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Orad, ¡orad mucho!

            Como ya sabéis, esta llamada tuvo lugar en la segunda aparición del ángel.

            Encontrábanse las pobres criaturas entretenidas, sentadas en las losas del pozo situado en el patio de mis padres. El mensajero celeste se presenta y les dirige a ellos la siguiente pregunta: “¿Qué hacéis?” y , sin esperar respuesta, continúa: “Orad, ¡orad mucho! Los corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios (...). De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy su ángel de la guarda, el ángel de Portugal. Sobre todo aceptad y soportad los sufrimientos que el Señor os envíe”.

             Aunque las revelaciones sobrenaturales estén ordinariamente acompañadas de una gracia especial que ilumina sobre su significado, todavía en aquella ocasión las pobres criaturas estaban lejos de suponer todo su alcance y significado, como podemos comprender hoy, y transmitirlo a las almas, como es la voluntad de Dios que lo haga, y es por eso que todavía estoy aquí en la tierra a su disposición.

             En aquella ocasión los niños no pudieron sospechar ni siquiera ligeramente que esa llamada a la oración no era sólo para ellos, sino también para toda la humanidad. Hoy, considero este llamamiento como una llamada de atención hacia el camino marcado por Dios para sus criaturas, desde el principio de la creación.

            De hecho, en el Antiguo y Nuevo Testamento, que contiene la palabra de Dios, encontramos bien indicada la senda que Dios trazó a la humanidad; pero, desgraciadamente, los hombres, en su mayoría, ignoran el fin para el cual fueron creados. Ignoran la existencia de Dios, su creador; ignoran el santo nombre de Dios, a quien nunca supieron dar el dulce nombre de Padre, e ignoran el camino que deben seguir para llegar un día a ser felices en la casa del Padre.

             Así la mayor parte de la humanidad es víctima de la ignorancia, busca la felicidad donde no la puede encontrar y se hunde cada vez más en la desgracia y en la miseria. ¡Lancemos una mirada sobre el mundo! ¿Qué vemos? ¿Cuál es el cuadro que se presenta ante nuestros ojos?  Guerras, odios, ambiciones, raptos, robos, venganzas, fraudes, homicidios, inmoralidades, etc. Y, en castigo de tantos pecados: catástrofes, enfermedades, desastres, hambre y toda especie de dolor y sufrimiento, sobre cuyo peso la humanidad gime y llora.

             Los hombres que se juzgan sabios y poderosos continúan proyectando más guerras, muertes, miserias y desgracias... más derramamiento de sangre, en cuyo mar ahogan a los pueblos –pueblos éstos que, al contrario, ellos tenían la obligación de ayudar a vivir y a salvarse.

            Y todo eso, ¿para qué? Para arrastrar y perder a la humanidad en las olas del odio, de la ambición, de la venganza, de la inmoralidad... y perderse ellos mismos.  Sí, ¡porque también ellos no tardarán en descender a las cenizas del sepulcro! ¿Dónde están hoy sus antepasados que lucharon y vivieron de igual modo? De muchos de ellos se ignora hasta el modo como acabaron en este mundo. Y en la eternidad, ¿dónde estarán sus almas?

            Sin duda, los cuerpos volverán a la tierra de donde fueron sacados porque así está escrito:“(...) Ya que polvo eres y al polvo volverás” (Gen. 3, 19). ¿Y las almas que temporalmente dieron vida a esos cuerpos? Ésas volverán también hacia el ser de donde vinieron, el Ser eterno, que es Dios. En efecto, el alma fue creada por Dios, de naturaleza espiritual, a semejanza de Dios: “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le insufló por la nariz un soplo de vida, y el hombre se transformó en un ser vivo” (Gen. 2, 7). Fue este soplo creador, salido de los labios de Dios, el que dio el ser a nuestra alma creada, a semejanza del Dios inmortal.

             Desde que Adán pecó transgrediendo las órdenes de Dios, todos sus descendientes incurrieron en la pena de muerte corporal. Nuestra alma, sin embargo, continúa viviendo, vuelta hacia Dios, si se encuentra en estado de gracia; si, por el contrario, está en pecado, este mismo pecado la aparta de Dios y arrastra para el eterno suplicio.

