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Como hemos visto, todo el sentido del mensaje es una llamada a Seguir por el camino del Cielo.

                        Caminamos para conseguir llegar a la Vida Eterna.

                        En los tiempos que atravesamos no falta quien se atreva a negar la existencia del Cielo. Tal vez sea porque no tiene fe, o no quiera sujetarse a andar por el camino estrecho que conduce al Cielo. Pero están engañados. La existencia del Cielo es una verdad revelada, que no puede ser negada.

            Son muchos los pasajes de la Sagrada Escritura que nos hablan del Cielo. El profeta Isaías, intercediendo junto a Dios por su pueblo, Israel, dice: «Mirad en lo alto de los cielos y ved vuestra santa y gloriosa morada: ¿Dónde está Vuestro celo y Vuestra fortaleza, la ternura de Vuestras entrañas y compasión? [...] pero vos, Señor, sois nuestro Padre» (Is. 63, 15-16).

            En el Deuteronomio, idéntica oración dirigida a Dios: «Lanza una mirada a lo alto de los cielos, danos Tu santa morada y bendice a Tu pueblo» (Dt. 26, 15). Y, en el Nuevo Testamento, Jesucristo nos enseñó a orar así: «Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo» (Mt. 6, 9-10).

            Al narrar el bautismo de Jesús en el río Jordán, san Mateo nos dejó escrito: «Una vez bautizado Jesús salió del agua; y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre Él» (Mt. 3, 16).

            Tiempo después de esto, Juan Bautista, respondiendo a una interpelación de sus discípulos, da testimonioa favor de Jesús con estas palabras: «No puede el hombre apropiarse nada sino le es dado del Cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él”.[...]Es necesario que Él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla. El que viene del Cielo está sobre todos, y da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn. 3, 27-32).

            Al recomendarnos el amor que debemos tener a nuestros enemigos, Jesucristo dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt. 5, 44-45).

            Y al proclamar las Bienaventuranzas, Él concluyó:         «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron». (Mt 5, 11-12).

            El Señor declara que seremos bienaventurados si nos persiguen por su causa, porque ya persiguieron así a los profetas. Pero, ¿por qué es que persiguen y oprimen a aquellos que Dios escogió para alguna misión especial y con los cuales Él mantiene un trato más directo? Es la continuación del misterio de la cruz, la que nos lleva por el camino del Cielo.

            De los textos sagrados referidos se ve que la existencia del Cielo es una verdad incontestable. Algunos lo nieganporque, dicen, no se sabe dónde está y nunca nadie lo vio, etc. Pero existen muchas cosas que nosotros todavía no vimos, pero, porque quien sabe nos lo dice, no dudamos de su existencia.

            Sabemos, por ejemplo, que en el seno de la tierra hay un mar de fuego; aquí y además en varios puntos del globo se ven los volcanes y la lava expulsada por ellos, mas el fuego en sí, que lo produce, aun no lo vimos y, sin embargo, sabemos que existe. Y quien creó ese fuego y lo sustenta es el mismo Señor que creó el fuego del Infierno y que ha de sustentarlo por toda la eternidad.

            Sabemos también que en el espaciohay muchos planetas que aun no vimos, muchas estrellas cuya luz aún no llegó hasta nosotros. Aún nadie fue capaz de medir la extensión del firmamento. Ahora, Dios, que creó esta extensión indefinida, también puede haber creado un “lugar”, un paradero, una estancia a la que dio el nombre de Cielo, destinada a ser la morada de Dios y de sus elegidos por los siglos sin fin.

            Dicen que el Cielo consiste en la posesión de Dios: no hay duda de que Dios es el manantial de toda la felicidad y que poseyendo a Dios seremos eternamente felices.

            San Lucas, narrando la ascensiónde Jesucristo al Cielo, dice: «Los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevaba al Cielo» (Lc. 24, 50-51).

