DÍA 6

¿Deberíamos entregar todo a María?
(Segunda Parte)

Bien, ayer consideramos cómo, al consagrarnos completamente a María, cedemos el derecho de distribuir la gracia de nuestras oraciones y méritos entre los demás. Pero vimos que, al final, todo resulta aún mejor. Hoy nos enfocamos sobre nosotros mismos. ¿No es una locura dar a María todo el valor de nuestras acciones y oraciones y así presentarnos ante Dios con manos vacías? No, no es una locura. Recuerda que María no se deja ganar en generosidad. Si le damos todos nuestros méritos, ella nos regalará todos los suyos. Y eso es algo grandioso. Una vez leí un relato sobre una santa en la tierra que tuvo una visión del cielo. En su visión vio a los santos celestiales y sus diferentes grados de gloria. Le asombró que algunos santos hubieran llegado a un nivel de gloria tan alto como para estar adorando a Dios con los Serafines, el coro más alto de los ángeles. En otra ocasión leí un pasaje del Diario de Santa Faustina en el cual Faustina tuvo una visión similar del cielo. Relató que si llegáramos a ver las diferencias entre los grados de gloria en el cielo sufriríamos voluntariamente cualquier cosa en la tierra sólo para avanzar un grado más.

Después de leer estos testimonios me digo: “No sólo quiero ir al cielo; quiero alcanzar el grado de gloría más alto que pueda”. Hay para nosotros un modo sencillo de hacerlo: damos todo a María. No dependemos de nuestros propios méritos sino de los de ella. San Luis explica:

“La Santísima Virgen…que en amor, y liberalidad no se deja nunca vencer por nadie, al ver que se da uno enteramente a Ella…se da también toda entera y de una manera inefable a quien le hace entrega de todo: le hace anegarse en el abismo de sus gracias, lo adorna con sus méritos, lo apoya con su poder, lo esclarece con su luz, lo rodea con su amor, le comunica sus virtudes, su humildad, su fe, su pureza, etc…. En fin, como tal persona está consagrada a María, también María se consagra toda a ella.”

Ahora, no obstante estas palabras consoladoras, puede que uno siga preocupado y diga: “¡Muy bien! Estoy absolutamente de acuerdo con tener un alto grado de gloria en el cielo. Pero lo que me preocupa es el purgatorio. Tengo miedo de que si ofrezco todos mis méritos, incluso a María, tendré entonces que sufrir en el purgatorio por mucho tiempo”. San Luis responde así:

“Esta objeción, que procede del amor propio y de la ignorancia de la liberalidad de Dios y de su Santísima Madre, se destruye por sí misma; un alma ferviente y generosa que toma con más empeño los intereses de Dios que los suyos propios, que da a Dios todo lo que tiene, sin reserva, hasta donde puede, que no aspira más que al reino de Jesucristo por su Santísima Madre, y que por obtenerlo se sacrifica enteramente y en todo, esta alma generosa, repito, ¿será castigada en el otro mundo por haber sido más liberal y más desinteresada que las demás? Al contrario: precisamente para con esta alma, como veremos a continuación, serán Nuestro Señor y la Virgen Santísima liberalísimos en este mundo y en el otro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria.

Bueno, esto lo resuelve — y con una suave reprimenda para coronarlo. San Luis repite este punto importante: ¡María no se deja vencer en generosidad! Si somos especialmente generosos con ella, así de generosa será ella con nosotros. Y nos añade San Luis otra cosa importante: la suave reprimenda. Dice que este tipo de preocupaciones viene del amor propio. Entonces sí, debemos poner la mira en lo alto. Sí, debemos tener una santa ambición y querer llegar a las más altas cumbres de la santidad. Pero nuestro motivo no debe ser el amor propio, sino el deseo de complacer a Dios y glorificarlo. No olvidemos este punto importante cuando mañana leamos sobre algunos de los beneficios maravillosos de estar consagrado a María.

ORACIÓN DEL DÍA:

“Ven, Espíritu Santo, que habitas en María.
Ayúdame a glorificar a Dios, dándole a María todo lo que tengo”.