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“Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que van muchas almas para el Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas(Nuestra Señora, 19 de agosto de 1917).

            En este pasaje, el mensaje nos pide el apostolado con nuestros hermanos. El apostolado es la continuación de la misión de Cristo sobre la tierra: Debemos ser cooperadores de Cristo en su obra de la redención, en la salvación de las almas. Existe el apostolado de la oración, sobre el cual se ha de asentar todo el restante apostolado, para ser eficaz y fecundo. Hay el apostolado del sacrificio: el de aquellos que se inmolan, renunciando a sí mismos por el bien de sus hermanos; y tenemos el apostolado de la caridad, que es la vida de Cristo reproducida en nosotros por nuestra entrega a Dios en servicio del prójimo.

            Así, en primer lugar, tenemos el apostolado de la oración. Orar en unión con Cristo por la salvación de los hermanos. Jesucristo continua en oración sobre la tierra en el sacramento del altar, donde se ofrece constantemente al Padre como hostia de propiciación por la salvación de los hombres. Es por nuestra unión con Cristo, en la Eucaristía, que nuestra oración se eleva hasta cerca de Dios por la salvación de nuestros hermanos.

            Poco antes de entregarse a la muerte. Jesucristo dijo a sus discípulos: “Permaneced en mí y yo en vosotros (...) porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5). Estas palabras significan que es por nuestra oración por la cual nuestro apostolado ha de dar fruto; sin ella ¡nada podemos hacer! En su oración al Padre, Jesús dice: “No ruego sólo por éstos, sino también por los que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. (Jn 17, 20-21). El Señor insiste en nuestra unión con Él, para que nuestro apostolado dé fruto y el mundo crea que Él fue enviado por el Padre. Y tal insistencia es la expresión del ansia salvadora que desborda de su corazón divino; ansia por la que permanecemos unidos entre nosotros y con Él, para que su obra redentora dé fruto a favor de nuestros hermanos: “[Ruego] ... por los que, por medio de su palabra, creerán en mí”. Y Jesús concluyó la oración sacerdotal pidiendo al Padre, para nosotros, la gracia de compartir su propia vida: “Padre, los que Tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo (...); les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré́ dando a conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 24-26).

            Elamor es el lazo de nuestra unión con Cristo, revaloriza nuestra oración y la vuelve fecunda para la salvación de nuestros hermanos. Éste es el primer paso de nuestro apostolado y condición necesaria para que éste dé fruto: a nuestra unión con Cristo, por medio de la oración. Tanto la oración oral, que nos hace encontrarnos con Cristo, como la oración del sacrificio, por la cual nos inmolamos con Cristo, y aun la oración del amor, que es nuestra entrega con Cristo al Padre por la conversión de nuestros hermanos.

            Jesucristo nos dio ejemplo. Antes de iniciar el apostolado en su vida pública, se retiró́ al desierto, a fin de orar y hacer penitencia y ayuno durante cuarenta días: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días (...). No comió nada en estos días y, al cabo de ellos, tuvo hambre”(Lc4,1-2)., con frecuencia, anotan los evangelistas que Jesús dejaba el bullicio de las muchedumbres que le seguían y se retiraba para orar en solitario.

            En una de estas ocasiones, al regresar junto a sus discípulos, los encontró́ incapaces de liberar a un endemoniado. Y, cuando más tarde, en casa, quisieron saber el motivo por el que no pudieron expulsar a aquel demonio, el Señor les respondió: “Esta casta de demonios sólo puede ser expulsada con oración y ayuno” (Mc 9,29). Esta especie porfiada de demonios me hace recordar las tentaciones de orgullo, que son las más graves y difíciles de vencer, en nosotros mismos y en el prójimo, porque ciegan y no dejan ver el precipicio donde se va a resbalar. Como dice el Señor, aquí se necesita la oración y la penitencia, porque sólo por ellas encontraremos la virtud de la humildad, que nos lleva a pedir a Dios su fuerza y gracia.

            Cuando sobre el pueblo de Israel pendía una sentencia de exterminio por haber ofendido a Dios con el pecado de idolatría, Moisés subió́ a la montaña para allí encontrarse con el Señor e implorarle el perdón para su pueblo. Dios atendió su oración y favoreció a su pueblo limitando el castigo de los inculpados: “Borraré de Mi libro a aquél que pecó contra Mí. Vete ahora y conduce al pueblo a donde te diga. Mi ángel caminará delante de ti” (Ex 32,33-34).

            Aquí vemos al Señor, siempre bueno y misericordioso, que coopera con los que trabajan en unión con Él; es un modelo de apostolado que tiene por base la oración y que parte del trato directo con Dios. Moisés es el apóstol del pueblo de Israel, pero antes de dar al pueblo sus directrices, habla con Dios y de Dios recibe aquello que ha de transmitir a su pueblo. Por eso, Dios lo auxilia, prometiéndole enviar un ángel que va al frente de su pueblo.

