y rompió sus cadenas. Den gracias a Yavé por su piedad y por los maravillosos favores que hace a los hijos de los hombres» (Sal. 106-107, 1-15).

            Este salmo nos muestra cómo Dios favorece y auxilia el corazón contrito y humilde. La humildad, según dice santa Teresa de Jesús, es vivir en la verdad con Dios, con la propia conciencia y con el prójimo; es reconocer, con sinceridad, lo que somos y confesarlo sin rodeos ni hipocresía o fingimiento, sobre todo delante de Dios y en la propia conciencia; no querer engañarnos a nosotros mismos ni al prójimo, aparentando lo que no somos ni valemos, no anteponernos a los demás, ni pretender ocupar los primeros lugares, ni las honras del mundo, porque son falsas, mentirosas y engañosas. Fue por ese camino por el que los demonios se perdieron y a muchos han engañado y arrastrado tras de sí.

            El orgullo es la negación de la humildad y el más grave y sutil de todos los pecados. Por eso, Jesucristo, casi al terminar su vida terrena, quiso dejarnos una lección y ejemplo de humildad. Encontrándose Él a la

mesa con sus discípulos, se levantó, tomó una toalla y una jofaina con agua y les lavó los pies. Después, sentándose de nuevo a la mesa, les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si Yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como Yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados»(Jn. 13,12- 17).

            Lo que el Divino Maestro aquí nos quiere enseñar no es tanto la ceremonia de lavar o no los pies a nuestros hermanos, como la caridad y la humildad con que debemos tratar y proceder unos con los otros.

            Fuimos escogidos para seguir a Cristo obediente a su Padre. Todos los pasos de su vida son para nosotros un ejemplo de obediencia.

            Cuando tenía doce años, Jesús subió con sus padres al templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Terminados los días de la fiesta, los padres lo perdieron, y perdido anduvo Él durante tres días, el tiempo de reencontrarlo. Después dice san Lucas que Jesús «bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc. 2,51). Obedecía a aquellos que junto a Él representaban la voluntad de Dios, Su Padre. Más tarde, había de decir «he bajado del Cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me ha enviado» (Jn. 6,38).

            Esta tiene que ser la obediencia de las personas consagradas, que fueron escogidas y aceptaron esa elección, prometiendo seguirla con un juramento o voto hecho a Dios.

            No podemos en modo alguno pensar que la mentalidad moderna pueda ser motivo para dispensarnosde la obligación que sobre nosotros tomamos de obedecer. La obediencia no puede ser considerada corno un juego o una imposición; la obediencia religiosa representa, en una voluntad libre, la voluntad de quien hizo el voto o juramento, queriendo de este modo someterse a la voluntad de Dios. Tal obediencia es la realización libre de una elección: la persona escogió a Dios como su guía y se entregó para ser conducido. Y tampoco es una disminución; antes al contrario, es un valor que eleva por encima de aquellos que no tienen generosidad para tanto.

            Hay también derechos personales que el voto no sacrifica y que todos tenemos obligación de respetar, incluso los superiores. Éstos no pueden abusar de la autoridad que Dios les confió, porque en tal caso, serán responsables de la desorientación de los súbditos y de su retroceso; no deben sobrecargarlos con más exigencias de las establecidas, sobre todo si esas exigencias indican, de alguna forma, falta de confianza y fariseísmo, imponiendo, como dice Cristo en el Evangelio, cargas pesadas que ellos no llevan; no quieran usar de fuerza para obligar y sujetar a los súbditos, como si ellos fuesen prisioneros de una cárcel: eso no resulta, porque los exaspera. Ya san Pablo vio este error, y, después de haber dicho a los hijos que obedecieran a sus padres, recomendó a éstos que no exasperasen a los hijos: «Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor. Padres, no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan pusilánimes» (Col. 3,20-21).