            Y san Marcos describe este mismo acontecimiento del siguiente modo: «El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó al Cielo y está sentado a la derecha de Dios» (Mc. 16, 19).

            Podríamos continuar citando otros muchos pasajes de la Sagrada Escritura que nos certifican la existencia del Cielo, pero no lo hacemos para no volver este humilde escrito demasiado extenso. ¡Lo que queda dicho será bastante para los que creen sin querer verlo todo!

            No es que sea malo verlo; antes por el contrario, dado que, cuanto más vemos, mejor comprendemoslo mucho que nos falta para conocer la inmensidad de la obra creada por Dios. Con las debidas distancias, se podría aplicar aquí a propósito de la dificultad en el conocimiento de las cosas de la tierra y del Cielo, la frase que Jesucristo dijo a Nicodemo pidiéndole la fe para alcanzarlas: «Si no creéis cuando os hablo de las cosas de la tierra, cómo me creeréis si os hablo de las cosas del Cielo» (Jn 3,12).

            Queriendo asegurarnos de esta verdad, también el mensaje nos vino a recordar y hablar del Cielo.

            Cuando los humildes pastorcitos preguntaron a la linda Señora de dónde era, Ella respondió: «Soy del Cielo». Al oír que era una Señora venida del cielo, se acordaron de una niña amiga, que había muerto hacía poco, y como oían decir que había ido para el Cielo, le preguntaron por ella. La Señora respondió: «Está en el Cielo».

            La oración que la Señora enseñó para rezar al fin de cada decena del rosario nos lleva a pedir a Dios que lleve a todas las almas para el Cielo: «Llevad a todas las almas para el Cielo.» Y, preguntándole las criaturas si también ellas irían para el Cielo, la Señora respondió que sí: ¡También ellas iban para el Cielo! Así, la existencia del Cielo es cierta: ¡El Cielo existe!

            La gran preocupación de Dios y de Nuestra Señora es que las personas se salven y vayan para el Cielo. Y, dado que el Cielo es la estancia preparada por Dios para la Vida Eterna, si no vamos por el camino del Cielo, nunca allá llegaremos.

            Que se sepa, ahí ya están dos personas en cuerpo y alma: Jesucristo y María Santísima, su y nuestra Madre. Para allá van todas las almas que tienen la ventura de partir de este mundo en estado de gracia, o sea, sin pecado mortal.

            En el día de la resurrección, todas las almas volverán a unirse a sus respectivos cuerpos para llevarlos a participar con ellas de la felicidad o de la desgracia eternas, que merecieran durante el tiempo en que juntos peregrinaron en la tierra. Quien nos lo dice es Jesucristo, el que entonces será el juez: «Pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y le dio poder de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio» (Jn. 5, 26-29).

            Si Dios nos hubiese creado sólo para vivir en la tierra, estos pocos días o años que aquí pasamos entre trabajos, dolores y aflicciones, que a todos, más o menos, nos toca soportar, entonces podríamos decir que nuestra vida no tendría razón de ser, puesto que luego iba a finalizar en el polvo de la tierra, de donde fuimos sacados. Dios, en su grandeza, había de tener fines más elevados y su amor no podía contentarse con eso. Nosotros somos la obra principal de su amor, habiéndonos creado para hacernos partícipes de la inmensidad de su vida.

            Teniendo su inicio en el momento de la concepción, nuestra vida se prolonga en el tiempo camino de la eternidad, donde permanece. En tanto vivimos en la tierra somos peregrinos camino del Cielo, si seguimos por la vía que Dios nos marcó.

            Esto es lo más importante de nuestra vida: portémonos de modo que al partir de este mundo y en el fin de los tiempos, merezcamos oír de los labios de Jesucristo aquellas palabras consoladoras: «Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”» (Mt. 25, 34).

            Por esto es por lo que el mensaje nos habla del Cielo y nos invita a seguir por el camino que conduce al Cielo.

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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