            Sin esta vida de oración y trato con Dios, todo el apostolado es nulo, porque es Dios quien ha de dar la eficacia a nuestro trabajo, a nuestras palabras y a nuestros esfuerzos. Por eso, el mensaje nos dice “Orad y sacrificaos”, para que, con vuestras oraciones, vuestras palabras, vuestro ejemplo, vuestros sacrificios, vuestros trabajos y vuestra caridad., consigáis ayudara vuestros hermanos a levantarse si están caídos, a volver al buen camino si andan extraviados, y a aproximarse a Dios si viven alejados; conseguiréis ayudarlos a vencer las dificultades, los peligros y las tentaciones que os cercan, seducen y arrastran. Y tantos de nuestros hermanos caen, muchas veces, vencidos, porque no encuentran a su lado quien ore y se sacrifique por ellos, dándoles la mano y ayudándoles a seguir por un camino mejor.

            En este campo de apostolado, todos tenemos una misión que cumplir, que nos fue confiada por Dios: todos somos responsables de nuestro prójimoy, por el bautismo, participamos del sacerdocio de Cristo Salvador, como también entramos a formar parte de su Cuerpo Místico, con un lugar y deberes propios a cumplir. Los hombres no fueron creados como seres extraños entre sí, llamados a ignorarse eternamente, sino seres solidarios y hermanos que se aman, auxilian y reúnen en torno al Padre, que cotidianamente provee su alimento y vestido; de Él reciben la misma bendición y se orientan hacia el mismo destino, la Casa del Padre.

            En esta unión de los hijos con su Padre del Cielo, consiste el verdadero apostolado; ella es la gracia y la puerta de la salvación. Si no, veamos lo que nos dice la oración sacerdotal de Cristo: “Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y Yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos Yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido; excepto el hijo de la perdición... para que se cumpliera la Escritura” (Jn 17, 11-12). Estas palabras de Jesús deben servir para no desalentarnos cuando encontramos en nuestro camino algunos hijos de la perdición que resisten a la gracia, a la tenacidad de nuestra caridad, de nuestros esfuerzos, de nuestros sacrificios y de nuestras oraciones. Son los hijos de otra generación que Satanás arrastra por los caminos de perdición.

            Esto concuerda con lo que Dios dijera a Moisés: “Borraré de mi libro a aquel que pecó contra Mí. [Pero tú] Vete ahora y conduce al pueblo adonde te diga. Mi Ángel caminará delante de ti” (Ex 32.,33-34) ... Pese a que unos se obstinanen el mal, el Señor, siempre misericordioso, no hace perecer a los otros, pero ordena a Moisés que continúe su apostolado, conduciendo a su pueblo por los caminos del Señor. Cada uno asume la responsabilidad por sus actos, de modo que aquel que pecó y se obstina en su pecado, ése es arrancado del libro de la vida, pero no su hermano que se arrepintió́ y se dejó́ conducir por la mano del Señor.

            ¡Verdaderamente misericordioso es nuestro Dios! Y misericordiosos hemos de ser también nosotros, creados a su imagen y semejanza. Por eso Jesucristo dice: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 12, 7). Tenemos aquí el apostolado del perdón, con el cual deberemos llevar a nuestros hermanos al conocimiento de Dios. Que ellos encuentren en nosotros sentimientos de perdón, que se vuelva hacia ellos el reflejo de la misericordia de Dios.

            Pensemos que Dios hizo depender la concesión de su perdón a nosotros, en la medida del nuestro respecto de quien nos hubiera ofendido: “Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados” (Mt 6, 14-15). Esta exigencia del perdón a nuestro prójimo nos obliga a vencer en las tentaciones de orgullo que llevan a la venganza. Es una ley dicta- da por Dios, ya en el Antiguo Testamento: “No te vengaras ni guardaras rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amaras a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy Llavé” (Lev 19, 18). Como Dios aquí nos manda, es preciso contraponer a la tentación de venganza, del desprecio a la frialdad, el apostolado de la caridad, que lleva consigo el perdón, el pagar el mal con el bien y el orar por aquellos que nos persiguen. Hemos de imitar a Jesucristo que, en la cruz, pidió al Padre perdón por los que le ultrajaban, maltrataban y crucificaban: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

            Y las palabras del Señor no dejan margen a la duda: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá́. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los Cielos os perdone vuestros pecados” (Mc 11, 24-26). Y, en otro lugar, el Señor nos dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28). Este perdón es el fruto de la caridad que arde en el corazón de Cristo y que debe animar nuestro apostolado con nuestros hermanos. “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” (Lc 12, 49).

            Esta llamada del mensaje incluye aun otro aspecto que nuestro apostolado también debe tener. Nuestra Señora, respondiendo a una pregunta referente al destino de los donativos que el pueblo, en cumplimiento de sus promesas, dejaba en el local de las apariciones, dice: “Haced dos andas. Una llévala tú con Jacinta y otras dos niñas, vestidas de blanco. La otra que la lleve Francisco con otros tres niños, también vestidos de ropas blancas. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario y lo que sobre es para ayuda de una capilla que han de mandar hacer” (Nuestra Señora, 19 de agosto de 1917).

