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"Santísima Trinidad, Padre, Hijo Espíritu Santo, Os adoro profundamente."

     Aquí el mensaje propone a nuestra fe y a nuestra adoración el misterio de Dios uno y trino en personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; nos propone el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios y tres personas distintas.

     Se trata de un misterio que nos fue revelado y que sólo en el Cielo nos será dado comprender correctamente. Creemos en él porque Dios nos lo reveló, y sabemos que nuestra limitada comprensión está a mucha distancia de poder comprenderlo y de la sabiduría de Dios.

     En la obra de la creación salida del poder creador de Dios vemos tantas cosas maravillosas que tampoco comprendemos, que podemos ver en ellas una figura de aquel misterio puesto por Dios a nuestra consideración.

     Así por ejemplo, cada individuo es una sola persona, pero en ella existen cosas tan distintas: unas de orden natural, otras de orden sobrenatural.

     Somos cuerpo: materia formada por Dios del barro de la tierra; ese cuerpo se sustenta de los productos de la misma tierra donde fue sacado, y a la cual volverá. La vida de nuestro cuerpo es el alma, un ser espiritual, creado por Dios a su imagen y semejanza, como dice la Sagrada Escritura: «Dios creó al hombre a Su imagen, lo creó a imagen de Dios; Él los creó hombre y mujer»(Gn 1, 27). Explicando a continuación que «El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le insufló por la nariz un soplo de vida, y el hombre se transformó en un ser vivo»(Gn 2, 7). Nuestra alma es, pues, un ser espiritual creado por el soplo de Dios: es inmortal. En tanto ella permanece unida a nuestro cuerpo somos un ser vivo, pero, cuando el cuerpo dejamabsolutamente de estar habilitado para cooperar con la acción del alma, ésta lo abandona y vuela hacia el Ser, que, con un soplo suyo, la creara; vuela para Dios que, como su centro de gravedad, la atrae.

     El cuerpo, abandonado por el alma, queda sin vida y desciende a la tierra de donde fue sacado. El alma lleva consigo los dones que recibió de Dios: la inteligencia, la memoria, la voluntad, etc. Y aunque el cadáver quede con todos los órganos naturales en buen estado, él ya no ve, no habla, ni se mueve, ya no comprende ni discurre. Antes era un ser que pensaba, que tenía vida; ahora es un ser inerte, sin acción, que se corrompe y desaparece en la descomposición del sepulcro.

      Si nos preguntamos cómo es posible que, en una sola persona, exista todo este conjunto de cosas –cuerpo que es materia y muere; alma, ser espiritual que tiene vida inmortal, porque participa de la vida de Dios: inteligencia, pensamiento, memoria y voluntad–, hemos de confesar que no sabemos, no comprendemos cómo eso es posible. No comprendemos lo que pasa en nosotros mismos, lo que en nosotros existe, ni lo que somos, y somos lo que los otros no ven, lo que nosotros ignoramos, en fin, somos lo que Dios muy bien sabe.

      Por eso acostumbramos a decir, y con toda verdad: sólo Dios sabe lo que somos. Una vez oí decir a un especialista que acababa de observar a un enfermo: «Nosotros, los médicos, hemos estudiado mucho, y mucho ha adelantado la medicina. Pero, a pesar de eso, en el cuerpo humano, existen muchos misterios que aún no hemos llegado a desvelar».Esto que un médico dice del cuerpo humano, podemos extenderlo a toda la naturaleza creada: en todo puso Dios un misterio que no está al alcance de nuestra ilimitada comprensión. Y la razón de esto es que la inteligencia humana constituye apenas una pequeña participación de la inteligencia divina.

     Para nosotros, toda la naturaleza se presenta como envuelta en misterio, y toda ella parece ser una revelación del misterio de Dios, que es trino en personas –Padre, Hijo y Espíritu Santo– y un solo Dios verdadero. Si cogemos un fruto, una naranja por ejemplo, le quitamos la cáscara que se deja fuera, separamos las pepitas que se pueden sembrar y tendremos otros tantos árboles, nos quedamos con los gajos que nos alimentan. Así en una sola unidad –una naranja–, tenemos tres cosas distintas y con diferentes finalidades. Y lo mismo podemos comprobar en otros frutos. Si reparamos en un rosal, vemos el pie que lo une a la tierra donde chupa el alimento que lo sustenta, tiene el follaje verde que en el otoño se marchita y cae, y se cubre de bellas rosas que cogemos y nos deleitan la vista y el olfato.

