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Os pido perdón

Inmediatamente después de la llamada de la caridad, el mensaje nos pide el perdón:  nos lleva a pedir a Dios el perdón para nuestros hermanos y para nosotros también; para los que no tienen fe y para los que creen, para los que no adoran y para los que se inclinan delante de Dios, para los que no esperan y para los que confían, para los que no aman y para los que practican la caridad.

            Es que todos tenemos necesidad de obtener el perdón de Dios: para nuestra poca fe, que tantas veces es flaca; para nuestra esperanza, que tantas veces queda adormecida; para nuestra caridad, que tantas veces es fría e insensible; y para nuestra adoración ¡que tantas veces es lánguida! Pedimos perdón por los que no creen, por los que no adoran, por los que no esperan y por los que no aman. ¡Y tantas veces nosotros formamos parte de ese número!

            Por eso, Jesucristo, en la llamada “oración dominical” nos enseñó a pedir “y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Como vemos, no podemos obtener de Dios el perdón, sin antes perdonar a nuestros hermanos; no podemos, por eso, guardar resentimiento, mala voluntad, aversión y, menos todavía, deseos de venganza por cualquier ofensa, por grande o pequeña que sea, que hayamos recibido de nuestro prójimo. Nuestro perdón ha de ser generoso, completo y sacrificado –esto, en el sentido de vencernos a nosotros mismos–. Será preciso hacer callar en nosotros mismos el grito de rebelión, calmar nervios exaltados, mantener firmes en la mano las redes del propio genio y golpear la ebullición del amor propio ofendido, que, con razón o tal vez sin ella, se siente magullado e irritado.

            Es precisamente en tales ocasiones cuando nos toca ofrecer el perdón al hermano que nos lo viene a pedir: “Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo, cuanto antes, con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil y te metan en la cárcel”(Mt. 5, 23-25).  Estas palabras de Jesús nos muestran que Dios quiere el perdón juntamente con la reconciliación y sólo así nuestra limosna, nuestra oración y nuestro sacrificio serán agradables a Dios y por Él aceptados. Es preciso que nuestro perdón sea generoso, sincero y desde lo íntimo del corazón, dando pruebas de este perdón para que, del mismo modo, Dios nos perdone a nosotros también. Ésta es la doctrina de nuestro divino maestro: “Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados”(Mt. 6, 14-15).  En vista de esto que Dios nos dice, nuestro perdón al prójimo es condición indispensable para conseguir el perdón de Dios. Por eso, el mensaje nos mandó pedir a Dios perdón para nuestros hermanos y para nosotros mismos.

Dios es misericordioso y está siempre dispuesto a perdonarnos, desde que ve en nosotros el arrepentimiento y la enmienda de vida; esto es, que vea que, arrepentidos, mudamos de vida, dejando el camino del pecado para seguir el camino de la gracia. A santa María Magdalena le dijo el Señor. “Tus pecados están perdonados. [...] Tu fe te ha salvado: vete en paz”.Y al fariseo, que albergaba serias reservas sobre la cualidad de aquella mujer, poniendo en duda la tolerancia y bondad que le era manifestada por Jesús, éste afirmó: “«Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama». Entonces le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Y los convidados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado: vete en paz»” (Lc. 7,47-50). El Señor vio en los ojos de Magdalena las lágrimas que bañaban su rostro; vio en sus cabellos y en el perfume con que lo ungió el desprendimiento de las vanidades de la tierra y el cambio de su vida; le vio en el corazón el dolor y el arrepentimiento con el propósito de enmienda... Por eso, le dice: “Mujer, tus pecados están perdonados”.

            Al ver a Cristo, Magdalena creyó en Él y le amó. Fue esta fe y este amor lo que le hicieron detestar el pecado, llorar y despreciar las vanidades del mundo, y mudar de vida. Y el Señor, de todo esto, se sintió agradecido, concluyendo: “Muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho. Tu fe te ha salvado; vete en paz.”Son la fe y el amor los que han de llevarnos a detestar a nuestros pecados, arrepintiéndonos de ellos cambiando de vida, para que Dios nos diga como a María Magdalena: “Tus pecados están perdonados.”

A la mujer adúltera. Jesús le dice: “«Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?»Ella respondió: «Ninguno, Señor».Díjole Jesús: «Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más»”(Jn 8, 10-11). El Señor vio en el corazón de esta mujer el arrepentimiento y el propósito de cambiar de vida; por eso, promete no condenarla y concederle el perdón, con la condición de no volver a pecar: “[...] vete y en adelante no peques más.”

  Es en este mismo sentido como se dirige a los judíos que se contentaban de parecer justos a los ojos de los demás sin preocuparse de si realmente lo estaban a los ojos de Dios, que a través de sus enviados no cesaba de llamarlos a sí por el arrepentimiento y mudanza de vida. Jesús les dice, pensando en todas las otras que, como aquella adúltera, se arrepientan, cambien de vida y hagan penitencia: “Las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios”(Mt. 21,31).

Es verdad que los judíos acostumbraban a ofrecer a Dios sacrificios por los propios pecados, inmolando animales que servían de víctimas, pero no comprendían el precepto de la caridad, sobre todo para con los pobres y los marginados, los huérfanos y las viudas, que muchas veces abandonaban sin socorro ni justicia, en tanto para ellos mismos invocaban del cielo justicia y socorro. Dios, sin embargo, les respondió: “Vuestra piedad es como nube de mañana, como rocío matutino, pasajero. [...] mis juicios fueron luz de aurora pues prefiero la misericordia al sacrificio, y el conocimiento de Dios al holocausto” (Os 6, 4-6). En verdad, ¿cómo puede agradar a Dios un sacrificio externo si no le ofrecemos el sacrificio interno de perdón concedido a nuestros hermanos? Porque muchas veces aquel acto de virtud no es bien comprendido. Jesucristo nos dice en el Evangelio: “Id y aprended qué sentido tiene: «Misericordia quiero y no sacrificio»”(Mt. 9, 13).  Esto sí que lo precisamos aprender: comprender bien lo que es la misericordia y el perdón a los demás, que debe brotar de nuestro corazón como fruto de amor que debemos a Dios y al prójimo, por amor de Dios, como brota el amor del corazón de Dios hacia nosotros.

Un día san Pedro preguntó a Jesús cuántas veces había de perdonar a su prójimo: “[...] ¿Hasta siete veces? El señor respondió: No te digo siete veces, sino setenta veces siete”(Mt 18, 21-22). Eso significa que debemos perdonar siempre.

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

 

 

 

 

 

 

 

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