            Y, cuando llegue el día de la resurrección general, todos resucitaremos para unirnos de nuevo a nuestra propia alma e ir a participar en el mismo destino eterno, que, juntamente con el cuerpo, ella mereció: o felices eternamente con Dios o infelices en el etemo suplicio.  Así nos lo dio a conocer Jesús, hablando de la obra que el Padre le confiara hacer como Hijo del Hombre:“No os maravilléis de esto, porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que practicaron el mal, para la resurrección del juicio” (Jn. 5,28-29).

             Siendo así, aquello que nos importa por encima de todo es conseguir una vida etema que sea feliz, porque, en tanto que la vida terrena es transitoria, aquélla no tiene cambio ni fin. Y pregunta: ¿Y cómo hacer? Ved estas palabras del apóstol san Pablo: “El primer hombre, sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre [el autor piensa en el Hijo de Dios que se encamó y se hizo hombre] es del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celestial, así son los celestiales. Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial» (1 Cor. 15, 47-49). Esta imagen celestial de que nos habla el apóstol y que debemos procurar reproducir en nosotros es Jesucristo; reproducirlo en nosotros por la fe y por la caridad, para que, en el día de nuestra partida para la eternidad, el Padre encuentre en nosotros los trazos de la fisonomía de Cristo y nos reciba como hijos en su reino, y para que en la resurrección nuestro cuerpo participe en la felicidad del espíritu.

             Poco después, en la misma carta, y a propósito del último día de la humanidad, san Pablo dice: “Mirad, os declaro un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados; en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta final; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Cor. 15, 51-52).  Ahora precisamos conseguir que esta transformación se opere en nosotros, en la dirección de la gracia de Dios, que misericordiosamente nos ha de ser conseguida en atención a los esfuerzos de nuestra humilde fidelidad, y no en el sentido de la desgracia del pecado en que hayamos incurrido. No pensemos que todo esto es una utopía; es realidad comprobada; y si la incredulidad nos lleva a tal error, estamos perdidos. ¡La verdad no deja de existir sólo porque los incrédulos la nieguen! Lo que era verdad ayer y hoy lo es, ha de serlo mañana, porque:“Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos” (Heb. 13, 8).

             Todo esto nos muestra la gran necesidad que tenemos de hacer oración, de aproximarnos a Dios por la oración. Y por la oración se obtiene el perdón de los propios pecados, la fuerza de la gracia para resistir las tentaciones del mundo, del Demonio y de la carne. Somos muy flacos, sin esa fuerza, no conseguimos vencer. Por eso, Jesús recomendó a sus apóstoles:“Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt. 26,41).

              Es por el mismo motivo que el mensaje nos renueva esta recomendación del Señor:“Orad, ¡orad mucho!” Este llamamiento es la repetición de la llamada a la oración que tantas veces nos fue dirigida por Dios y que Jesucristo dejó a sus apóstoles y a nosotros también en los últimos momentos de su vida terrena:“Vigilad y orad”.

             En varios pasajes del texto sagrado, encontramos que Jesucristo nos da ejemplo y recomienda la oración; y no solo nos la recomienda, sino que nos enseña a rezar, como, por ejemplo, en esta página de San Lucas:“Y sucedió que cuando hacia oración en cierto lugar, al terminarla, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les respondió:«Cuando oréis, decid:

             ‘Padre, Santificado sea tu Nombre, venga tu Reino’»” (Lc. 11, 1-2).  Y fue así que de sus labios aprendimos el padrenuestro, la más bella de nuestras oraciones que dirigimos a Dios y en la cual Jesucristo nos enseña a dar a Dios el dulce nombre de Padre.

            Este nombre nos revela el misterio de la paternidad divina y nos confirma en la verdad de que todos somos hijos del mismo Dios; esta verdad, confirmada por Jesucristo, de que Dios es nuestro padre, nos llena de confianza y nos fortalece en el amor, porque ¿quién jamás nos amó como Dios?  Por eso, nuestra oración debe ser el encuentro del amor del hijo que va a fundirse en el corazón del Padre, y es el amor del Padre el que se inclina hacia el Hijo, escucha las palabras del Hijo, oye sus ruegos, sus alabanzas, sus agradecimientos y atiende sus peticiones.