     Es que toda la naturaleza fue creada para hablarnos de Dios y revelarnos la grandeza del misterio de Dios, «trino en personas». Si, en todas las cosas creadas, encontramos un conjunto de cosas distintas en cada unidad, que separamos y distinguimos con nombres diferentes, ¿por qué nos admiramos tanto porque en un solo Dios haya tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo? Si queremos escuchar, toda la obra creada nos habla de Dios creador.

     Pero, es sobre todo la Sagrada Escritura, la que nos habla y revela, en diversos lugares este misterio de la Santísima Trinidad, como, por ejemplo, nos describe el misterio de la encarnación del Verbo, el «Hijo del Altísimo». Al responder a una dificultad de María, el ángel le dice: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Aparecen aquí mencionadas las tres personas divinas: El «Espíritu Santo», que desciende sobre la Virgen; el «Altísimo (a quién Jesucristo, el «Hijo del Altísimo», llamó Padre), que engendra el Verbo, y el Hijo que va a nacer y que, como dice el ángel «se llamará Hijo de Dios».

     Engendrado por el Padre desde la eternidad, Jesucristo es concebido y nace en el tiempo, de la Virgen María -en cuanto hombre comenzó a existir en el momento de su encarnación en el seno de la Virgen Madre; en cuanto Dios existió siempre con el Padre y el Espíritu Santo.

     Nos dice san Juan: «En el Principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. [...] Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». Varias veces, en el Evangelio, encontramos a Jesucristo hablando de Ellos, los tres –del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo–, y a sí mismo se da el nombre de Hijo: «y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. [...] Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho». En otro lugar dice: «El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en Sus manos»(Jn 3, 35). Y, más adelante, «Pues así como el Padre resucita a los muertos y les de la vida, del mismo modo el Hijo da vida a quienes quiere»(Jn 5,21).

     Tenemos, pues, un solo Dios, pero en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Espíritu Santo viene a nosotros como maestro, para enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesucristo nos reveló: «Él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os tengo dicho».El Espíritu lo hace directamente, con sus dones que Él mismo comunica al alma. O, indirectamente, sirviéndose de medios humanos, entre los cuales sobresale la Iglesia, nuestra madre y maestra, que, entre las principales misiones que le fueron confiadas ejercer en la tierra, tiene la de recordarnos con autoridad y fielmente todo lo que Jesucristo dijo e hizo.

 

     Además de eso, como nos dice el Evangelio, también nos será dado conocer y convivir con el Espíritu Santo, que vino a habitar en nosotros y está con nosotros: «[...] y Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros»(Jn 14, 16-17).

     Se trata de un conocimiento por la fe, que el mundo, naturalmente, no tiene. La posibilidad de conocer al Espíritu Santo es una gracia maravillosa que Él nos da: «Que conocéis vosotros, porque habita con vosotros y está en vosotros». ¡Sí! Es una gracia inmensa poder conocer a Dios a través de la fe: conocer la revelación de Dios y del amor que Él nos manifiesta en todas sus obras. Lo conoce en las ciencias humanas, en las artes, en las fuerzas o en las cosas que nos rodean: todo es una manifestación de Dios, porque Él se revela en sus obras. Aquí se podría aplicar, de algún modo, aquel llamamiento que Jesús hizo a sus discípulos para que vieran en las obras realizadas la presencia de alguien que en Él las había hecho: «Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, y si no, creed por las obras mismas» (Jn 14, 11).

     Poder conocer a Dios, aunque de modo limitado y propio de nuestra capacidad ¡es una gracia de inestimable valor!, poder conocer a Dios como Padre que nos creó, como Hombre y Dios que nos redimió, como Espíritu que nos guía por los caminos de la verdad y del amor: «Cuando viniere el Espíritu de la verdad, Él os enseñará todo».

