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En la aparición de Nuestra Señora del Carmen se puede descubrir otro significado: una llamada a la santidad.

                        Ahí, vemos a aquella que, como nosotros, vivió en la tierra y aquí se santificó; ahora, vive y reina con Dios en el Cielo, gozando del fruto y de la recompensa de esa santificación.

            Nuestra Señora se santificó como Virgenpura e inmaculada, correspondiendo a las gracias que Dios, en ese estado, le concedió; se santificó como Esposa fiel y dedicada, en el cumplimiento de todos sus deberes de estado; se santificó como Madre amorosa que se desvela por el Hijo que Dios le confió para mecerlo en sus brazos, criarlo y educarlo, para auxiliarlo y seguirlo en el desempeño de su misión. Con Él recorrió el camino estrecho de la vida, la vía escabrosa del Calvario; con Él agonizó, recibiendo en su corazón las heridas de los clavos, el golpe de la lanza y los vituperios de la multitud amotinada; se santificó, en fin, como madre, maestra y guía de los apóstoles, aceptando quedar en la tierra por el tiempo que Dios quisiese, para realizar la misión que Él le había confiado de corredentora con Cristo de la humanidad.

            Así, María es, para todos nosotros, el modelo de la más perfecta santidad a que puede elevarse una criatura en esta pobre tierra de exilio.

            Cuántas veces tendrá ella leídas y meditadas en su corazón estas palabras de la Sagrada Escritura: «Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». (Lev. 19, 2).

            Esto que Dios nos dice aquí es paratodos y para todos los estados de vida, como se concluye del contexto de la frase: «El Señor dijo a Moisés: “habla a toda la asamblea de los hijos de Israel y diles: ‘Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’”» (Lev. 19, 1-2)

            Éste es un mandamiento que nos obliga a cumplir todos los otros mandamientos, porque transgredir uno solo de ellos, cualquiera que sea, es faltar a la santidad.

            El deber de ser santos obliga a todos, igual a aquellos que no tienen fe. Claro que, en este caso, sin la virtud de la fe, la santidad será sólo dictada por la propia conciencia y quedará privada del mérito sobrenatural, porque le falta la razón fundamental que revaloriza toda la verdadera santidad: «ser santo porque Dios es santo». Ser santo, para agradar a Dios, para asemejarnos nosotros a Dios, para hacer su voluntad, para dar gusto a Dios y demostrarle todo nuestro amor.

            Como decía, los que no tienen la felicidad de poseer el don de la fe están igualmente sujetos a la obligación de ser santos por un dictamen de la conciencia humana; por la misma razón, se dice que lo mismo sin tener conocimiento de Dios pueden salvarse todos aquellos que cumplen la ley natural.

            Así nos lo asegura el apóstol san Pablo: «En efecto, cuando los gentiles, que no tienen la Ley, siguiendo la naturaleza cumplen los preceptos de la Ley, ellos, sin tener la Ley, son leypara sí mismos. Con esto muestran que tienen grabado en sus corazones lo que la Ley prescribe, como se lo atestigua su propia conciencia y según los acusan o los excusan los razonamientos que se hacen unos a otros. Así se verá en el día en que Dios por Jesucristo juzgue las cosas secretas de los hombres, según mi evangelio» (Rom. 2, 14-16).

            Para nosotros que tenemos la felicidad de poseer el don de la fe, recibido en el sacramento del bautismo, el deber de ser santos nos obliga a algo más: a revestirnos de la vida sobrenatural, a dar a todas nuestras acciones el carácter sobrenatural, esto es, a ser santos porque Dios lo quiere y porque Dios es santo.

            El referido deber nos obliga a vivir a la sombra de la santidad de Dios, o sea según el camino que Dios nos trazó para ser santos y estar con Él: «Porque Yo soy el Señor, vuestro Dios, debéis santificaros y permanecer santos, porque Yo soy santo» (Lev. 11, 44).

            Él mismo nos guía los pasos por el camino de la santidad: «Yo soy Dios todopoderoso. Anda en mi presencia y sé perfecto» (Gén. 17, 1). Andar en la presencia de Dios es darnos cuenta de que su mirada descansa sobre nosotros, y todo nuestro ser como que está enfrente del espejo de la Luz de Dios. Y, así, dándonos cuenta de que Dios nos ve, no nos atreveremos a ofenderle; antes nacerá en nosotros la voluntad de cumplir su Ley para agradarle, dar gusto, merecer sus favores y gracias y santificarnos para identificamos con Él. Aquí está para todos la verdadera unión con Dios; y es ésta la que nos santifica.

