4. LLAMADA AL AMOR

 

 

Os amo.

ยกQuisiera yo ser un serafรญn para deciros lo que es amor!

โ€œDios es amorโ€, dice el apรณstol San Juan y, como tal, nos ama con amor eterno, o sea, desde toda la eternidad. Esta nuestra eterna presencia en Dios, la vemos anunciada en un texto de la Sagrada Escritura, que directamente se refiere a la Sabidurรญa Divina โ€“naturalmente anterior a la creaciรณn, porque en ella se encuentra sembradaโ€“ pero que la Santa Iglesia, sin dificultad, aplica a Nuestra Seรฑora: โ€œDiome Yaveฬ el ser en el principio de Sus caminos, antes de Sus obras antiguas. Desde la antigรผedad fui yo ungida; desde los orรญgenes antes que la tierra fuese. Antes que los abismos fui engendrada yo; antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas. Antes que los montes fuesen cimentados; antes que los collados, fui yo concebida

Antes que hiciese la tierra, y los campos, y el polvo primero de la tierra. Cuando fundoฬ los cielos, allรญฬ estaba yo, cuando puso una bรณveda sobre la faz del abismo. Cuando daba consistencia al cielo en lo alto, cuando daba fuerza a las fuentes del abismo. Cuando fijoฬ sus tรฉrminos al mar, para que las aguas no traspasen sus linderos. Cuando echoฬ los cimientos de la tierra, estaba yo con El como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazรกndome ante El en todo tiempoโ€.(Prv 8, 22-30).

Por cierto, que de entre todas las criaturas, ninguna como Nuestra Seรฑora fue tan amada por Dios, pero todos nosotros estuvimos igualmente, desde toda la eternidad, presentes en la mente de Dios, en su designio creador; y El creoฬ todo, por amor a cada uno de nosotros, porque desde siempre, nos tuvo presentes y nos amรณฬ. Tenemos para con Dios una deuda de amor eterno, y solo en la prolongaciรณn de los siglos podremos ir satisfaciendo esa deuda, sin que nunca la saldemos completamente, porque el amor de Dios se anticipa y se prolonga siempre con mayor intensidad. Por eso, ninguno ni cosa alguna merece como El la correspondencia de nuestro amor.

Asรญฬ debemos mirar hacia el precepto que Dios nos dio de amarle como una prueba mรกs de su amor, porque es una seรฑal de que acepta nuestro amor, nuestra gratitud, nuestra humilde correspondencia. Somos muy pequeรฑitos delante de la inmensidad de Dios, pero le damos lo que tenemos: ยกnuestro amor! Casi como sucede con los niรฑos, que, mecidos en los brazos del padre de quien todo lo reciben le pagan con una caricia y con un beso, sรญmbolos del amor, y el padre sonrรญe contento y se da por satisfecho, porque el hijo corresponde a su amor.

Este nuestro amor a Dios se manifiesta y se prueba en el amor que dedicamos a cada uno de nuestros hermanos, porque todos son, como nosotros, hijos de Dios, amados y redimidos por El en Jesucristo.

En verdad, si quisiรฉramos probar nuestro amor a un padre de familia, no encontrarรญamos medio mรกs eficaz que beneficiar a sus hijos. Es en este sentido lo que Jesรบs en el Evangelio nos dice, que toma como hecho a siฬ mismo todo aquello que hacemos a uno de nuestros hermanos mรกs pequeรฑitos; esto, porque ese hermano nuestro es como nosotros, su hermano, hijo del mismo y รบnico Padre, que estaฬ en los cielos creado a su imagen y semejanza, destinado a la participaciรณn de la vida eterna de Dios: โ€œDios creoฬ al hombre a su imagen, lo creoฬ a imagen de Dios; El los creoฬ hombre y mujerโ€. (GEN. 1, 27)

