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Todos nosotros ambicionábamos conservar la vida temporal, que pasa con los días, los años, los trabajos, las alegrías, las penas y los dolores, ¡Pero ¡qué poco nos preocupamos por la Vida Eterna! Y, mientras, ésta es la única verdaderamente decisiva y que perdura para siempre.

            Dios, al crear a los seres humanos, les dio por destino la Vida Eterna en la participaciónde su vida divina. Por eso “Dios creó al hombre a Su imagen, lo creó a imagen de Dios; Él los creó hombre y mujer” (Gn 1, 27) Explicando a continuación que “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le insufló por la nariz un soplo de vida, y el hombre se transformó en un ser vivo” (Gn2,7).

            Vemos aquí que el cuerpo humano fue sacado del polvo de la tierra, pero la vida la recibió el hombre del propio ser de Dios, del soplo creador de sus labios. Por eso, nuestra alma es un ser espiritual que participa de la vida de Dios y es inmortal. Cuando el cuerpo queda reducido a la imposibilidad absoluta de cooperar con la acción del alma, ésta lo abandona y vuela para su centro de atracción que es Dios.

            Pero nuestra participación de la Vida Eterna deberá ser decidida entre dos realidades bien distintas: el Cielo o el Infierno.

            En la llamada a la devoción al Inmaculado Corazón de María vimos como existen dos generaciones distintas entre las cuales reina la enemistad, siendo, por eso, opuestas entre sí: la generación de Satanás, que arrastra por el camino del pecado, y la generación del Inmaculado Corazón de María que, como Madre de los hijos de Dios, los lleva por el camino de la verdad, de la justicia y del amor. Porque Dios es Amor, ¡y todos sus hijos se distinguen por el amor! Y mientras los hijos de Dios se elevan por el camino del amor a la posesión de la eterna felicidad en el Reino de Dios, su Padre, la generación de Satanás, por la torpeza del pecado, desciende al abismo del eterno suplicio.

            No falta en el mundo la incredulidad de los que niegan estas verdades, pero lo cierto es que ellas no dejan de existir por el hecho de negarlas, ni su incredulidad los libra de las penas del Infierno, si su vida de pecado allí los conduce.

            En la Sagrada Escritura, abundan los pasajes que nos hablan de la existencia del Infierno, de sus tormentos y de los que para allá van. Así, en el Juicio Final, los que no quisieron cumplir las obras de misericordia serán sentenciados: “Entonces dirá a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. [...] y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna” (Mt 25,41.46).

            Previniendo a los discípulos contra la tentación del orgullo por los éxitos conseguidos en la misión que realizaran, Jesucristo afirmó: “Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18). Y, cuando les hace sus recomendaciones apostólicas, dice: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno” (Mt 10,28).

            Hablando de la resurrección final, Jesús concluyó de este modo la parábola de la red, que lanzada al mar recoge toda clase de peces, debiendo después el pescador hacer la selección: “Así́ será́ el fin del mundo: saldrán los ángeles y separaran a los malos de entre los justos y los arrojaran al horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,49-50). Y no dejan dudas estas palabras del Señor: “y si tu mano te escandaliza, córtala: más te vale entrar manco en la Vidaque con las dos manos ir al Infierno, al fuego inextinguible. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al fuego del Infierno” (Mc 9,43-48). En estos pasajes, Jesús habla del fuego del Infierno y de la eterna condenación, y se refiere al mismo en tantas otras partes del Evangelio, que sería demasiado largo transcribirlas aquí.

            La última que transcribimos no significa que Dios quiera que nos arranquemos los ojos o nos cortemos las manos o los pies, sino que arranquemos o cortemos las tentaciones, malas inclinaciones, pasiones y vicios que nos arrastran por el camino del pecado y pueden ser, por eso, causa de nuestra condenación eterna.

            En el Antiguo Testamento, encontramos textos que, leídos hoy en la fe de la Iglesia, le proporcionan los primeros fulgores de la revelación divina de las verdades que ella nos enseña, como, por ejemplo, ésta de la existencia del Infierno. Es el caso del siguiente texto de Isaías, describiendo la desgracia de los que no quisieron seguir la Ley de Dios: "La mano de Yavé se dará a conocer a sus siervos, y Su furor a Sus enemigos [...], verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne" (Is. 66, 14; 24).

            En el Libro de la Sabiduría, el Espíritu Santo también describe las lamentacioneshechas por los que se condenaron, al ver la salvación de los justos: “Entonces estará el justo en gran seguridad, en presencia de quienes le persiguieron y menospreciaron sus obras.

            Al verlo se turbarán con terrible espanto, y quedarán fuera de sí ante lo inesperado de aquella salud.

