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Espero

            Toda nuestra esperanza debe estar puesta en el Señor, porque Él es el único Dios verdadero, que nos creó con amor eterno, y nos redimió enviando a Su propio Hijo, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que padeció y murió por nuestra salvación.

            Así nos lo atestigua el Evangelio de San Juan, al referir estas palabras de Jesucristo a Nicodemo: "¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras? En verdad, en verdad te digo que hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibos nuestro testimonio. Si os he hablado de cosas terrenas y no creéis, ¿cómo ibais a creer si os hablara de cosas celestiales? Pues nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en Él".

            Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Este es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas." (Jn. 3, 10-19).

            Este texto sagrado nos dice cuál debe ser el motivo de nuestra esperanza: "Así debe ser levantado el Hijo del Hombre a fin de que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna".  Si los israelitas heridos de muerte mirando para la serpiente que Moisés fijara en el poste recuperaban la vida, cúanto más nosotros sí sabemos, con fe y confianza, levantar nuestra mirada para Cristo, levantado en el madero de la cruz; si sabemos unir a la Suya nuestra cruz de cada día, nuestros trabajos, nuestras fatigas, nuestras contrariedades, nuestros dolores y angustias con vivo arrepentimiento de nuestros pecados y firme propósito de no volver a cometerlos, nuestra confianza será recompensada con la promesa de Cristo: "Todo el que cree en Él tendrá la vida eterna".

            Para que veáis lo que debe ser nuestra confianza en Cristo, os recuerdo la travesía del lago hecha por los Apóstoles, despuès del milagro de la multiplicación de los panes. Jesús ordenó entonces a Sus discípulos que subiesen a una barca y que pasasen al otro lado enfrente de Betania, mientras Él despedía a la multitud: "Y después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Cuando se hizo de noche, la barca estaba en medio del mar, y Él solo en tierra. Y viéndoles remar con gran fatiga, pues el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche viene a ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, cuando lo vieron caminando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y gritaron. Todos, en efecto, le vieron y se asustaron. Él habló en seguida con ellos, y les dijo: Tened confianza, soy Yo, no temáis. Y subió con ellos a la barca y cesó el viento. Entonces se quedaron mucho más asombrados; pues no habían entendido lo de los panes, porque su corazón estaba embotado.

            Y terminada la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret y atracaron. Cuando bajaron de la barca, al momento lo reconocieron. Y recorriendo toda aquella región, a donde oían que estaba Él le traían sobre las camillas a todos los que se encontraban mal. Y adondequiera que entraba, en pueblos, o en ciudades, o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos."  (Mc. 6, 46-56).

            Este pasaje de la vida de Jesucristo nos enseña lo que debe ser nuestra confianza, tanto en el comportamiento de los Apóstoles luchando entre las olas del mar, como en la actitud de los gerasenos presentando a Cristo sus enfermos. Nos dice el Evangelista que todos cuantos tocaban al menos el borde de Su manto, quedaban curados; porque tocaban a Cristo con fe y confianza. Ésta es la condición para obtener la gracia, aproximándonos a Cristo con fe, confiados en Su bondad y Su amor.

            Aquello que el Señor les dice a los Apóstoles vale también para todos nosotros: "tranquilos, soy Yo, no tengáis miedo".  En medio de las tempestades que se levantan en la vida, tal vez -como sucedió a los Apóstoles-todo nos parezca un fantasma, dándonos miedo. Pero, si sabemos levantar nuestra mirada para Cristo, veremos que junto a nosotros está Él y tendremos la felicidad de oír en lo íntimo de nuestro corazón el son armonioso de Su voz, que nos susurra: "Soy Yo, ¡No tengáis miedo!".