     Ahora, la verdad total, de algún modo, es el amor, porque, como nos dice san Juan, Dios es amor. Así, amar y poseer es el mayor don de Dios, porque es poseer al propio Dios. «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él»(Jn 14, 23). Es la posesión de Dios y nos sumergimos en Dios, es el amor de Dios en nosotros, comunicado por la presencia de las tres Personas Divinas, que nos han de llevar a vivir inmersos en el océano de la vida sobrenatural, siguiendo siempre el camino señalado por la luz de la palabra de Dios. Y es así que el amor de Dios se manifiesta en nosotros, nos transforma e identifica con las tres personas divinas por una plena unión con Jesucristo: «En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y Yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo le amaré y Yo mismo me manifestaré a él» (Jn 14, 20-21).

     Por lo tanto, es el amor que nos transforma en templos vivos de la Santísima Trinidad, porque Dios es amor y nos comunica la vida de su amor, que es la vida de Dios en nosotros –«Me manifestaré a Él»–, es la vida de Cristo en nosotros, como. Él pidió al Padre: «Padre justo, el mundo no te conoció; pero Yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y Yo en ellos»(Jn 17, 25-26).

      El mundo materialista no conoce a Dios, ni comprende la vida espiritual de inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros. Y no sólo no la comprende, aun por el contrario, la aborrece y hasta la persigue, pero la persigue, porque no la conoce, ignora los insondables tesoros y la riqueza íntima que en ella se encierra. Sabiendo eso mismo, Jesucristo nos quiso prevenir diciendo: “Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo más que su señor”(Jn 15,18-20).

     El mundo seduce y engaña, y Cristo no puede manifestarse a los que se dejan arrastrar por las ilusiones engañadoras del mundo. Por eso, los que viven entregados al materialismo no entienden el lenguaje de Jesucristo, que es la palabra de Dios; son del número de los llamados, porque todos fuimos llamados a seguir la Ley divina, pero no son escogidos, porque no quisieron oír la voz de Dios -esto es, la doctrina de Cristo, que es la palabra de Dios- ni seguirla. Y sin la recepción de Cristo -el único que tiene “palabras de vida eterna”(Jn 6, 68)- ellos cortaron su propio acceso a la Vida Eterna.

     Por eso, en la oración que dirigió al Padre en la Última Cena, Jesús dice: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique, ya que le diste poder sobre toda carne, que Él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado... Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado. […] He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra”(Jn 17, 1-6).

     En primer lugar, vemos que Jesucristo nos dice claramente que la Vida Eterna consiste en conocer a Dios y al Hijo que el Padre envió. Y así es, porque el conocimiento de Dios nos lleva al amor, el amor establece la unión y la unión nos transmite a nosotros la vida sobrenatural de Dios. Después reparemos en cómo el Salvador ruega al Padre por aquellos que escogió del mundo porque eran de Él y son de Él porque observan su palabra: “Tuyos eran y me los confiaste y han guardado tu palabra”.

     Por cierto que la observancia de la palabra de Dios nos exige sacrificio y renuncia, pero es cierto también que es precisamente en el sacrificio y en la renuncia como nosotros probamos a Dios nuestro amor. ¿Acaso no nos dice Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

     El mundo, al contrario, promete facilidades y placeres y nos rodea de muchas tentaciones seductoras, pero falsas y nacidas de la ignorancia, porque el mundo o antes los que siguen las máximas del mundo desconocen el bien que rechazan y pierden cuando se alejan de Dios. Todos corren en busca de la felicidad, pero no la encuentran, porque la buscan donde ella no existe, y así, como está errado el camino, cuanto más lo siguen más se apartan de la felicidad. Dios es el único ser donde está la felicidad, para la cual, además, nos creó.

     Pero Dios no está en la satisfacción de los placeres sensuales de la carne, de los sentidos, ni de las pasiones, del orgullo, de la soberbia, de los celos, etc. Dios se encuentra en las almas puras, en los corazones humildes y en las conciencias rectas, libres del apego a las cosas de la tierra, ya sean honras, placeres, riquezas, etc.

