Hacia un Glorioso Amanecer Día 26

Día 26

Retiro de María
(Tercer Día)

Ayer, en la fiesta de las bodas de Caná, vimos un ejemplo glorioso de la mediación maternal de María. Después de este evento, de seguro María reflexionó profundamente y descubrió mucho sobre su mediación maternal. Pero Caná no fue la parte más importante de su preparación. El “momento cumbre” de su preparación — es más, su plena realización — llegó en el Calvario. En el Calvario, María sufre con Cristo. A través de la fe “está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento”. A través de la fe ella comparte en todo el “desconcertante misterio” del don de sí mismo por amor a nosotros. A través de la fe “la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora”.
Antes de Su muerte, Jesús tiene una lección más para su discípula perfecta que lo ha seguido a la Cruz y ha aceptado sufrir con Él. Viéndola al pie de la Cruz junto al discípulo amado, Juan, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dice a Juan: “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19:26-27). Con estas palabras, María “es entregada al hombre — a cada uno y a todos — como madre”. Según Juan Pablo, esta “nueva maternidad de María” es el “ fruto del ‘nuevo’ amor , que maduró en ella definitivamente junto a la Cruz, por medio de su participación en el amor redentor del Hijo”. Este “nuevo amor”, dice Juan Pablo, realmente provoca una “transformación” de la maternidad de María de modo que ella arda aún más en amor por todos aquellos por quienes Jesús sufrió y murió. Esta idea de que María, al pie de la Cruz, recibió un nuevo amor ardiente por almas puede recordarnos la profundidad con que Madre Teresa comprendió a María. Recuerda que, para Teresa, María es la que tomó más seriamente que nadie las palabras de Jesús “Tengo sed” y ayuda a los demás a tomarlas muy seriamente también. De todas maneras, Juan Pablo reflexiona más sobre la transformación amorosa de María:

“Hasta los pies de la Cruz se ha realizado… su cooperación materna en toda la misión del Salvador mediante sus acciones y sufrimientos. A través de esta colaboración en la obra del Hijo Redentor, la maternidad misma de María conocía una transformación singular, colmándose cada vez más de “ardiente caridad” hacia todos aquellos a quienes estaba dirigida la misión de Cristo. Por medio de esta “ardiente caridad”, orientada a realizar en unión con Cristo la restauración de la “vida sobrenatural de las almas”, María entraba de manera muy personal en la única mediación “entre Dios y los hombres”, que es la mediación del hombre Cristo Jesús”.

En el Calvario, la preparación de María concluye. Ha recibido los dones completos de su maternidad espiritual y mediación universales, que constituyen una cooperación única en la obra redentora de Cristo y una participación en su mediación. Después de la muerte de Jesús en la Cruz, no escuchamos sobre María ejerciendo su nueva maternidad hasta el día antes de Pentecostés, cuando los apóstoles, “juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos” (He. 1:14), se dedican a la oración en el Cenáculo. Juan Pablo comenta: “Vemos a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la anunciación”. Procede a señalar que María es la “presencia discreta, pero esencial” que indica el camino del “nacer del Espíritu Santo” primero en la Anunciación y ahora en el nacimiento de la Iglesia. La nueva maternidad espiritual de María está profundamente relacionada con la Iglesia, pues “con materno amor coopera a la generación y educación” de los hijos e hijas de la madre Iglesia”. Este nacimiento y desarrollo tienen su fuente en la vida sacramental de la Iglesia, donde la mediación maternal de María está particularmente presente. Por ejemplo, María seguramente intercede y actúa con su Esposo, el
Espíritu Santo, cuando el Espíritu nos transforma en miembros del cuerpo de Cristo en el Bautismo. Es más, está presente de manera similar y participa activamente con su Esposo en la Misa; pues es en el sacrificio de la Misa “en el cual Cristo, su verdadero cuerpo nacido de María Virgen, se hace presente”. Debido a la centralidad de la Eucaristía en la fe y en la vida cristiana, María siempre se esfuerza por conducir a los fieles hacia ella.
Para cerrar esta reflexión de hoy, la cual concluye los tres días del “retiro de la maternidad espiritual de María”, debemos tener en cuenta algo importante: la nueva maternidad de María no se trata de una cosa vaga o abstracta. Es concreta y personal. Y aunque es universal, también es intensamente particular. María es tu madre. Es mi madre. En este sentido, Juan Pablo cree que es significativo que la nueva maternidad de María en el Calvario se exprese en el singular, “Ahí tienes a tu hijo” y no “Ahí tienes a miles de millones de hijos espirituales”. El Papa llega al corazón del asunto cuando dice: “Aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia”. En pocas palabras: María es única, particular y personalmente tu madre y mi madre, y no nos pierde entre la multitud.

ORACIÓN DEL DÍA:
“Ven, Espíritu Santo, que habitas en María.
Gracias por el don de mi amorosa Madre, María”.