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Os amo.

            ¡Quisiera yo ser un serafín para deciros lo que es amor!

“Dios es amor”, dice el apóstol San Juan y, como tal, nos ama con amor eterno, o sea, desde toda la eternidad. Esta nuestra eterna presencia en Dios, la vemos anunciada en un texto de la Sagrada Escritura, que directamente se refiere a la Sabiduría Divina –naturalmente anterior a la creación, porque en ella se encuentra sembrada– pero que la Santa Iglesia, sin dificultad, aplica a Nuestra Señora: “Diome Yavé el ser en el principio de Sus caminos, antes de Sus obras antiguas. Desde la antigüedad fui yo ungida; desde los orígenes antes que la tierra fuese. Antes que los abismos fui engendrada yo; antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas. Antes que los montes fuesen cimentados; antes que los collados, fui yo concebida

            Antes que hiciese la tierra, y los campos, y el polvo primero de la tierra. Cuando fundó los cielos, allí́ estaba yo, cuando puso una bóveda sobre la faz del abismo. Cuando daba consistencia al cielo en lo alto, cuando daba fuerza a las fuentes del abismo. Cuando fijó sus términos al mar, para que las aguas no traspasen sus linderos. Cuando echó los cimientos de la tierra, estaba yo con El como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazándome ante El en todo tiempo”.(Prv 8, 22-30).

Por cierto, que de entre todas las criaturas, ninguna como Nuestra Señora fue tan amada por Dios, pero todos nosotros estuvimos igualmente, desde toda la eternidad, presentes en la mente de Dios, en su designio creador; y El creó todo, por amor a cada uno de nosotros, porque desde siempre, nos tuvo presentes y nos amó́. Tenemos para con Dios una deuda de amor eterno, y solo en la prolongación de los siglos podremos ir satisfaciendo esa deuda, sin que nunca la saldemos completamente, porque el amor de Dios se anticipa y se prolonga siempre con mayor intensidad. Por eso, ninguno ni cosa alguna merece como El la correspondencia de nuestro amor.

Así́ debemos mirar hacia el precepto que Dios nos dio de amarle como una prueba más de su amor, porque es una señal de que acepta nuestro amor, nuestra gratitud, nuestra humilde correspondencia. Somos muy pequeñitos delante de la inmensidad de Dios, pero le damos lo que tenemos: ¡nuestro amor! Casi como sucede con los niños, que, mecidos en los brazos del padre de quien todo lo reciben le pagan con una caricia y con un beso, símbolos del amor, y el padre sonríe contento y se da por satisfecho, porque el hijo corresponde a su amor.

Este nuestro amor a Dios se manifiesta y se prueba en el amor que dedicamos a cada uno de nuestros hermanos, porque todos son, como nosotros, hijos de Dios, amados y redimidos por El en Jesucristo.

En verdad, si quisiéramos probar nuestro amor a un padre de familia, no encontraríamos medio más eficaz que beneficiar a sus hijos. Es en este sentido lo que Jesús en el Evangelio nos dice, que toma como hecho a sí mismo todo aquello que hacemos a uno de nuestros hermanos más pequeñitos; esto, porque ese hermano nuestro es como nosotros, su hermano, hijo del mismo y único Padre, que está en los cielos creado a su imagen y semejanza, destinado a la participación de la vida eterna de Dios: “Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios; El los creó hombre y mujer”. (GEN. 1, 27)

La obra de la Creación es la obra del amor. Dios nos creó́ por amor. Y, como un padre conduce nuestros pasos por los caminos de la vida, nos dio sus leyes, sus enseñanzas, que son la guía que debemos seguir: “Ama, pues, a tu Dios y cumple lo que de ti demanda, sus leyes, sus preceptos, sus mandamientos. Reconoced hoy las enseñanzas de Yavé, vuestro Dios, su grandeza, su mano fuerte y su brazo tendido. Poned, pues, en vuestro corazón y en vuestra alma las palabras que Yo os digo; atadlas por recuerdo a vuestras manos y ponedlas como frontal entre vuestros ojos. Ensenadlas a vuestros hijos, habladles de ellas: ya cuando estés en tu casa, ya cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas”(Dt 11, 1-2; 18-20).