            Jesucristo es nuestro modelo de obedienciacomo joven artesano que trabaja en el humilde taller de su padre, en la oscura aldea de Nazaret, sujeto a las órdenes y exigencias de los vecinos que le vienen a hacer sus encargos. Con todos, su talante es humilde, complaciente y modesto. Se sujetó al peso del trabajo y a la incomodidad de una casa pobre para hacer la voluntad del Padre.

            Por eso puede decir: «Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8, 29).

            También nosotros deberíamos poder decir a Cristo: «Tú estás siempre conmigo, porque yo siempre hago lo que es de tu agrado.»

             El fin principal de nuestra plena consagración al Señor es éste: hacer la voluntad de Dios, dar gusto a Dios y vivir la vida de íntima unión con Dios: unión de afecto, unión de voluntad, unión de acción por la fe. En Jesucristo, tenemos también el modelo de obediencia del apóstol. Cuando llegó el momento señalado por el Padre, siempre obediente a su voluntad, dejó todo y partió al encuentro de las almas, para llevarles la palabra de Dios y guiarlas por los caminos de la salvación.

            Así, fue a casa de Zaqueo y del fariseo y esperó junto al pozo a la Samaritana y a sus vecinos, para llevarles el agua viva de la gracia, el perdón de los pecados y la luz del conocimiento de Dios. Para eso, nunca se sustrajo al trabajo, al cansancio ni al sacrificio, intensificaba la oración y la penitencia.

            Realizar la obra que el Padre le confió era para Él tan importante como el alimento: «Tengo un alimento para comer, que vosotros no conocéis (...). Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que Me envió y realizar Su obra» (Jn. 4, 32-34).

            Esta es también la misión de las personas consagradas: obedecer a la voluntad de Dios para realizar la obra que El les confió, o sea, la propia santificación y la salvación de almas.

            Jesucristo es nuestro modelo como víctima, sacrificada en obediencia a la voluntad del Padre por la redención del mundo.        Vemos su obediencia en la oración que dirigió a su Padre en el Huerto de los Olivos: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como Yo quiero, sino como quieras Tú» (Mt. 26, 39).

            Como sucede con nosotros, también a la naturaleza humana de Jesús le repugnaba el sufrimiento, la humildad y la muerte, pero Él antepuso la obediencia a la voluntad de Dios, a la repugnancia de la propia naturaleza: «no sea como Yo quiero, sino como Tú quieres».

            La perspectiva del sufrimiento causó a Jesús pavor y angustia, al punto de decir a sus apóstoles: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mc. 14, 34). Pero ni por eso dejó de obedecer: «Padre mío, si no es posible que esto pase sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt. 26, 42). Si la obediencia nada tuviese de costoso, ¿qué mérito tendríamos en obedecer? Es cuando ella nos pide sacrificio cuando probamos a Dios nuestro amor.

            El voto de castidad exige de las personas consagradas la pureza del corazón, de afectos, de pensamientos, de palabras y obras.

            En esto, también Jesucristo es nuestro modelo: fue casto, puro y santo. Amó a Dios, su padre, con el amor puro de un corazón virginal; amó a las almas y, en su propia sangre, las lavó de las manchas del pecado.

            En el Apocalipsis nos dice san Juan que vio en el cielo «una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en sus manos, que gritaban con fuerte voz, diciendo: “La salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero” (...). Entonces uno de los ancianos intervino y me dijo: (...) “Estos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habitará en medio de ellos. Ya no tendrán hambre, ni tendrán sed, no les agobiará el sol, ni calor alguno, pues el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor, que los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”» (Ap. 7, 9-17).

            Aunque esta multitud puede representar a todos los que se salvan, sin embargo de un modo particular representa a los que siguieron a Cristo virginalmente, porque son éstos los que se encuentran disponibles, libres de ataduras de las cosas terrenas y preparados «para servir al Señor, de día y de noche, en su templo».

