33 Días Hacia un Glorioso Amanecer

Día 29

ÚLTIMOS CINCO DÍAS

Síntesis y Repaso

Durante cuatro semanas hemos reflexionado sobre la esencia de la consagración mariana — y hemos cubierto mucho terreno. Si bien nuestro programa diario de reflexión sobre el texto nos ha ayudado a asimilar parte de la información, podemos profundizar aún más. Para hacerlo, necesitamos algo de María, lo que el Papa Juan Pablo llama su “capacidad sapiencial de recordar y abarcar con una mirada de fe”. Podemos desarrollar esta “capacidad sapiencial” continuando con lo que hemos hecho desde el principio, es decir, contemplar con el corazón (ver Lucas 2:19), pero ahora con un enfoque más refinado. Para darnos este enfoque más refinado, he escogido tres palabras que resumen la enseñanza de cada semana del retiro. Así que, durante los próximos cuatro días, nos detendremos sobre tres palabras cada día, reflexionando su significado para la consagración mariana. Confío en que si nos dedicamos a este acto más refinado de reflexión, podremos abrazar la verdad de la consagración mariana “con una mirada de fe”. Después de estos cuatro días de repaso, encontraremos una síntesis de lo que hemos aprendido en una sola fórmula de consagración, que intenta encerrar en sí la esencia de la consagración mariana.

Día 29
San Luis de Montfort

Tres palabras resumen lo que aprendimos sobre San Luis de Montfort: (1) Pasión, (2) Bautismo y (3) Regalo. Reflexionemos sobre cada una, por turno.

PASIÓN
Recuerda que San Luis heredó el temperamento fuerte de su padre. Esto podría haberle llevado hacia el desastre, pero Luis se consagró a Jesús a través de María. Permitió que María se hiciera cargo de su vida y que hiciera con él según su voluntad. ¿Y qué hizo María con él? Lo inflamó. Convirtió su impuro enojo en un resplandeciente fuego santo. Actuó con su esposo, el Espíritu Santo, para llenar a Luis de pasión y celo por Cristo, y él procedió a encender a toda Bretaña con el amor por Jesús, la Sabiduría encarnada — y no solamente a Bretaña. Las inspiradoras enseñanzas de San Luis ardieron a lo largo de los siglos, inflamando a los santos, a los papas e incluso a pobres pecadores con un ardiente amor a Dios. Podemos no haber nacido con el exaltado temperamento de San Luis, pero no nos vendría mal un poco de su espíritu fervoroso. Nos vendría bien a todos una mayor efusión del Espíritu Santo, que aliente las almas y las llene con el santo fuego. ¿Cómo invitamos este fuego? ¿Cómo lo invocamos? Imitando el ejemplo de San Luis acudiendo a María, dependiendo de María y estando con María. Pues, como Luis mismo dice, cuando el Espíritu Santo, el esposo de María, encuentra una alma unida a María, “vuela allí, entra en ella de lleno, se comunica abundantemente con esa alma”. El Espíritu Santo quiere hacer maravillas incluso hoy en día. Quiere gestar nuevos santos, grandes santos. Entonces ¿por qué lo hace raras veces? Según de Montfort, es porque raras veces nos encuentra en una unión suficientemente estrecha con María. En esta recta final que lleva al Día de Consagración, avancemos con gran fervor para entregarnos completamente a María y para permitir que el Espíritu Santo venga a nosotros y nos colme de pasión y fuego sagrados.

BAUTISMO
San Luis coloca su devoción a María directamente dentro del misterio de Cristo. El mejor ejemplo de esto es cómo da comienzo a su fórmula de consagración con una renovación de las promesas bautismales; pues el Bautismo tiene todo que ver con Cristo. En el Bautismo, somos transformados en los miembros del Cuerpo de Cristo, somos hechos en “otros Cristos”. El Bautismo también tiene que ver con el Espíritu Santo. Lo digo porque fue el Espíritu Santo quien primero formó a Cristo, y es el Espíritu Santo quien sigue formando a otros Cristos — los miembros del Cuerpo de Cristo — en cada bautismo. Ahora bien, ¿de quién se vale el Espíritu Santo para formar a Cristo? Se vale de María, si bien no tiene ninguna necesidad de ella. Entonces, por ejemplo, se valió de María en la Anunciación, la cual condujo al nacimiento de Jesucristo, nuestro Salvador. Se valió de María justo antes de Pentecostés, que condujo al nacimiento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Se vale de María en cada bautismo, que da a luz a “otros Cristos”, los miembros de su Cuerpo. ¡El Espíritu Santo siempre se vale de María para dar a luz a Cristo! Y en cuanto encuentra una alma unida a María, “tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo”. Por lo tanto, es apropiado que de Montfort nos invite a renovar nuestras promesas bautismales dentro del contexto de una entrega a María. Pues es su trabajo, junto con el Espíritu Santo, el llevar la gracia del Bautismo a término. El Bautismo no es el fin; es un comienzo maravilloso, un amanecer gloriosamente nuevo. Sí, nos transforma, haciéndonos miembros del Cuerpo de Cristo — pero hay más trabajo por hacer. El Bautismo es una realidad ya hecha pero todavía no finalizada. Nos incorpora ya a Cristo (como un miembro de su Cuerpo) pero sin que estemos totalmente formados en Cristo. Después del Bautismo, aún tenemos que crecer en Cristo, y es el trabajo de María supervisar y cultivar este crecimiento, con el Espíritu. Por tanto, no hay riesgo de que la devoción monfortiana a María “nos separe de Cristo”. La meta total de María es conducirnos a Cristo y llevarnos hasta el punto en que podamos decir con San Pablo: “ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál. 2:20).
Todo el objetivo de la verdadera devoción a María es nuestra continua transformación post-bautismal en Cristo.

REGALO

Con que tengamos tan sólo el valor de entregarnos completamente a María, experimentaremos la consagración mariana como un increíble regalo. Es más, cuanto más nos entreguemos a ella, más experimentaremos la grandeza de este regalo. Nosotros damos y ella nos regresa infinitamente más. Le damos nuestras naturalezas pecaminosas, y nos ofrece su Inmaculado Corazón. Le damos nuestros exiguos méritos, y no sólo los aumenta y los purifica con su amor perfecto, sino que nos da sus méritos y gracias infinitamente más grandes. Nos vaciamos después de haberle ofrecido todo y ella nos llena con el Espíritu de Dios. Cuida a nuestros familiares, amigos y seres amados en nuestro nombre — aun mejor de lo que nosotros podemos hacerlo. Anticipa nuestras necesidades y pone en orden cada detalle de nuestra vida para la mayor gloria de Dios. Con ella el camino hacia la santidad es un camino “de rosas y miel” en comparación con emprenderlo sin estar consagrado a ella. Ciertamente, ella incluso convierte nuestras cruces y sufrimientos en algo dulce. Además, nos protege contra la tentación y los ataques del diablo. Pertenecer completamente a María es la vía más rápida, fácil y segura hacia Jesús. Si nos diéramos cuenta del gran regalo que es la consagración a Jesús a través de María, casi nunca dejaríamos de sonreír y alabar a Dios por habérnoslo concedido.

ORACIÓN DEL DÍA::
“Dedica el día a reflexionar sobre la enseñanza mariana de San Luis de Montfort tal como se resume en estas tres palabras:
Pasión, Bautismo y Regalo”.

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