La obra de la Creaciรณn es la obra del amor. Dios nos creรณฬ por amor. Y, como un padre conduce nuestros pasos por los caminos de la vida, nos dio sus leyes, sus enseรฑanzas, que son la guรญa que debemos seguir: โ€œAma, pues, a tu Dios y cumple lo que de ti demanda, sus leyes, sus preceptos, sus mandamientos. Reconoced hoy las enseรฑanzas de Yaveฬ, vuestro Dios, su grandeza, su mano fuerte y su brazo tendido. Poned, pues, en vuestro corazรณn y en vuestra alma las palabras que Yo os digo; atadlas por recuerdo a vuestras manos y ponedlas como frontal entre vuestros ojos. Ensenadlas a vuestros hijos, habladles de ellas: ya cuando estรฉs en tu casa, ya cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Escrรญbelas en los postes de tu casa y en tus puertasโ€(Dt 11, 1-2; 18-20).

Todo esto que Dios aquรญฬ nos dice es la manifestaciรณn del amor que ร‰l nos tiene, como un padre que da a sus hijos sus instrucciones para que no se desvรญen de la senda que deben recorrer.

En los dรญas sucesivos a su entrada triunfal en Jerusalรฉn, Jesรบs se vio asediado por preguntas y dificultades enganฬƒosas que le fueron puestas por los fariseos y saduceos. โ€œSe acercoฬ uno de los escribas, que habiฬa oiฬdo la discusioฬn y, al ver lo bien que les habiฬa respondi- do, le preguntoฬ: ยซยฟCual es el primero de todos los mandamientos?ยป Jesรบs respondioฬ: ยซEl primero es: โ€˜Escucha, Israel, el Senฬƒor Dios nuestro es el รบnico Senฬƒor; y amaraฬs al Senฬƒor tu Dios con todo tu corazรณn y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzasโ€™. El segundo es eฬste: โ€˜Amaraฬs a tu proฬjimo como a ti mismoโ€™. No hay otro mandamiento mayor que eฬstos.ยป Y le dijo el escriba: ยซยกBien, Maestro! con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de El; y amarle con toda la fuerza, y amar al proฬjimo como a siฬ mismo, vale mรกs que todos los holocaustos y sacrificiosยป. Viendo Jesรบs que le habiฬa respondido con sensatez, le dijo: ยซNo estaฬs lejos del Reino de Diosยปโ€ (Mc 12, 28-34). El Reino de Dios es, pues, el reino del Amor: amar es servir por amor.

Pero este amor debe de ser entendido al respecto por la pureza, por la castidad, seguฬn el propio estado, por la fidelidad a Dios y al proฬjimo, cumpliendo las promesas, los juramentos y los votos a que nos obligamos. Atentar contra uno cualquiera de estos puntos lleva consigo la infidelidad y la quiebra en el amor que debemos al proฬjimo.

Todos ambicionamos ser amados, estima- dos, queridos, ser apreciados y tenidos en cuenta. Es una aspiracioฬn que Dios graboฬ en el corazรณn humano, porque nos creรณฬ por amor y para amar. La caridad es la virtud que permanece eternamente en el Cielo, donde cantaremos el caฬntico del amor. Y, es asiฬ que para llegar allรญฬ, Dios, al darnos su Ley, colocoฬ inmediatamente en el principio el manda- miento de amarle, porque es este amor el que nos ha de llevar a cumplir todos los otros preceptos.

Fue el amor lo que llevoฬ a Dios a crearnos, a redimirnos, enviando a su Hijo, que se ofrecioฬ como viฬctima de expiacioฬn, para pagar por nosotros, para pagar por nuestros pecados. Si Dios no nos hubiese amado, no existiriฬamos; permaneceriฬamos en la nada. Es, pues, un deber de gratitud, de reconocimiento, de justicia y de derecho de amar a Dios sobre todas las cosas, retribuir amor con amor, como acostumbra a decir nuestro pueblo: โ€œAmor con amor se paga...โ€ Es, pues, un acto de justicia, amar a quien tanto nos ama y de quien recibimos todos los bienes; eฬste nuestro amor debe ser sincero, alegre y sacrificado.