            Pero, para oír el son de su voz y comprenderlo, es preciso que no tengamos el espíritu "embotado", como nos dice el Evangelio que lo tenían los Apóstoles, y, por eso, no comprendían las palabras de Jesús. Es preciso, pues, que nuestro espíritu esté libre del demasiado apego a las cosas de la tierra, a las vanidades que arrastran por el camino de la liviandad, de la exageración de las modas, que dan mal ejemplo y escandalizan al prójimo, inclinando al pecado. Di, por tanto, seguimos nuestras malas inclinaciones, el ansia de aquello que no nos pertenece ni puede legítimamente pertenecer, las envidias, los celos y las tentaciones de venganza contra la justicia y contra la caridad, etc., entonces estas cosas nos ciegan y ensordecen de tal modo que no vemos ni oímos, ni comprendemos las palabras de Jesucristo, y así desfallece en nosotros la fe y la confianza.

            El apóstol san Juan, en el discurso de despedida pronunciado por Jesucristo durante la Última Cena, nos refiere algunos pasajes que inspiran los mismos sentimientos de esperanza.

            El maestro acababa de lavar los pies a los apóstoles, se sentó́ a la mesa y explicó el sentido de su gesto recomendándoles la humildad y la caridad; predijo después la traición de Judas, y, habiendo éste salido para cumplir sus pérfidos propósitos, el Señor dijo a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar; y cuando haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré́ y os llevaré junto a mí, para que, donde Yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14, 1-3).

            Y, continuó el Señor hablando familiarmente con sus apóstoles acerca de su próxima muerte, y les dijo: “Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersareis cada uno por su lado, y me dejareis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo. 0s he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he venido al mundo” (Jn 16, 32-33).

            Aquí́ Jesús nos asegura que tenemos un lugar en el Cielo, si queremos seguir su camino; el camino que Él nos trazó́ con su palabra y con sus ejemplos, el camino que es Él mismo: “yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí. (...) (Porque) quien me ve (a mí), ve al Padre” (Jn 14, 6-9). Por lo tanto, nuestro camino es Cristo, es por su palabra, por su doctrina, por su vida. Precisamos por eso identificarnos con Cristo, para reproducir en nosotros la vida de Cristo y ver en Cristo al Padre, según sus palabras: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30).

            Es en esta identificaciónde nuestra vida con la vida de Cristo, vida de expiación por nuestros pecados, por la que nuestra confianza se afirma y fortalece. Pues sabemos que es por nuestra unión con Cristo y por sus méritos que seremos salvos, que nos volveremos agradables al Padre en la medida en que reproduzcamos en nosotros los sentimientos de su Hijo Jesucristo, de modo que el Padre vea en nosotros la cara de su Verbo. Este es el camino que hemos de seguir para llegar a ocupar el lugar que Jesús tiene preparado en el Cielo para nosotros.

            Entre los sentimientos grandes de Jesús, que hemos de imitar, se cuenta su total dependencia del Padre y la plena sumisión a la voluntad de Él, pudiendo así́ asegurarnos que su palabra es la palabra del Padre: “Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió́, Él me ha ordenado lo que he de decir y hablar. y sé que su mandato es vida eterna; por tanto, lo que Yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así́ lo hablo” (Jn 12, 49-50).

            Engendrado eternamente del Padre, el Verbo todo lo recibió́ de Él; justamente afirma que todo cuanto nos anuncia le fue dicho por el Padre, y que todo cuanto nos transmite es palabra del Padre.

            Nos resta, pues, seguir con fe esta palabra de vida eterna, seguirla con fe y con aquella humildad del niño, seguro de su propia impotencia, que se abandona en los brazos del padre; ahí́ descansa y duerme tranquilo, porque sabe que el padre lo cuida, defiende y lleva al lugar de reposo, y si algún día ofende al padre, transgrediendo alguna de sus órdenes, el conoce su corazón, confía en su amor, corre a su encuentro, con humildad confiesa su falta, espera su perdón y, con la misma confianza de antes, se arroja en sus brazos.

            Junto a Dios, todos somos niños. Él es el Padre de la gran familia humana: nos mece a todos en la cuna de su Providencia y nos conduce por los caminos del amor. No queramos nosotros desviarnos de esta vida, ¡ni nos arranquemos de sus brazos paternales! Así́, nuestra esperanza está asentada en Dios, en su palabra, en su amor de Padre, en su mano salvadora. Como hijos abandonados en sus brazos, ciertos de su infinita misericordia, sabemos que nuestra confianza no será́ defraudada

 

¡Ave Marina!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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