Día 28

Entregarse a María
(Segunda Parte)

Volvamos a Fátima, donde empezamos esta semana — pero esta vez acompañemos al Santo Juan Pablo II. Exactamente un año después de recibir disparos en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo fue a Fátima “para agradecer que la misericordia de Dios y la protección de la Madre de Cristo” le hayan salvado la vida. En esa ocasión, dio una sentida homilía que constituye una rica fuente de la teología de la consagración y entrega a la Virgen María. La homilía completa y el Acto de Consagración son demasiado extensos para citarlos aquí. Por lo tanto, voy a resumirlos. Específicamente, extraeré de ellos la conexión que el Papa establece entre la consagración a María, la Divina Misericordia y la consagración redentora de Cristo. Empecemos con la conexión entre María y la Divina Misericordia. Antes de comenzar, algunas cosas acerca de la Divina Misericordia: (1) Según Juan Pablo, la Divina Misericordia es el límite impuesto por Dios a las fuerzas del mal, el amor de Dios frente a la cara de mal; (2) La Divina Misericordia está simbolizada por el costado traspasado de Cristo y la sangre y el agua que de allí brotaron; (3) una parte central de la devoción moderna a la Divina Misericordia es la Coronilla a la Divina Misericordia, la cual ofrece expiación e implora la misericordia por nuestros pecados y por los del mundo entero. A continuación, observa cómo estos tres aspectos de la Divina Misericordia son esenciales en la homilía más importante del Papa acerca de la consagración mariana. El contexto de la homilía consiste en “las amenazas casi apocalípticas, que pesan sobre las naciones y sobre la humanidad”. El Papa confiesa que esta maldad le causa “ansiedad” en el corazón. A pesar de esto, encuentra la esperanza en un amor “más fuerte que el mal” el cual “jamás algún ‘pecado del mundo’ podrá superar”. Identifica este Amor como “Amor misericordioso”. ¿El Amor misericordioso? ¿Qué tiene que ver con la consagración mariana? Todo. Tiene todo que ver con la consagración porque es María quien nos lleva a la fuente del Amor misericordioso. Es María quien nos lleva al amor que es más poderoso que las fuerzas del mal. En realidad, como dice Juan Pablo en su homilía, la consagración al Inmaculado Corazón significa “aproximarnos, mediante la intercesión de la Madre, de la propia Fuente de Vida, nacida en el Gólgota”. ¿Qué es esta Fuente de Vida? El Papa la identifica como la “Fuente de Misericordia”. Es el costado traspasado de Cristo de donde manaron la sangre y el agua como fuente de gracia y misericordia. Y es a través de esta herida en el Corazón de Cristo que “se realiza continuamente la reparación por los pecados del mundo”. Es más, a través de esta Fuente de Misericordia encontramos que “tal Manantial es sin cesar Fuente de vida nueva y de santidad”. A continuación el Papa explica que la consagración al Inmaculado Corazón de María significa “volver de nuevo junto a la Cruz del Hijo”. Significa llevar el mundo con todos sus problemas y sufrimientos al “Corazón traspasado del Salvador, reconduciéndolo a la propia fuente de Redención”. ¡Significa llevar el mundo, a través de María, a la Divina Misericordia! El poder de la Redención, el poder del Amor misericordioso, “es siempre mayor que el pecado del hombre y que ‘el pecado del mundo’” y “supera infinitamente toda especie de mal, que está en el hombre y en el mundo”. Ahora, María conoce mejor que nadie el poder de la Redención, el poder del Amor misericordioso. De hecho, Juan Pablo dice que ella “está consciente de eso, como ningún otro corazón en todo el cosmos, visible e invisible”. Por lo tanto, nos llama no sólo a la conversión sino también “a que nos dejemos auxiliar por ella, como Madre, para volvernos nuevamente a la fuente de la Redención”. De nuevo, la tarea de María es llevarnos a la Fuente de Misericordia, al costado traspasado de Cristo, a su Corazón Misericordioso. Fundamentalmente, consagrarse a María “significa recurrir a su auxilio y ofrecernos a nosotros mismos y ofrecer la humanidad” al infinitamente Santo Dios. Significa entregarnos a la que más estuvo unida a la consagración de Cristo: “¡Te saludamos a Ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo!”. Significa entregarnos a las oraciones de María: “¡Ayúdanos a vivir, con toda la verdad de la consagración a Cristo a favor de toda la familia humana, en el mundo contemporáneo!”. En otras palabras, consagrarnos a María significa contar con su intercesión maternal que nos ayuda a ofrecernos más completamente a Cristo en su propia consagración por nuestra redención. Después de ponerse a sí mismo y al mundo en las manos y en el corazón de María, después de entregarse a la que está totalmente unida a la consagración de Jesús, el Papa reza la parte central de su acto de consagración. Concluyamos contemplándolo profundamente en nuestros propios corazones:

“Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn. 3, 16). Precisamente este amor hizo que el Hijo de Dios se consagrara a Sí mismo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn. 17, 19). En virtud de esta consagración, los discípulos de todos los tiempos están llamados a entregarse por la salvación del mundo, a añadir algo a los sufrimientos de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. 2 Cor. 12, 15; Col. 1, 24). Ante Ti, Madre de Cristo, delante de tu Corazón Inmaculado, yo deseo en este día, juntamente con toda la Iglesia, unirme con nuestro Redentor en esta su consagración por el mundo y por los hombres la única que en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y procurar la reparación. ”

ORACIÓN DEL DÍA:
Ven, Espíritu Santo, que habitas en María.
Condúceme, en María, con María y por María, a la Fuente del Amor y la Misericordia.

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