            San Juan narra, a continuación, que vio un ángel con un incensario en la mano, que se vino a poner junto al altar de Dios: «Le dieron muchos perfumes para que los ofreciera, con las oraciones de todos los santos, sobre el altar (...). Y subió el humo de los perfumes, con las oraciones de los santos, desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios» (Ap. 8, 3-4). Yo no sé bien, pero creo que este ángel debe de ser la figura del sacerdote puro y casto que sube al altar y ofrece a Dios las oraciones, las ofrendas y las virtudes de su pueblo.

            La pureza del corazón, la pureza de afectos y la pureza de intenciones son como el fruto de la castidad y su defensa. En una de sus cartas, san Pablo escribe:

            «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os alejéis de la impureza: que cada uno sepa guardar su propio cuerpo santamente y con honor, sin dejarse dominar por la concupiscencia como los gentiles, que no conocen a Dios. En este tema, que nadie abuse ni engañe a su hermano, pues el Señor toma venganza de todas estas cosas, como ya os advertimos y aseguramos, porque Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad. Por tanto, el que menosprecia esto no menosprecia a un hombre, sino a Dios, que además os concede el don del Espíritu Santo» (1Tes 4,3-8).

            Y en otro lugar nos dice el mismo apóstol: «Cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado. ¿Fuiste llamado siendo siervo? No te preocupes; y aunque puedes hacerte libre, aprovecha más bien tu condición; porque el que siendo siervo fue llamado en el Señor, es liberto del Señor; igualmente, el que fue llamado siendo libre, es siervo de Cristo. Fuisteis comprados mediante un precio; no os hagáis esclavos de los hombres. Cada uno, hermanos, permanezca ante Dios en el estado en que fue llamado. [...] El que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y está dividido. La mujer no casada y la virgen están solícitas de las cosas del Señor, para ser santas en el cuerpo y en el espíritu; la casada, sin embargo, se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto sólo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino mirando lo que es más noble y el trato con el Señor, sin otras solicitudes» (1Cor 7,20- 24; 32-35).

            El fin principal de nuestro voto de castidades éste: quedarnos libres de los cuidados de la tierra para poder entregarnos al mejor servicio del Señor y amarlo más puramente y sólo a Él con la pureza de nuestro corazón, la pureza de nuestros afectos y la pureza de nuestro cuerpo, para vivir más íntimamente la unión íntima con Cristo. «No sabéis — nos habla todavía el apóstol san Pablo— que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? [...] aquel que se une al Señor, constituye con Él un solo espíritu. Huid de la inmoralidad [...] ¿No sabéis, por ventura, que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros, que recibisteis de Dios, y que no os pertenecéis a vosotros mismos? Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1Cor 3,16-23).

            Por el voto de castidad, quedamos doblemente consagrados a Dios: Él es nuestro templo y nosotros somos el lugar de su morada. Así nos lo dice san Juan en el Apocalipsis: «Pero no vi templo alguno en ella, pues su templo es el Señor Dios omnipotente y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. [...] Sus puertas no se cerrarán durante el día, porque allí no habrá noche. Llevarán a ella la gloria y las riquezas de las naciones, pero no entrará nada profano, ni el que comete abominación y falsedad, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero» (Ap 21,22- 27)

            ¡Qué maravillosa es nuestra plena donación al Señor! Por ella fuimos inscritos en el Libro de la Vida del Cordero. Así dice el Señor «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

            Pero, ya en esta vida, las almas puras gozan de una particular intimidad y conocimiento de Dios que a ellas se manifiesta y comunica en Cristo: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mt 11,26-27). ¿Y a quién ha de revelarse Dios sino a las almas puras? Son ellas las elegidas —en la expresión de san Pablo— «para alabanza de su gloria» (Ef 1,14).

            El voto de pobreza nos une a Cristo pobre, desprendido de los bienes de la tierra para poder entregarse plenamente a la obra que el Padre le confió. Y, según estas palabras suyas dirigidas al Padre, lo consiguió:

            «Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera» (Jn 17,4).