     Es así como las personas liberadas se identifican con Dios, y la vida de Dios en ellas, y Él les comunica una participación siempre creciente en sus dones. Cristo hizo de esto mismo objeto de su oración al Padre: “Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado. [...] Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan mi gozo completo en sí mismo […] Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y Yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí”(Jn 7,11-23).

     Vemos que Jesús pide al Padre nuestra unión con la Santísima Trinidad: “Como Tú, oh Padre, en mí y Yo en Ti, que así ellos estén en nosotros [...].”Esto mismo es nuestra vida sobrenatural, porque estar en Dios es vivir la vida de Dios: Dios presente en nosotros y nosotros sumergidos en Dios. Esta vida de íntima unión con Dios es a veces presentada como difícil y triste pero es, al contrario, sencilla, alegre y feliz, como dice Jesucristo: “Para que tengan en sí mismos la plenitud de Mi alegría”.

     La alegría de hacer la voluntad de Dios de dar gusto a Dios guardando y observando su palabra: “Ellos guardaron Tu palabra. Ahora saben que todo cuanto Me diste viene de Ti, porque les he dado las palabras que Tú me diste, y ellos las recibieron” (Jn 17,6-8). Creemos en Dios, recibimos su palabra y tenemos en nosotros la plenitud de la alegría divina. Somos, como dice san Pablo; templos de Dios: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Co 3,16).

     En el Evangelio se dice que somos objeto de una particular elección de Dios: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda”(Jn 15,16).

     Ahora, ser escogidos por Cristo es, sin duda, ser escogidos para Dios, para la vida que no muere, para el amor que no fenece, para la felicidad que no tiene fin. Aquello que Dios atrae para sí e identifica consigo se vuelve, por su íntima unión con Cristo, uno solo con Dios: “En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre y vosotros en mí y Yo en vosotros”(Jn 14,20).

     Lo mismo podemos ver comprobado en estas palabras de la Carta a los Efesios: “Por Él también vosotros, una vez oída la palabra de la verdad -el Evangelio de nuestra salvación-, al haber creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para la redención de su pueblo adquirido, para alabanza de su gloria”(Ef 1, 13-14).

     Así es que, por nuestra unión con Cristo, la vida de Dios en nosotros crece y se desenvuelve, transformándonos en templos vivos de Dios, como dice Jesucristo: "No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque Yo vivo y también vosotros viviréis” (Jn 14,18-19).

     Sí, nosotros vivimos, porque la vida de Dios en nosotros nos vuelve inmortales.

San Juan nos dice que no vio templo alguno en la ciudad de Díos: “Pero no vi templo alguno en ella, su templo es el Señor Dios omnipotente y el Cordero..., La ciudad no tiene necesidad de que la alumbre ni sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero”(Ap 21,22-23).

     El Cordero es Cristo; la luz de Cristo es nuestra vida y nosotros vivimos sumergidos en esa luz y somos así una alabanza para gloria de Dios, caminamos a la luz de la gloria y por ella somos transformados en templo de Dios: “[...] sobre quien toda la edificación se alza bien trabada para ser templo santo en el Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios por el Espíritu”(Ef 2,21-22).

     Somos templos de Dios y Dios es nuestra morada, caminamos a la luz de la gloria de Dios, fuimos escogidos por Dios y Dios nos llamó a conocernos por el propio nombre: “Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas [...] llama a sus propias ovejas por su nombre [...] y las ovejas le siguen porque conocen su voz. [...] Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas”(Jn 10,2-4; 14-15).

     Para esto vino Él al mundo: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia. [...] Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre [y donde está el Padre, está el Hijo y el Espíritu Santo] Yo y el Padre somos uno”(Jn 10,10; 28- 30).

     Nuestra grandeza es inmensa: fuimos escogidos por Dios, somos guardados por Dios, somos santificados por la presencia de Dios para alabanza de su gloria, somos sagrarios vivos donde habita la Santísima Trinidad, ¡somos casa de Dios y puerta del Cielo! ¡Oh, Trinidad santa, a quien yo adoro, a quien yo amo, a quien yo he de cantar etema alabanza! En mí, ¡tú eres luz, eres gracia, eres amor! Me sumerjo en ti y me precipito en el amor de Tu Ser.

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA escrito por Sor Lucía)

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