            Las personas consagradas se elevan a un nivel más alto, debido a la santidad del estado de vida que abrazaron. Con el desprendimiento de las cosas de la tierra, se colocan en un grado de particular disponibilidad para corresponder a la acción de la gracia de Dios en ellas. Al entregarse a Dios con amor, le ofrecieron de una vez para siempre el holocausto de todo y de sí mismos. Ahora, este acto, de por sí, es capaz de elevar a una vida de constante intimidad con Dios y de perfecto amor, si, de parte de la persona consagrada, hubo una entrega plena, sin reservas ni restricciones.

            En una entrega semejante, su encuentro con Dios se vuelve permanente y familiar. Ella trata, entonces, con el Señor como con un amigo o como con un padre que siempre encuentra a su disposición, le comunica sus deseos, sus aspiraciones, sus ideales y sus dificultades. Es en esta intimidad como Dios se da a la persona y la santifica, y ésta se da cuenta de la presencia de Dios en sí misma, sintiéndose Dios como en su templo y el lugar de su morada; por eso, ahí se refugia en todos los momentos y días de su vida. Y lo mismo cuando la presencia de Dios no se hace sentir, la persona se refugia en su ser inmenso y se abandona en sus brazos de Padre; por la fe, sabe que Él la escucha y la conduce por los caminos por donde le place llevarla. Unida a Cristo, ofrece a Dios su sacrificio conforme a la doctrina del apóstol, que tanto me gusta, y que dice:

            «Ofrezcamos continuamente a Dios por medio de él un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de compartir lo vuestro, pues en este tipo de sacrificios se complace Dios» (Hb. 13, 15-16)

            Desgraciadamente, hemos de confesar que son pocas las personas que alcanzan este grado de íntima unión con Dios. También en los claustros penetran las tentaciones diabólicas, que consiguen desviar a las almas de aquella aspiración única y sublime que las llevó a desprenderse de tantas cosas. Y, después, el tentador consigue obcecarlas, con tristes ambiciones de honras, de cargos, de lugares, hasta tal punto, que si no los ocupan ¡parece ya que se pierde el mundo! Y es preciso colocarlas allá... ¡para asegurarlas! Y, con ellas, ¡el Demonio engaña a tantos! Ya lo dice el libro de la imitación de Cristo y repite santa Teresa de Jesús. ¿Pero qué vale? El Demonio no ceja, porque es el campo de su cosecha.

            Por eso Jesucristo nos recomienda que «quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos» (Mt. 20, 27-28).

            Y las personas que saben vencer las tentaciones se sumergen en el ser inmenso de Dios, como en un océano de gracia, fuerza y amor; penetran en los secretos divinos, con elevada claridad y los entienden, aunque no los puedan comprender del todo, Dios se revela a esas almas con cierta complacencia y les comunica el conocimiento de una parte de sí mismo, según la capacidad que da a cada una para alcanzar la esencia del Ser divino.

            El alma se identifica, entonces, con la santidad de Dios en la medida en que ella generosamente se entrega, y Dios la toma consigo y la enriquece de sus dones

             Es así que la persona se ennoblece con la virtud de Dios, como dice el apóstol san Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman.» A nosotros, en cambio, Dios nos lo reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios. Pues ¿qué hombre sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, lo que hay en Dios nadie lo ha conocido sino el Espíritu de Dios. Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espiritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido» (1 Cor. 2, 9-12)

            Y Jesucristo nos dice lo mismo pero con Él como revelador: «Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mt. 11, 26-27)

            Dios se comunica y se revela a quien le place, pero tal comunicación exige la fiel correspondencia de parte de quien la recibe. La acción de Dios no destruye la naturaleza humana, antes la perfecciona y dignifica; no sustrae a la persona del sentimiento humano natural, moral y físico, pues es con él como ella ha de santificarse, a semejanza de Cristo que sintió y soportó por amor del Padre.

