Hacia un glorioso amanecer Día 8

 

SEGUNDA SEMANA
San Maximiliano Kolbe

Esta semana nos enfocaremos en el ejemplo y palabras del apóstol de la consagración mariana del siglo XX, San Maximiliano Kolbe. Kolbe conoció bien la enseñanza mariana monfortiana y habló con entusiasmo sobre ella. Al formular su propia expresión de la verdadera devoción a María no sólo profundizó diversos elementos de San Luis, sino que aportó muchas nuevas ideas gracias a su propia contemplación del misterio de María. Antes de considerar su enseñanza mariana, conozcamos primero al hombre.

DÍA 8
¿Quién eres, San Maximiliano Kolbe?

“¿Quién eres, San Maximiliano Kolbe?”
Si hiciéramos esta pregunta al santo en una entrevista tal vez quedaríamos decepcionados, al menos al principio. Probablemente contestaría con dulzura y humildad: “Esa pregunta no es muy importante. La importante es ésta: “¿Quién eres, oh Inmaculada Concepción ?” Esta repuesta no debe decepcionarnos si la meta de la entrevista es llegar a conocer a San Maximiliano, pues en realidad su respuesta nos dice mucho sobre él. De hecho, una gran pasión de su vida fue llegar a conocer el misterio de María, particularmente como se reveló a Santa Bernardita de Lourdes: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. ¿Por qué se identificó como “la Inmaculada Concepción”? ¿Acaso no es María su nombre? Mañana reflexionaremos sobre este misterio fascinante. Hoy veamos, en nuestra entrevista hipotética, lo que Kolbe no habría respondido. ¿Quién es San Maximiliano Kolbe? Se le conoce por muchos títulos: Mártir de la caridad, Santo de Auschwitz, Fundador de la Milicia Inmaculada, Apóstol de María y Santo Patrón del Siglo XX. Pero antes de todo esto era simplemente Raymond, Raymond Kolbe, quien en 1894 nació en el seno de una pobre familia de campesinos en Polonia. Y en principio, uno jamás habría pensado que con el tiempo sería un gran santo. De hecho, un día su madre estaba tan frustrada con su comportamiento que le gritó exasperada: “¡Raymond!, ¿qué será de ti?” Esto le conmovió el corazón. Lleno de angustia, de inmediato se dirigió a la Madre de Dios preguntándole, “¿Qué será de mí?” Luego fue a una iglesia y repitió la pregunta. El futuro santo contó lo que ocurrió después:

“Entonces, se me apareció la Virgen Madre teniendo en sus manos dos coronas, una blanca y otra roja. Me miró con amor y me preguntó si me gustaría tenerlas. La blanca significaba que yo me conservaría puro, y la roja que llegaría a ser mártir. Contesté que sí, que las quería. Entonces la Virgen me miró tiernamente y desapareció”.

La corona blanca de pureza llegó primero. Raymond se confirmó en ella cuando, como Hermano Maximiliano, profesó sus votos religiosos uno de los cuales era la castidad. Pero su pureza no fue sólo corporal. Pues hay otra especie de pureza: la pureza de intención. Una persona practica la pureza de intención cuando dirige sus pensamientos, palabras y acciones, no a sí mismo ni a otra criatura, sino a un propósito divino y en última instancia, a Dios. Tal vez debido a su intensidad y pasión innatas, Kolbe sintió un fuerte deseo de entregarse a una misión o meta específica. Uno de sus compañeros de clase en el seminario menor contó: “Muchas veces dijo que deseaba consagrar toda su vida a una gran idea”.
La “gran idea” de Kolbe con el tiempo se materializó en lo que llamó la “Milicia Inmaculada”, la cual estableció en 1917 con seis compañeros del seminario. La “M.I”., según la llamaron, fue realmente una “gran idea” al menos en cuanto a su ambición. Su meta fue llevar el mundo entero a Dios por Cristo, bajo el liderazgo de María Inmaculada y hacerlo lo más pronto posible. Cumplir esta misión por obediencia a la voluntad de Dios, en unión con María Inmaculada fue el único interés de Kolbe — su intención pura — y sacrificó todo para alcanzar su logro, lo cual nos lleva a la corona roja. En 1941, tras décadas de labores apostólicas increíblemente provechosas en Polonia y Japón, Kolbe fue arrestado por la Gestapo y enviado al campo de concentración de Auschwitz. Antes de su arresto sus hermanos franciscanos le habían suplicado que se ocultara. Dijo que agradecía su preocupación cariñosa pero no podía seguir su consejo. Más tarde explicó por qué: “Tengo una misión: la Inmaculada tiene una misión que cumplir”.
Esa misión se cumplió la víspera de la fiesta de la Asunción de María al Cielo, cuando después de haber ofrecido tomar el lugar de un prisionero condenado a la inanición, los Nazis impacientes acabaron con Kolbe con una inyección letal. Así murió San Maximiliano como un mártir de la caridad y recibió la segunda corona de su Inmaculada.

ORACIÓN DEL DÍA:
“Ven, Espíritu Santo, que habitas en María.
Concédeme la pureza de cuerpo y alma y ayúdame a morir a mí mismo”.