Como el amor de un buen hijo que ama a su padre y hace todo lo que sabe que es de su agrado, aunque para eso tenga que sacrificarse, lo hace con alegriฬa porque su gusto es ver al padre contento; por otro lado, esta satisfaccioฬn del padre viene a beneficiar al hijo, porque el padre satisfecho con eฬl, lo toma en los brazos, le llena de bienes y hace todo por eฬl. Nuestro amor a Dios ha de semejarse al de los esposos, cuando es verdadero: la esposa se sacrifica de buen grado para ver a su marido feliz, y el marido se sacrifica por la esposa para que eฬsta esteฬ contenta. Es el conocido intercambio mutuo de amor, que exige inmolacioฬn, daฬdiva y entrega, y de esta correspondencia es por lo que viene como fruto la paz, la alegriฬa y el bienestar.

De este modo, nuestro amor ha de ser sacrificado. Primero, necesario para no ofender gravemente a Dios y al proฬjimo. Esto es, no transgredir la Ley de Dios, en materia grave.

Despueฬs, es preciso sacrificarse para ni siquiera ofender a Dios o al proฬjimo en materia leve, esto es, con pecado venial. El amor que a esto nos debe llevar ha de tener en siฬ la fuerza precisa para vencer nuestras malas inclinaciones que nos empujan hacia el mal, las tentaciones del orgullo, de la envidia, de los celos, de la venganza, de la vanidad y de la sensualidad, etc. Soฬlo con esta lucha contra nos- otros mismos, es como conseguiremos mantener la liฬnea recta de nuestro amor a Dios y al proฬjimo, como es nuestro deber. Es lo que nos dice Jesucristo en el Evangelio: โ€œDesde los diฬas de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistanโ€(Mt 11,12) En otras palabras, conquistan el Reino de los Cielos aquellos que se sacrifican, hacen violencia para vencerse a siฬ mismos, y a las tentaciones del mundo, el demonio y la carne, para seguir rectamente el camino de justicia, verdad y caridad.

Es eฬste el esfuerzo que hemos de imponernos a nosotros mismos y esto es lo que hace valioso nuestro amor a Dios y al proฬjimo. Aquel que ama se sacrifica por la persona amada. Fue lo que Jesucristo hizo por nosotros: Se sacrificoฬ y se entregoฬ a la muerte por darnos la vida. ยฟEntonces, queฬ hacemos de mรกs si por El sacrificamos nuestros caprichos, nuestras malas inclinaciones, nuestras vanidades exageradas, nuestra comodidad, nuestro orgullo, nuestras ambiciones?

Pero mรกs que un sacrificio por El se trata de un sacrificio que redunda en bien nuestro, ya que por El conquistamos el Reino de los Cielos, conseguimos la paz y la alegriฬa en la tierra. Todos deseamos vivir en paz y con alegriฬa, tener una vida feliz, pero no nos damos cuenta de que la buscamos donde ella no estaฬ. El Senฬƒor nos dice: โ€œBienaventurados los mansos, porque ellos heredaraฬn la tierra. Bienaventurados los paciฬficos, porque ellos seraฬn llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecucioฬn por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielosโ€ (Mt 5, 5.9-10)

Los paciฬficos que sufren con mansedumbre son bienaventurados ya aquรญฬ en la tierra, porque estaฬn en paz con el proฬjimo y gozan de su amistad, estaฬn en paz con su conciencia porque se sacrifican lo necesario para no ofender a Dios ni al proฬjimo y practicar el bien. En esto estaฬ el verdadero amor. Es aquel amor desbordante para con Dios, que de nuestro corazoฬn se derrama sobre el proฬjimo en una medida de fe y generosidad tal que vemos en cada persona humana โ€“ya tenga nuestra fe o no, ya practique el bien o ande enredada en las redes del pecadoโ€“ en todas las personas vemos la cara de Jesucristo y, en Cristo, los amamos como hermanos nuestros, hijos del mismo Dios y Padre que a todos creoฬ y a todos llama a tomar parte en la herencia del Cielo. Es lo que nos indica el mensaje que Dios nos envioฬ por medio de Su รngel.