            Arrepentidos, se dirán, gimiendo por la angustia de su espíritu: «éste es el que algún tiempo tomamos a risa y fue objeto de nuestro escarnio».

            Nosotros, insensatos, tuvimos su vida por locura y su fin por deshonra.

            ¡Cómo son contados entre los hijos de Dios, y tienen su heredad entre los santos!

            Luego erramos el camino de la verdad, y la luz de la justicia no nos alumbró, y el sol no salió para nosotros.

            Nos cansamos de andar por sendas de iniquidad y de perdición, y caminamos por desiertos solitarios, y el camino del Señor no lo atinamos.

            ¿Qué nos aprovechó nuestra soberbia, qué ventaja nos trajeron la riqueza y la jactancia?

            Pasó como una sombra todo aquello, y como correo que va por la posta, como nave que atraviesa las agitadas aguas, sin dejar rastro de su paso ni del camino de su quilla por las olas [...]. Así también nosotros, en naciendo morimos; sin dar muestra alguna de nuestra virtud, nos extinguimos en nuestra maldad [...].

            Pero los justos viven para siempre, y su recompensa está en el Señor y el cuidado de ellos en el Altísimo.

            Por esto recibirán un glorioso reino, una hermosa corona de mano del Señor, que con su diestra los protege y los defiende con su brazo [...].

            Embrazará por escudo impenetrable la santidad [...]. La iniquidad asolará toda la tierra y la maldad derribará los tronos de los poderosos”. (Sb 5, 1-23).

            Y podríamos continuar transcribiendo pasajes de la Sagrada Escritura donde Dios nos habla de la existencia de la Vida Eterna, feliz o desgraciada, según nuestras obras merecen. A nosotros, que tenemos fe, nos basta la palabra de Dios que lo atestigua, porque nosotros sabemos que su palabra es la verdad. En Fátima, Él nos envió su mensaje como una prueba más de estas verdades que viene a recordarnos, para que no nos dejemos engañar por las falsas doctrinas de los incrédulos, que las niegan y de los desviados que las desfiguran. Con este fin, el mensaje nos asegura que es verdad que existe el Infierno y que van para allá las almas de los pobres pecadores: “Visteis el Infierno —dice el mensaje a los pobres pastorcillos de Aljustrel— para donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que yo os diga, se salvarán muchas almas, y tendrán paz” (Nuestra Señora, 13 de julio de 1917).

            Y el mensaje, después de haber mostrado a las pobres criaturas la horrible visión del Infierno, nos indica una vez más la devoción al Corazón Inmaculado de María como camino para la salvación: “para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz”.

            Paz con la propia conciencia, paz con Dios, paz en las casas y paz en las familias, paz con los vecinos y entre las naciones. Esa paz, por la cual el mundo tanto anhela y tanto de ella se aleja, ¡porque no oye y no sigue la palabra de Dios! De ahí estas palabras del mensaje:“Si hicieran lo que yo os diga...” ¿Y qué es lo que Nuestra Señora nos dice?

            Pasaremos a verlo en la descripción de las llamadas del mensaje. De momento, os recuerdo una página del Evangelio de san Juan, en la cual lo encontramos como un “mandamiento de María”. Se celebraban unas bodas en Caná de Galilea, habiendo tomado parte en ellas Jesucristo, su madre y los discípulos. Entonces María, en cierto momento, observó que faltaba el vino y comunicó a su hijo lo embarazoso de la situación, que dejaría a los novios en mal lugar. Y, habiendo presentado la situación a Jesús, María dice a los sirvientes:“Haced lo que Él os diga”. Éstos obedecieron y el Señor convirtió el agua en vino. Podríamos considerar esto como el mandamiento de María: Haced lo que Él os diga. Seguid la Palabra de Dios que es Jesucristo: ¡Su Verbo!

            Esa orden viene de una madre siempre solícita en conducir a los hijos hacia los brazos del Padre, porque sólo ahí podrá encontrar el camino de la verdad hacia la Vida. Ella misma es madre, porque siguió este camino, el de la palabra del Padre, “[...] hágase en mí según tu palabra”, respondió ella al ángel cuando éste le transmitió la palabra de Dios (Lc 1, 38). Y esta fe en la palabra de Dios le fue elogiada por su prima Isabel: “Feliz aquella que creyó que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc1,45). Confirman todo esto las siguientes palabras de Jesucristo:“Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50).

            Así fue que los sirvientes merecieron ver el milagro de la transformación del agua en vino; hicieron lo que María les ordenó y siguieron la palabra de Jesús. Éste es el camino de la salvación: oír la palabra de Dios y seguirla.

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA escrito por Sor Lucía)

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