     Hay muchas maneras de hacer oración, o de encontrarnos con Dios en la oración. ¿Cuál es la mejor? La mejor para cada persona es aquella que más ayuda a encontrar a Dios y a mantenerse en contacto íntimo con Él, corazón a corazón, palpitando de amor por el Padre, con el corazón de Jesucristo, asumiendo los mismos anhelos y sentimientos de Jesucristo, haciéndonos uno con Cristo, como Él lo deseó y pidió al Padre: “Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. (…)

            No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. (Jn. 17, 11; 20-23).

            Por esa sublime oración de Cristo, vemos cuáles son los planes de Dios respecto a nosotros: seremos uno con Él por nuestra unión con Cristo:“(…) como tú, Padre en mí, y Yo en Ti, que así ellos estén en nosotros”. Pero esta unión con Dios no se puede conseguir sino por medio de la oración, y ahí nos encontramos con Dios, y es en ese momento cuando Él nos comunica Su gracia, Sus dones, Su amor y Su perdón.

            Vemos que Jesucristo en su oración rogó también por nosotros:“No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra”.  Y nosotros tenemos la felicidad de ser del número de aquellos que, por la palabra de los apóstoles que nos fue transmitida por sus sucesores, creen en el Señor; porque Cristo también rogó al Padre por nosotros. Me siento tan feliz cuando pienso que Él me tenía presente en esta oración, que pensó en mí y me presentó al Padre como hija de su amor.

             Pensó en mí, pensó en vosotros, pensó en la multitud innumerable de sus hermanos. Y nuestra oración, para ser animada de los mismos anhelos y sentimientos de Jesucristo, debe unirse a su oración por todos aquellos que en Él han de creer y salvarse por sus méritos.

     Volviendo a las maneras de rezar… Nuestra oración puede ser predominantemente oral, esto es, dirigida a Dios con palabras, sea que broten espontáneas de nuestro corazón, sea urtilizando fórmulas ya compuestas como el padrenuestro, el avemaría, el gloria al Padre, el credo y muchas otras que se rezan en la Sagrada Liturgia.

            Esta es la manera de orar más corriente y también la más accesible al común de los fieles y goza de la recomendación de Jesucristo:“Vosotros, pues, orad así: «Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Pérdonanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal»”. (Mt. 6, 9-13). Ésta es la fórmula de oración vocal más sublime porque nos fue enseñada por el propio Hijo de Dios. Debemos por eso rezarla con redoblada devoción, confianza, humildad y amor.  Hay después otra forma de oración que debemos ofrecer a Dios: es la oración de nuestro trabajo, del desempeño de todos nuestros deberes de estado, con espíritu de humilde sumisión a Dios, porque fue Él quien nos impuso la ley del trabajo. Debemos hacerla con amor y con fidelidad para con Dios y para con el prójimo; así, nuestras ocupaciones de cada día, en apariencia tal vez insignificantes, ofrecidas a Dios, serán una oración de alabanza, de agradecimiento, penitencia y súplica. Como lo fue la de Tobías, como declaró el ángel:“Cuando orábais tú y tu nuera, Sara, yo presentaba ante el Santo vuestras oraciones. Cuando enterrabas a los muertos, también yo te asistía. Cuando sin pereza te levantabas y dejabas de comer para ir a sepultarlos, no se me ocultaba esa buena obra, antes contigo estaba yo” (Tob. 12, 12-13).

            Este pasaje de la Sagrada Escritura nos dice cómo debemos emplear el tiempo que Dios nos quiera dar de vida: una parte ha de ser dedicada a la oración, otra al desempeño de los deberes de nuestro estado y una tercera destinada al bien del prójimo por amor de Dios. El día tiene veinticuatro horas; no hacemos nada de más si reservamos algunos momentos para encontrarnos con Dios.