 

Para que nuestra fe, adoracioฬn, esperanza y amor sean verdaderos y agradables a Dios, hay que derramarlos sobre nuestros hermanos a traveฬs de nuestra oracioฬn, buen ejemplo, palabras y buenas obras. Hemos de procurar ayudarlos y atraerlos, para llevarlos a Dios, por caminos rectos de verdad, de justicia, de paz y de amor.

Digo de justicia, porque esta virtud no se debe entender solo por el lado del castigo, porque tanto es justo castigar el mal, como es justo recompensar el bien. Asรญฬ es igualmente justo dar una buena nota a un estudiante que durante el curso se sacrificoฬ en estudiar y respondioฬ bien en el examen como dar una nota baja a otro que no estudioฬ ni respondioฬ en el examen o se portoฬ mal. De la misma forma, igualmente es justo pagar y โ€œgratificarโ€ a los que trabajan y sirven como no pagar a los que por ociosidad no quieren trabajar y servir.

Asรญฬ es, porque la ley del trabajo nos obliga a todos. Todos tenemos el deber de trabajar y servirnos mutuamente unos a otros, cada uno seguฬn sus propias aptitudes, su posicioฬn, su cultura poniendo al servicio de sus hermanos los dones que recibioฬ de Dios. El agricultor que cultiva la tierra no es menos que el catedraฬtico que ensenฬƒa a los hijos del labrador, porque el primero sustenta al segundo con el producto de su trabajo y los dos estaฬn sirviendo, trabajando cada cual para el servicio del otro.

โ€œComeraฬs el pan con el sudor de tu rostroโ€. Esta ley nos obliga a todos a trabajar para servirnos mutuamente unos a otros como hermanos, hijos del mismo padre que es Dios y que a todos nos creรณฬ con igual destino, el Reino de los Cielos. โ€œVosotros, al contrario, no os hagaฬis llamar Rabiฬ, porque solo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie llameฬis padre vuestro sobre la tierra, porque solo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os hagaฬis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno solo: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce a siฬ mismo seraฬ humillado, y el que se humille a siฬ mismo seraฬ ensalzadoโ€ (Mt 23, 8-12). Estas palabras muestran que toda nuestra vida y nuestras actividades deben ser hechas como un servicio a Dios y a nuestros hermanos. Asรญฬ, cuando nos amamos y servimos como hijos del mismo Padre que nos creรณฬ a todos con igual destino, o sea poseer la vida sobrenatural, hemos de tener siempre en mente ese destino uฬltimo, la vida sobrenatural, que es la que importa atesorar y poseer en grado mรกs elevado, porque es la uฬltima que perdura para siempre. Nos sacrificamos, rezamos y trabajamos para conseguir que nuestros hermanos, dejando los caminos errados, vayan por la uฬnica viฬa verdadera que es Cristo: โ€œYo soy el Camino, la Verdad y la Vidaโ€ (Jn 14, 6) dice ร‰l.

De igual modo, y siempre a propoฬsito de la recomendacioฬn que Cristo nos hace mรกs arriba, debemos ver, en toda la paternidad y sabiduriฬa humana la paternidad y sabiduriฬa de Dios, de quien deriva, como de la uฬnica y verdadera fuente, cualquier otra paternidad y sabiduriฬa. Es asiฬ que llamamos Padre a aquel que, junto a nosotros, hace las veces de Dios y del cual Dios se quiso servir para darnos la vida, y llamamos Maestro a aquel que en nombre de Dios nos ensenฬƒa. De esta forma, vemos a Dios en todos, y en todos reconocemos la imagen de Dios, ciertos de que todos somos hijos y siervos del mismo Dios.

Este es el verdadero camino que Cristo nos ensenฬƒoฬ: camino de verdad, camino de vida, de esperanza y de paz. Para seguirlo, tenemos que renunciar al camino de la mentira, de la ilusioฬn y de la fantasiฬa que avasalla el mundo. ยฟPara queฬ queremos vivir ilusionados? ยฟVivir enganฬƒados por falsas companฬƒiฬas, falsas promesas, falsas ideas, que arrastran y precipitan en el mal y la desgracia? ยฟVivir enganฬƒados por la propia fantasiฬa y las malas inclinaciones que nos llevan a buscar la felicidad donde no estaฬ? ยฟVivir enganฬƒados por los celos de las honras, de las riquezas, de los primeros lugares, sin pensar que eso termina, por lo menos, en la humillacioฬn de la nada? Un diฬa, Jesรบs lamentoฬ esta ceguera con que se vive en el mundo, diciendo: โ€œHacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los salu- dos en las plazas, y que la gente les llame Rabiฬโ€(Mt 23, 5-7). Despueฬs de esta vida, ยฟqueฬ queda de todo eso?