            Es éste también el motivo de nuestro voto de pobreza: para, desprendidos de los bienes de la tierra y de las preocupaciones que llevan consigo, poder, en unión con Cristo, consumar la misiónque Él nos confió.

            Un joven rico fue a estar con Jesucristo «y le dijo: “Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Él le respondió: “[...] si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos”. Le preguntó: “¿Cuáles?” Jesús le respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

            »Díjole el joven: “Todo esto lo he guardado. ¿Qué me falta aún?” Jesús le respondió: “Si quieres ser perfecto ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego, ven y sígueme”» (Mt 19,16-21)

            Para seguirle más de cerca, Jesucristo no quiere personas atadas a los bienes de la tierra, porque estos ciegan e impiden la vida de apostolado y de entrega plena y exclusiva a Dios. A los que lo dejan todo para seguirle, el Señor les da a cambio, en el tiempo, lo indispensable para vivir, invitándoles a abandonarse a la divina Providencia, que de todos cuida, y, en la eternidad da un tesoro en el Cielo.

            He aquí cómo Jesús nos incita a la confianza y al abandono en el Padre celestial, que nunca nos olvida: «Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis, ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: “¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir?”. Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,25-33).

            Pero Jesús nos invita a colocar nuestros tesoros en un lugar seguro, el Cielo. «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,19-21).

            Para esto sirve nuestro voto de pobreza: para que nuestro corazón descanse sólo en Dios y, entonces, nuestro Dios tendrá cuidado de nosotros, y todo aquello que necesitamos nos será dado por añadidura.

            De esta verdad, ¡tengo yo misma un bello testimonio! Dejé definitivamente la casa paterna a los trece años de edad, sin preocuparme con qué había de vestirme ni con qué me había de alimentar.

            Me abandoné enteramente a la divina Providencia para seguir la voluntad de Dios y, hasta hoy, sin regalos que nunca pretendí, lo necesario no me faltó.

            La generosidad de Dios está patente en la respuesta dada por Jesús a san Pedro, cuando éste quiso saber cuál sería la recompensa de los que dejan todo para seguirle: «En verdad os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt. 19, 27-29).

 

            La frase «recibirá cien veces más» nos muestra que aquello que Jesucristo quiere de los que, por su amor, renunciaron al derecho de poseer bienes materiales, no es que pasen sin lo necesario para vivir; si así fuese, no les habría prometido el céntuplo: «Recibireis cien veces más ahora en el tiempo presente» (Mc. 10, 30).

            Lo que Jesucristo nos pide y significa el voto de pobreza es que renunciemos al derecho de poseer bienes como propios y nos sirvamos de todo lo que precisemos, pero recibiéndolo como por limosna y usándolo como a título de empréstito. Así nuestro corazón permanece desprendido de los bienes de la tierra para aspirar a los bienes del Cielo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt. 5, 3).

            La misión de las personas consagradas es trabajar y santificarse en unión con Cristo por el Reino de los Cielos. Así, cada consagrado es otro Cristo en la tierra, otro cordero enviado por Dios para quitar los pecados del mundo.

            La forma para cumplir esta misión es dar la vida: «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn. 12, 24).

            Es por la muerte como conseguimos la vida eterna, y por esta vida nos salvamos de la muerte eterna. En este sentido, al seguirle, el Señor nos dice: «El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará» (Jn. 12, 25-26).

            Ésta es la gloria de las personas consagradas: la gloria que ellas esperan de Dios y que las eleva hacia Dios. Pueden en cierto modo decir, como Jesucristo y con Él, «si para esto vine a esta hora» (Jn. 12, 27).

            Por eso fue que, allá en las alturas, junto al astro rey empalidecido con la presencia de la Luz de Dios, el mensaje nos quiso mostrar un atisbo de la gloria de Dios que gozan aquellos que ya se encuentran en la posesión del Reino de Dios, pero que en la tierra, con el ejemplo de sus vidas y a la luz de su doctrina, nos dejaron marcado el caminopara el Cielo: ¡Jesús, María y José!

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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