             En el desempeño de nuestros deberes hemos de procurar darnos cuenta de la presencia de Dios, pensar que Dios y nuestro ángel de la guarda están cerca de nosotros y ven lo que hacemos y la intención con que obramos. Debemos, por eso, santificar nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestro alimento, nuestras diversiones honestas como si fuesen una permanente oración.  Sabiendo nosotros que Dios está presente, basta con acordarnos de Él y de vez en cuando dirigirle alguna palabra de amor,“¡Te amo, Señor!”; que sea de agradecimiento,“gracias, Señor, por todos tus beneficios”; que sea de súplica,“Señor, ayúdame a serte fiel, perdona mis pecados, mis ingratitudes, mis frialdades, mis incomprensiones, mis deslices”; que sea de alabanza, “Te bendigo, Señor, por tu grandeza, por tu bondad, por tu sabiduría, por tu poder, por tu misericordia, por tu justicia, por tu amor”.   Este trato íntimo y familiar con Dios transforma nuestros trabajos y ocupaciones diarias en una verdadera y permanente vida de oración, nos vuelve más agradables a Dios y atrae sobre nosotros gracias y beneficios de especial predilección.

            Y no podemos decir que para una oración así no disponemos de tiempo, pues es el propio tiempo que empleamos para nuestros quehaceres. Como hace la esposa que trabaja al lado de su marido y con él mantiene charla íntima y serena: le dice el gran aprecio de todos por su obrar a favor de la familia, alaba su ciencia y sus conocimientos, lo anima en sus trabajos, le pide auxilio y consejo, le comunica sus preocupaciones y deseos. Como hacen los hijos que tratan todo con su padre, le comunican todo y todo lo esperan de él. Como la madre que está cuidando de sus hijos y siempre tiene alguna cosa que decirles, aunque por pequeños o irreflexivos, no puedan comprenderla. A nosotros, sin embargo, Dios siempre nos comprende, siempre nos ve y nos oye.

             Existe también la oración mental, que vulgarmente se conoce por meditación. Consiste en ponernos delante de Dios a reflexionar sobre alguno de los misterios revelados, algún pasaje de la vida del Señor, algún punto de la doctrina, sobre la Ley de Dios, o aun sobre alguna de las virtudes que encontramos en Jesucristo, en nuestra Señora o en los santos para nuestro ejemplo.

            Esta oración es muy provechosa si la hacemos bien. Para eso, es preciso tratar con Dios del asunto que se medita; mirar para nosotros mismos a fin de ver lo que aún nos falta, crecer en la virtud correspondiente al tema que estamos meditando, como, por ejemplo, el aumento de la fe, de la humildad, de la caridad o del espíritu de sacrificio para vencer nuestras repugnancias y dificultades, nuestros caprichos y defectos, nuestras tentaciones. Y todo eso hecho en una charla íntima con el Señor: tratar todo con Él, seguros de que es Él quien nos ha de dar luz, gracia y fuerza, para permanecer fieles hasta el fin y realizar el ideal de vida sobrenatural que nosotros proponemos y que Dios quiere esperar de nosotros.

            Existe después la oración que habitualmente se denomina contemplación. Consiste en un trato de mayor intimidad con Dios; la persona se compenetra más intensamente en la presencia de Dios en sí misma y se entrega más íntimamente a la acción de la gracia de la luz y del amor de Dios en ella. Envuelta en una atmósfera sobrenatural, el alma se deja embeber, elevar y transformar por la acción de Dios, que la purifica y absorbe; es absorbida, purificada, transformada y elevada por una acción divina que ella siente, pero no sabe cómo. Dios puede ciertamente conceder esta gracia a una persona sin que haya algún esfuerzo de parte de ella, pero, ordinariamente, el Señor espera que se llegue aquí recorriendo con fidelidad el camino de la oración vocal y mental, porque es por este camino por el cual el alma se purifica y se desprende de las cosas de la tierra para entregarse solamente a Dios.

             Son pocas, muy pocas, las almas que llegan aquí, porque son pocas, muy pocas las que se desprenden totalmente del materialismo de la vida, de las ambiciones nacidas del amor propio, de los celos, del orgullo y de las honras. Y sé bien que estas cosas pueden no llegar a ser pecado, pero atrapan al alma en el polvo de la tierra y le impiden elevarse hasta las regiones más altas de lo sobrenatural.