 

 

Y ยฟadoฬnde van a parar esas almas y esos cuerpos en el diฬa de la resurreccioฬn? Les faltoฬ la fe, les faltoฬ la esperanza, les faltoฬ el amor puro a Dios y al proฬjimo, por amor de Dios. El apรณstol san Pablo es claro sobre eso: โ€œยฟAcaso no sabeฬis que los injustos no heredaraฬn el Reino de Dios? No os enganฬƒeฬis: ni los fornicadores, ni los idoฬlatras, ni los aduฬlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces heredaraฬn el Reino de Diosโ€ (1 Col 6, 9-10). Vemos aquรญฬ cuaฬl es la suerte de los que se obstinan en querer seguir por tales caminos, rehusando retroceder enmendaฬndose, arrepintieฬndose y haciendo penitencia, para encaminarse por los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad, que es el amor puro a Dios y al proฬjimo por amor a Dios.

Eฬste es el camino que conduce a la vida y, en el camino de la vida, que debemos seguir, la luz es Cristo, como El mismo declaroฬ: โ€œYo soy la luz del mundo; el que me sigue no andaraฬ en tinieblas, sino que tendraฬ la luz de la vidaโ€ (Jn 8, 12). Esta luz brilla sobre nuestros pasos, por la palabra, por la vida y los ejemplos de Cristo. Baฬstanos querer seguir tras El. y no nos falta siquie- ra el incentivo y la invitacioฬn de El a que lo hagamos, expresado en estas palabras: โ€œSi alguno tiene sed, venga a miฬ, y beba quien cree en miฬ. Como dice la Escritura [y el evangelista explica] brotaraฬn de su seno riฬos de agua viva. Dijo esto del Espiฬritu que iban recibir los que creyeran en eฬlโ€ (Jn. 7, 37-39).

Esta agua de que nos habla el Senฬƒor es, pues, siฬmbolo del Espiฬritu, porque el Espiฬritu es en nosotros la vida, o mejor, por el Espiฬritu de Dios nace y derrama en nosotros la vida sobrenatural. Era en este mismo don del Espiฬritu en el que Jesรบs pensaba cuando revelaba a la Samaritana que poseiฬa un agua muy superior a la que ella veniฬa a buscar al pozo: โ€œRespondioฬ Jesรบs: Todo el que bebe de esta agua tendraฬ sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le dareฬ, no tendraฬ sed nunca mรกs, sino que el agua que yo le dareฬ, se haraฬ en eฬl fuente de agua que brota para vida eternaโ€ (Jn 4, 13-14). Es el agua de la gracia en que precisamos sumergirnos y recibir en nosotros para en seguida poder nosotros derramar, yendo a refrescar a las almas resecas de nuestros hermanos y llevarles los frutos de la vida eterna.

Y esto, para que la fe, en nuestras almas, no vacile, la esperanza no se desanime y la caridad no se apague sino crezca y sea cada vez mรกs el lazo de nuestra unioฬn iฬntima con Dios y con el proฬjimo, con una mutua comprensioฬn, ayuda y perdoฬn, para que entre todos haya paz, alegriฬa y amor seguฬn el precepto del Senฬƒor: โ€œComo el Padre me amoฬ, asiฬ os he amado yo. Permaneced en mi amor, Si guardaฬis mis mandamientos, permanecereฬis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esteฬ en vosotros y vuestro gozo sea completo. Eฬste es mi mandamiento: que os ameฬis los unos a los otros como yo os he amadoโ€ (Jn 15, 9-12).

ยกAve Mariฬa!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FรTIMA de Sor Lucรญa)

 


 

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