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Dios quiso terminar su mensaje en Fátima en el mes de octubre de 1917 con tres apariciones que considero como tres llamadas puestas a nuestra consideración, a fin de que las tengamos presentes en nuestra peregrinación terrena.

            Mientras el pueblo contemplaba, atónito, el disco solar palidecido con la luz de la presencia de Dios, las humildes criaturas veían al lado del sol tres apariciones distintas y, para nosotros, muy significativas. No sé si los teólogos o pensadores de la Iglesia ya dieron a estas apariciones un sentido o significación especial; estoy segura de que ellos sabrán hacerlo, con términos más precisos y dictados por la doctrina sagrada. Aquí, lo hago simplemente para atender lo que me fue pedido y como soy capaz, en mi humilde ignorancia y pobreza. Así, voy a decir con simplicidad aquello que pienso que Dios quiso indicarnos con estas tres manifestaciones.

            La primera fue la aparición de la Sagrada Familia:Nuestra Señora y el Niño Jesús en los brazos de san José, bendiciendo al pueblo. En estos tiempos en que la familia, tantas veces, aparece mal comprendida en la forma en que fue constituida por Dios y se ve afectada por doctrinas erradas y opuestas a los fines para los que el Creador divino la instituyó, ¿no habrá Dios querido dirigirnos una llamada de atención hacia la finaldad con que Él quiso instituir en el mundo la familia?

            Dios confió a la familia una misión sagrada de cooperación con Él en la obra de la creación. Esta decisión de querer asociar a sus pobres criaturas a su obra creadora es una gran manifestación de la bondad paternal de Dios: es como hacerlas participantes de su poder creador, es querer servirse de sus hijos para la multiplicación de nuevas vidas, que florezcan en la tierra con destino al Cielo.

            El divino Creador quiso así confiar a la familia una misión sagrada, que hace de dos seres uno solo, una unidad tal que entre ellos no admita separación. Es de esta unión de la que Dios quiere hacer germinar otros seres, como de las plantas hace germinar las flores y los frutos.

            Dios estableció el matrimonio como vínculo indisoluble. Una vez recibido el sacramento del matrimonio, la unión entre los dos es definitiva y no admite división; es indisoluble en tanto los dos vivieren. Así lo hizo y determinó Dios.

            Leemos en el libro del Génesis: «Dios creó al hombre a Su imagen, lo creó a imagen de Dios; Él los creó hombre y mujer» (Gn 1, 27). Dos, sí, pero que forman uno solo: «Por ese motivo el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer; y los dos serán una sola carne»(Gn 2, 24). Esta es una Ley de Dios, que Jesucristo confirmó y renovó, pensando en tentativas humanas que, con el tiempo, podían suponer cambios: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: “Por esto dejará el hombre a su padre a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? Así pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió, no lo separe el hombre»(Mt 19, 4-6).

            Esta es la ley del matrimonio: los dos, desde que se unieron con la bendición de Dios, forman entre sí uno solo, y esta unión no admite separación —no separe el hombre lo que Dios unió—. Forman uno solo por el lazo del amor que lleva a la donación mutua, en el mismo ideal de cooperación con la acción de Dios en la obra de la creación, que lleva al sacrificio e inmolación que una entrega siempre exige, que lleva a la comprensión, a la disculpa y al perdón. Y así es como un hogar se consolida, santifica y da gloria a Dios.

            Un hogar debe ser como un jardín, donde se abren nuevos capullos de rosa, que traen al mundo la frescura de la inocencia, la mirada pura y confiada en la vida y la sonrisa de la juventud alegre y cándida. Sólo así es como Dios se complace en su obra creadora, la bendice y sobre ella reposa su mirada de Padre. Proceder de otro modo es desviar la obra de Dios de su fin, es transformar los planes de Dios, y es no cumplir y faltar a la misión que Dios les confió.

            Por eso, en el mensaje de Fátima, Dios nos llama a volver nuestra mirada hacia la Sagrada Familia de Nazaret, donde Él quiso nacer, crecer y santificarse, para presentarnos un modelo a imitar en la senda de nuestros pasos de peregrinos que caminan de la tierra hacia el Cielo.

            El evangelista san Lucas, después de narrarnos cómo Jesucristo, ya adolescente, subió al templo de Jerusalén, donde se perdió de los padres y allí fue reencontrado por ellos tres días más tarde, añade: «Y bajó con ellos, vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres»(Lc 2, 51-52).

            No cumplen los deberes de la misión que Dios les confió los padres que no inculcan en sus hijos, desde pequeñitos, el conocimiento de Dios y de sus preceptos, ensenándoles a tenerlos presentes y a practicarlos. Es una ley que Dios prescribió́ a su pueblo: «Llevaras muy dentro del corazón todos estos mandamientos que Yo hoy te doy. Incúlcaselos a tus hijos y, cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos»(Dt 6, 6-7).