            No la inmuniza a la acción de la tentación, sea de orgullo, del Demonio, de la carne o del mundo, porque ella ha de santificarse en la lucha, venciendo con el auxilio de la gracia, a ejemplo de Jesucristo que, a pesar de ser el santo de los santos, también fue tentado.

            Las pruebas ásperas, a las que, a veces, esas almas son sometidas, pueden estremecerlas y hacerlas retroceder, porque Dios no las volvió inmunes a la flaqueza humana. Particularmente durasson esas pruebas, cuando nacen de la injusticia, de la inexactitud o de la falta de verdad. Por eso, quien se sacrifica es responsable.

            Con todo, es en medio de todas estas luchas que la persona —si persevera en la lucha y vence— se santifica y se vuelve hacia Dios en una verdadera alabanza de gloria, como dice el apóstol: «Rezamos para que caminéis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, dando como fruto toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios; así seréis fortalecidos con toda la fuerza propia de su glorioso poder para tener en todo paciencia y longanimidad, con alegría, dando gracias al Padre, que os hizo dignos de participar en la herencia de los santos en la luz» (Col. 1, 10-12).

            Sean cuales fueren los favores concedidos por Dios a un alma, Él no la despoja de los dones comunes concedidos a toda la humanidad: la voluntad propia, la libertad, el sentimiento y propia personalidad, con los mismos derechos y las mismas responsabilidades. Dios dio igualmente a todos estos dones, para que el libre uso que de ellos hagamos nos santifique y vuelva dignos de una recompensa eterna. Por eso Dios respetaen nosotros su dádiva y nosotros tenemos también que respetarla en nuestro prójimo; así cada uno es responsable de sí mismo ante Dios.

            Despojar a alguien de cualquiera de estos dones es forzarlo a vivir como a otro le parece, es cometer una injusticia y volverse responsable de las faltas o pecados que la persona forzada pueda por tal motivo cometer.

            Por parte de la persona humillada, si soporta y sufre con paciencia por amor a Dios, se santifica y merece la recompensa:«Porque los ojos del Señor miran a los justos, y sus oídos están atentos a sus plegarias, pero el rostro del Señor se vuelve contra los que obran mal» (1 Ped. 3, 12).

            Así, escogidos por Dios para la santidad, procuremos corresponder a tal llamamiento, con lo mejor de nosotros mismos, para el crecimiento personal y para el provecho común.

            Así nos lo recomienda san Pablo: «Tenemos dones diferentes, conforme a la gracia que se nos ha dado: bien sea la profecía, según la medida de la fe; bien sea el ministerio, sirviendo; o el que enseña, enseñando; o el que exhorta, exhortando; el que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que ejercita la misericordia, con alegría» (Rom. 12, 6-8).

            Y así, por el buen uso que hacemos de los dones que Dios nos concedió, nuestra santidad se eleva en el amor que debemos a Dios y al prójimo, nos purificamos y volvemos dignos de la Vida Eterna. Porque el amor es el vínculo de toda la verdadera santidad, como nos dice la sublime águila del Nuevo Testamento: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues el amor de Dios consiste precisamente en que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos, porque todo el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn. 5, 2-4).

            Pero, puede ser que a alguien se le ocurra preguntar: ¿Para qué hemos de ser santos?

            La respuesta nos la da el apóstol san Pablo en estas palabras maravillosas: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cieios, pues en Él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinóa ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado, por cuya Sangre nos es dada la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que derramó sobre nosotros de modo sobreabundante con toda sabiduría y prudencia. Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio que se había propuesto realizar mediante Él y llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra.» En Él, por quien también fuimos constituidos herederos, predestinados según el designio de quien realiza todo con arreglo al consejo de su voluntad, para que nosotros, los que antes habíamos esperado en el Mesias, sirvamos para la alabanza de su gloria. Por Él también vosotros, una vez oída la palabra de la verdad —el Evangelio de nuestra salvación—, al haber creído, fuisteis sellados con el Espiritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para la redención de su pueblo adquirido, para alabanza de su gloria» (Ef. 1, 3-4).

            Para eso fuimos escogidos y hemos de ser santos: para ser la alabanza de la gloria de Dios y participar de esa misma gloria que de Él recibimos como gracia.

¡Ave María!

( del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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