Todo esto que Dios aquí́ nos dice es la manifestación del amor que Él nos tiene, como un padre que da a sus hijos sus instrucciones para que no se desvíen de la senda que deben recorrer.

En los días sucesivos a su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús se vio asediado por preguntas y dificultades engañosas que le fueron puestas por los fariseos y saduceos. “Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondi- do, le preguntó: «¿Cual es el primero de todos los mandamientos?» Jesús respondió: «El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento mayor que éstos.» Y le dijo el escriba: «¡Bien, Maestro! con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de El; y amarle con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios»” (Mc 12, 28-34). El Reino de Dios es, pues, el reino del Amor: amar es servir por amor.

Pero este amor debe de ser entendido al respecto por la pureza, por la castidad, según el propio estado, por la fidelidad a Dios y al prójimo, cumpliendo las promesas, los juramentos y los votos a que nos obligamos. Atentar contra uno cualquiera de estos puntos lleva consigo la infidelidad y la quiebra en el amor que debemos al prójimo.

Todos ambicionamos ser amados, estima- dos, queridos, ser apreciados y tenidos en cuenta. Es una aspiración que Dios grabó en el corazón humano, porque nos creó́ por amor y para amar. La caridad es la virtud que permanece eternamente en el Cielo, donde cantaremos el cántico del amor. Y, es así que para llegar allí́, Dios, al darnos su Ley, colocó inmediatamente en el principio el manda- miento de amarle, porque es este amor el que nos ha de llevar a cumplir todos los otros preceptos.

Fue el amor lo que llevó a Dios a crearnos, a redimirnos, enviando a su Hijo, que se ofreció como víctima de expiación, para pagar por nosotros, para pagar por nuestros pecados. Si Dios no nos hubiese amado, no existiríamos; permaneceríamos en la nada.  Es, pues, un deber de gratitud, de reconocimiento, de justicia y de derecho de amar a Dios sobre todas las cosas, retribuir amor con amor, como acostumbra a decir nuestro pueblo: “Amor con amor se paga...” Es, pues, un acto de justicia, amar a quien tanto nos ama y de quien recibimos todos los bienes; éste nuestro amor debe ser sincero, alegre y sacrificado.

Como el amor de un buen hijo que ama a su padre y hace todo lo que sabe que es de su agrado, aunque para eso tenga que sacrificarse, lo hace con alegría porque su gusto es ver al padre contento; por otro lado, esta satisfacción del padre viene a beneficiar al hijo, porque el padre satisfecho con él, lo toma en los brazos, le llena de bienes y hace todo por él. Nuestro amor a Dios ha de semejarse al de los esposos, cuando es verdadero: la esposa se sacrifica de buen grado para ver a su marido feliz, y el marido se sacrifica por la esposa para que ésta esté contenta. Es el conocido intercambio mutuo de amor, que exige inmolación, dádiva y entrega, y de esta correspondencia es por lo que viene como fruto la paz, la alegría y el bienestar.

De este modo, nuestro amor ha de ser sacrificado. Primero, necesario para no ofender gravemente a Dios y al prójimo. Esto es, no transgredir la Ley de Dios, en materia grave.

Después, es preciso sacrificarse para ni siquiera ofender a Dios o al prójimo en materia leve, esto es, con pecado venial. El amor que a esto nos debe llevar ha de tener en sí la fuerza precisa para vencer nuestras malas inclinaciones que nos empujan hacia el mal, las tentaciones del orgullo, de la envidia, de los celos, de la venganza, de la vanidad y de la sensualidad, etc. Sólo con esta lucha contra nos- otros mismos, es como conseguiremos mantener la línea recta de nuestro amor a Dios y al prójimo, como es nuestro deber. Es lo que nos dice Jesucristo en el Evangelio: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan”(Mt 11,12) En otras palabras, conquistan el Reino de los Cielos aquellos que se sacrifican, hacen violencia para vencerse a sí mismos, y a las tentaciones del mundo, el demonio y la carne, para seguir rectamente el camino de justicia, verdad y caridad.

Es éste el esfuerzo que hemos de imponernos a nosotros mismos y esto es lo que hace valioso nuestro amor a Dios y al prójimo. Aquel que ama se sacrifica por la persona amada. Fue lo que Jesucristo hizo por nosotros: Se sacrificó y se entregó a la muerte por darnos la vida. ¿Entonces, qué hacemos de más si por El sacrificamos nuestros caprichos, nuestras malas inclinaciones, nuestras vanidades exageradas, nuestra comodidad, nuestro orgullo, nuestras ambiciones?