            Así, no llegarán nunca a saborear las íntimas delicias del amor divino, porque Dios sólo las consigue comunicar al alma cuando la encuentra ansiosa de recibir sus gracias, disponible para oír su voz y seguir sus caminos.No existe nada en la tierra que se pueda comparar con la felicidad que experimenta la persona en esta íntima unión con Dios. Desgraciadamente no sabemos apreciar esos dones, estimar esa riqueza ni sabemos vivir esa dádiva. También para eso es preciso que el Señor nos conceda una gracia especial, que no nos merecemos, pero que Él nos concede por misericordia y por el gran amor que nos tiene.

            Concluyendo, la oración es necesaria a todos, y todos nosotros debemos hacer oración, sea vocal, sea mental, sea de contemplación.

            Jesucristo, además de recomendarnos la oración, nos dejó grandes ejemplos de vida de oración. Así, Él –nos narra el Evangelio de san Lucas–, para probar la necesidad que todos tenemos de orar siempre y sin desfallecimiento, contó la parábola del juez inicuo. Luego a continuación tenemos la parábola del fariseo y el publicano en el templo: Mientras el fariseo se enorgullecía de sus buenas obras, el publicano hacía humildemente su oración, pidiendo a Dios perdón: “Oh, Dios, ten compasión de mí que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado”(Lc. 18, 13-14). Porque todos somos pecadores, todos tenemos necesidad de orar con humildad y perseverancia.

             En esto mismo, el divino Salvador nos dio ejemplo, porque tomó sobre sí nuestros pecados y quiso hacer oración por nosotros. Fue así como, antes de iniciar su vida pública, pasó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto para orar y ayunar, para hacer penitencia por nosotros.  Quiso Él de este modo no sólo darnos ejemplo, sino también ofrecer al Padre una reparación digna por nuestros pecados y volver fructuoso su apostolado, preparándose para el mismo con la fuerza de la oración y de la penitencia.

             La Sagrada Escritura dice que Jesús iba con frecuencia al templo y a las sinagogas para tomar parte en la oración colectiva del pueblo de Dios. En una de estas ocasiones, al ver a los vendedores en el templo de Jerusalén, quedó indignado por causa de la profanación y los expulsó de allí hacia fuera, diciendo:“Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo una cueva de ladrones”. Por cierto, lo que se dice aquí del templo de Jerusalén vale igualmente para nuestros templos, que son consagrados a Dios para ser casa de oración. Los santuarios, las iglesias y las capillas de las parroquias, de los seminarios, de las casas religiosas deben ser casas de oración, donde el pueblo de Dios se reúne en torno a Cristo, para, en unión con Cristo, dirigir al Padre sus alabanzas, agradecimientos y súplicas, para, en unión con Cristo, ofrecer al Padre sus trabajos y sufrimientos, su cruz de cada día y su sacrificio para la salvación de sus hermanos.

             Nuestros templos deben ser respetados, porque son casas de Dios; Cristo, Dios y Hombre verdadero, está allí presente, en el sagrario, a disposición de su pueblo, para encontrarse con Él, dialogar con Él, ayudarlo, alimentarlo:“Yo soy el pan de vida. (…) Éste es el pan que baja del Cielo, para que si alguien come de él no muera” (Jn. 6, 48-51).

            Las iglesias son la casa de nuestro Padre del Cielo. Así como los hijos se reúnen a la llegada del padre para escuchar sus palabras, oír sus enseñanzas y seguir sus directrices, también se reúne el Pueblo de Dios en la casa de su Padre, a la llegada de Cristo, para escuchar su palabra, exponerle sus necesidades, recibir sus favores y cantarle sus alabanzas.

             Estoy hablándoos de oración colectiva en la cual todos debemos tomar parte. Vamos a la iglesia para orar, para unir en coro nuestra oración a la de nuestros hermanos, y así sucede cuando allí nos reunimos para la celebración de la Eucaristía, para la adoración del Santísimo, para el rezo del rosario y para otras devociones comunitarias.