            Los padres que descuidan este precepto del Señor se vuelven responsables de la ignorancia de los hijos y de los desvaríos derivados de esta ignorancia. Y, muchas veces, ésta es la causa de la vida desarreglada de esos que torturan los últimos años de la vida de los padres, perdiéndose a sí mismos. Cuanto queda dicho permanece igualmente válido cuando los confían a educadores competentes, porque, en el corazón de los hijos, lo que más se graba es aquello que bebieron en los brazos paternos y en el regazo de la madre. Nada hay que pueda dispensar a los padres de esta misión sublime: Dios la confió y por ella deben responder a Dios. Los padres son los encargados de guiar los primeros pasos de los hijos junto al altar de Dios, enseñándoles a levantar las manos inocentes y orar, a saber encontrar a Dios en su camino y a seguir el eco de su voz.

            Es ésta la misión de mayor responsabilidad e importancia que fue confiada por Dios a los padres, y han de desempeñarla tan bien que, en la vida futura, las enseñanzas de los padres consigan siempre rememorar en los hijos el recuerdo de Dios y sus mandatos.

            Así lo recomienda el apóstol san Pablo: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, éste es el primer mandamiento que va acompañado de una promesa: para que te vaya bien y vivas largo tiempo en la tierra. Padres, no irritéis a vuestros hijos, antes bien, educadles en la doctrina y enseñanzas del Señor» (Ef 6, 1-4).

            En la Segunda Carta de san Juan, que fue dirigida seguramente a una comunidad eclesial, pero que él ve personificada en la figura de una madre, «a la Señora elegida y a sus hijos»,encontramos en la pluma del Apóstol un elogio que quisiéramos fuese de todos los padres y madres: «Me alegré mucho al haber encontrado entre tus hijos quienes caminan en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre. Y ahora te ruego, Señora, no como escribiéndote un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio: que nos amemos unos a otros» (2 Jn 4-5).

            En las familias que se componen de padres e hijos hay deberes a cumplir de parte de los padres para con los hijos y, viceversa, de éstos para con los padres. El Libro del Eclesiástico, después de haber enumerado los múltiples deberes de los hijos, concluye con este llamamiento a su mansedumbre y dulzura: «Hijo mío, pórtate con modestia, y serás amado más que el dadivoso. Cuanto más grande seas, humíllate más, y hallarás gracia ante el Señor; porque grande es el poder del Señor, y es glorificado en los humildes»(Eclo 3, 19-20).

            Y el apóstol Pedro insiste en lo mismo: «Igualmente vosotros, los jóvenes, someteos a los presbíteros. Y todos, revestíos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte. Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros» (1 P 5, 5-8).

            Estas palabras son para todos nosotros, pero especialmente para los más jóvenes, a quienes falta todavía la experiencia de la vida; por eso, el apóstol les recomienda que sean sumisos, sobrios y vigilantes, para no ser engañados por las ilusiones de la vida, por los apetitos desordenados de la naturaleza ni por las seducciones diabólicas del mundo.

            Y continúa san Pedro: «Sed sobrios y vigilad, pues vuestro adversario el Diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos. Y, después de haber sufrido por poco tiempo, el Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá y consolidará, os dará fortaleza y estabilidad»(1 P 5, 8-10).

            Sí, firmes en la fe, en la esperanza y en la caridad, todos hemos de luchar para conseguir la victoria sobre el mal y alcanzar la paz, la alegría y la bienaventuranza en la casa de nuestro Padre que es Dios, y nosotros, todos unidos, formamos su familia. Los hijos nunca podrán olvidar ni dejar de lado el respeto, la gratitud y la ayuda que deben a sus padres, que son junto a ellos la imagen de Dios. En verdad, tal como éstos se sacrificaron para criarlos, educar y colocar en el camino de la vida, también los hijos tienen el deber de, a cambio, sacrificarse para dar gusto, alegría y tranquilidad a sus padres, socorriéndoles y ayudándoles si lo necesitaran. De modo que todo sea hecho por verdadero amor y con los ojos puestos en Dios: «Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como hecho para el Señor y no para los hombres» (Col 3, 23). Y gozaremos de su amistad, como Él declaró: «Vosotros seréis mis amigos si hiciereis lo que yo os mando» (Jn 15, 14). ¿Y qué mandó Él?: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»(Jn 15, 12).

            Es así como la familia se santifica, crece y prospera: en la unión, en la fidelidad, en la comprensión mutua, en el perdón que genera la paz, la alegría, la confianza y el amor.

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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