            Las andas a que el mensaje se refiere aquí no son andas de transportar imágenes, sino de llevar en procesión colectiva los donativos que el pueblo ofrecida al Señor. De hecho, era costumbre del pueblo de la tierra agradecer a Dios sus beneficios, ofreciéndole algo del fruto de sus cosechas, en la medida de las posibilidades de cada uno. Estos donativos eran recogidos por mayordomos que los colocaban en andas, que eran llevadas procesionalmente en los días de las grandes solemnidades. Después de la Misa solemne, eran llevados en procesión y ofrecidos a Dios en agradecimiento por los beneficios recibidos y para las necesidades del culto.

            Por cierto que Nuestra Señora, en la respuesta que dio, mostró cuan agradable era a Dios este sencillo acto de agradecimiento, cómo nosotros debemos tener para con Dios atenciones de reconocimiento y también el deber que tenemos de tomar parte y ayudar a sustentar el culto público que se le presta.

            Es de señalar también el gesto pedido por el mensaje de asociarnos nosotros a nuestros hermanos, para llevar con ellos al Señor nuestros donativos, nuestros agradecimientos, oraciones y sacrificios. Constituye un acto de colaboración, que anima y da fuerza al apostolado, volviéndonos apóstoles unos de otros.

            Ciertas costumbres que entonces existían en el pueblo de Fátima hacían recordar usos semejantes de la historia bíblica. Yo creo que la gente en ese tiempo, siendo en su mayoría analfabeta, ignoraba casi por completo la historia bíblica, conociendo apenas algún hecho que pocas personas, en la tierra, podían leer como resumen de la historia sagrada. Por lo menos, en lo que a mí respecta, así era, y sólo muchos años más tarde me fue posible leer la Biblia Sagrada, y sólo entonces desvelé el significado más íntimo del mensaje y de su relación con la palabra de Dios.

            Continuando más nuestra descripción sobre este aspecto del apostolado, valiéndome de semejanzas de la historia bíblica con costumbres de la gente de Fátima de entonces, recordemos las siguientes determinaciones hechas por Dios a su pueblo: “Llavé habló así a Moisés: El día decimo del séptimo mes es el día de la expiación; tendréis asamblea santa, os mortificareis y ofreceréis a Yavé manjares abrasados. No haréis en ese día ningún trabajo servil, porque es día de expiación y se ha de hacer la expiación por vosotros ante Yavé, vuestro Dios. Todo el que en ese día no se afligiere será borrado de en medio de su pueblo, y todo el que en ese día haga un trabajo cualquiera, yo le exterminaré de en medio de su pueblo. No haréis trabajo alguno. Es ley perpetua para vuestros descendientes, donde quiera que habitáis” (Lev 23, 26-31).

            No es difícil ver representados en este décimo día del séptimo mes los domingosy días festivos que la Iglesia ordena dedicar a Dios: son días para ofrecer a Dios nuestro culto, nuestras oraciones y nuestros sacrificios. “Dirás lo siguiente a los hijos de Israel [...]: Me erigirás un altar de tierra sobre el cual ofrecerás tus holocaustos y tus sacrificios pacíficos, tus ovejas y tus bueyes. En todo lugar, donde mi nombre fuere recordado iré contigo para abrazarte” (Ex 20, 22-24). No sé cuál es la interpretación que los teólogos de la Iglesia dan a este pasaje de la Escritura. Para mí ofrece una belleza encantadora porque nos muestra la suavidad del amor paternal de Dios. Y, siendo nosotros, en Cristo, la descendencia del pueblo elegido, entonces también nos son dichas hoy estas palabras del Señor: “En todo lugar, donde mi nombre fuese recordado, iré a estar contigo para abrazarte”. Dios parece proceder con nosotros como un padre que está atento al balbucear del hijo pequeñito para, tan pronto éste pronuncia su nombre, correr a su encuentro, tomarlo en sus brazos, cubrirlo de caricias y abrazarlo. También, en este pasaje bíblico, Dios nos muestra cómo le son agradables nuestros donativos y nuestros sacrificios cuando le son ofrecidos en agradecimiento por los beneficios y en reparación por los pecados propios y del prójimo. Dios es el mismo hoy que entonces, porque cuanto pidió a su pueblo en aquel tiempo lo pide también a nosotros ahora, aunque el objeto y la forma del donativo puedan haber cambiado con el paso de los tiempos.

            Hace unos años, hablando conmigo, el señor arzobispo de Cizico me dijo: “¿Sabe, hermana, lo que significaban aquellas andas que Nuestra Señora mandó hacer con los donativos que el pueblo dejaba en la Cova da Iria? Era la profecía de las andas de la imagen de la Virgen Peregrina, que anda recorriendo el mundo, y el anda de la imagen de la capilla”. Estoy plenamente de acuerdo con esta interpretación, porque en la mente de Dios, el mismo hecho puede tener varios significados, y esas peregrinaciones de la imagen de Nuestra Señora son una faceta más del apostolado del mensaje que ella vino a traer a la tierra y que va recorriendo el mundo al encuentro de las personas para llevarlas a Dios.

            Así se realiza su profecía: “Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Por que ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc 1, 48-50).

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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