             Hay después la oración particular de cada uno, que no debemos descuidar. Todos los hijos tienen momentos en que procuran encontrarse solos con su padre, para en particular exponerle sus problemas, pedirle sus consejos y auxilios. Como Dios es nuestro verdadero Padre, debemos, por eso, procurar encontrarnos con Él a solas, para dirigirle nuestras súplicas, nuestros agradecimientos, nuestras expresiones de fidelidad y amor, para exponer nuestras dificultades, recibir su auxilio, sus consejos, su luz, gracia y consuelo.

            Es en esta oración, vivida en diálogo íntimo con Cristo, en la que debemos prepararnos para el desempeño de la misión que Dios nos quisiera confiar, porque es en este encuentro en el que Dios nos comunica la luz, la fuerza y la gracia, con los dones del Espíritu Santo. Sólo así podremos ser apóstoles cerca de nuestros hermanos y transmisores de la palabra de Cristo.

             Pero, además de estos templos construidos por las manos de los hombres, tenemos otros templos, no menos reales, donde debemos orar y ofrecer a Dios nuestros sacrificios: es nuestra alma, nuestro corazón, nuestra conciencia. ¡Ahí está Dios! ¡Ahí habita la Santísima Trinidad!  Si nos encontramos en estado de gracia somos templos de Dios:“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. 14, 23).

             Estamos ante el misterio de la inhabitación de Dios en nosotros, que se verifica no sólo por la presencia real de Jesucristo, cuando le recibimos en la Sagrada Comunión, bajo las especies consagradas del pan y del vino, donde Él está presente y se nos da con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, tan vivo y real como está en el Cielo, descendiendo a nuestra alma, identificándose con nosotros por una unión de completa donación; sino que también se verifica por la presencia real de las tres Personas Divinas, que transforma nuestra alma en templo vivo y permanente de su morada, salvo que por el pecado nos volvamos indignos de su divina presencia.

             Así nos lo dice el apóstol san Pablo: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo” (1 Cor. 3, 16-17). El apóstol llama aquí nuestra atención sobre los que por el pecado profanan el templo de Dios, que es la propia alma, volviéndose así indignos de la presencia divina en ellos. Nosotros tenemos la obligación de ser santos, esto es, de no ofender a Dios con el pecado, transgrediendo su ley en materia grave y hasta igualmente en materia leve, advertida y voluntariamente.

            Un poco más adelante, en la misma carta de san Pablo, se lee:“La comida para el vientre, y el vientre para la comida. Pero Dios destruirá lo uno y lo otro. Por otra parte, el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? [...] El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Huid de la fornicación. [...] ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor . 6, 13-20). Tal vez no nos hayamos dado cuenta bien del inestimable tesoro que traemos en nosotros, por eso, ¡tantas veces vivimos tan descuidados!

            En nosotros, la fe está adormecida, por lo que su luz deja de resplandecer sobre nuestros pasos, y así nuestra vida queda sin fuerza, nuestra oración sin fervor y nuestra unión íntima con Dios acaba olvidada y apagada.  Para corresponder a este llamamiento a la oración que Dios nos dirige por medio del mensaje, es preciso intensificar la vida de fe en nosotros, para que ella nos conduzca a la medida de renuncia precisa para no ofender a Dios y mantenernos en Su gracia.

            Sabemos bien que somos flacos de voluntad y que necesitamos de fuerza, de gracia para conseguir vencer las tentaciones que nos asaltan, los peligros que nos cercan y las tendencias que nos inclinan al mal. Por eso, Jesucristo nos enseñó a pedir al Padre:“No nos dejes caer en tentación [...]” (Mt. 6, 13).

            Y, como Jesucristo nos dice, sin Él nada podemos hacer de bueno (Jn. 15, 5), tomemos como fuerza la oración, por medio de la cual Dios nos concederá la gracia precisa para comprender sus mandamientos, saber cumplirlos y merecer así el auxilio de su amor paternal:“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. [...] Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan?” (Mt. 7, 7-11).  Ésta es la promesa que nos inspira la confianza en la oración y nos certifica su eficacia.

 

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA escrito por Sor Lucía)

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