Pero más que un sacrificio por El se trata de un sacrificio que redunda en bien nuestro, ya que por El conquistamos el Reino de los Cielos, conseguimos la paz y la alegría en la tierra. Todos deseamos vivir en paz y con alegría, tener una vida feliz, pero no nos damos cuenta de que la buscamos donde ella no está. El Señor nos dice: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 5.9-10)

Los pacíficos que sufren con mansedumbre son bienaventurados ya aquí́ en la tierra, porque están en paz con el prójimo y gozan de su amistad, están en paz con su conciencia porque se sacrifican lo necesario para no ofender a Dios ni al prójimo y practicar el bien. En esto está el verdadero amor. Es aquel amor desbordante para con Dios, que de nuestro corazón se derrama sobre el prójimo en una medida de fe y generosidad tal que vemos en cada persona humana –ya tenga nuestra fe o no, ya practique el bien o ande enredada en las redes del pecado– en todas las personas vemos la cara de Jesucristo y, en Cristo, los amamos como hermanos nuestros, hijos del mismo Dios y Padre que a todos creó y a todos llama a tomar parte en la herencia del Cielo. Es lo que nos indica el mensaje que Dios nos envió por medio de Su Ángel.

 

Para que nuestra fe, adoración, esperanza y amor sean verdaderos y agradables a Dios, hay que derramarlos sobre nuestros hermanos a través de nuestra oración, buen ejemplo, palabras y buenas obras. Hemos de procurar ayudarlos y atraerlos, para llevarlos a Dios, por caminos rectos de verdad, de justicia, de paz y de amor.

Digo de justicia, porque esta virtud no se debe entender solo por el lado del castigo, porque tanto es justo castigar el mal, como es justo recompensar el bien. Así́ es igualmente justo dar una buena nota a un estudiante que durante el curso se sacrificó en estudiar y respondió bien en el examen como dar una nota baja a otro que no estudió ni respondió en el examen o se portó mal. De la misma forma, igualmente es justo pagar y “gratificar” a los que trabajan y sirven como no pagar a los que por ociosidad no quieren trabajar y servir.

Así́ es, porque la ley del trabajo nos obliga a todos. Todos tenemos el deber de trabajar y servirnos mutuamente unos a otros, cada uno según sus propias aptitudes, su posición, su cultura poniendo al servicio de sus hermanos los dones que recibió de Dios. El agricultor que cultiva la tierra no es menos que el catedrático que enseña a los hijos del labrador, porque el primero sustenta al segundo con el producto de su trabajo y los dos están sirviendo, trabajando cada cual para el servicio del otro.

“Comerás el pan con el sudor de tu rostro”. Esta ley nos obliga a todos a trabajar para servirnos mutuamente unos a otros como hermanos, hijos del mismo padre que es Dios y que a todos nos creó́ con igual destino, el Reino de los Cielos. “Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar Rabí, porque solo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque solo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os hagáis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno solo: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado” (Mt 23, 8-12).  Estas palabras muestran que toda nuestra vida y nuestras actividades deben ser hechas como un servicio a Dios y a nuestros hermanos. Así́, cuando nos amamos y servimos como hijos del mismo Padre que nos creó́ a todos con igual destino, o sea poseer la vida sobrenatural, hemos de tener siempre en mente ese destino último, la vida sobrenatural, que es la que importa atesorar y poseer en grado más elevado, porque es la última que perdura para siempre. Nos sacrificamos, rezamos y trabajamos para conseguir que nuestros hermanos, dejando los caminos errados, vayan por la única vía verdadera que es Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) dice Él.

De igual modo, y siempre a propósito de la recomendación que Cristo nos hace más arriba, debemos ver, en toda la paternidad y sabiduría humana la paternidad y sabiduría de Dios, de quien deriva, como de la única y verdadera fuente, cualquier otra paternidad y sabiduría. Es así que llamamos Padre a aquel que, junto a nosotros, hace las veces de Dios y del cual Dios se quiso servir para darnos la vida, y llamamos Maestro a aquel que en nombre de Dios nos enseña. De esta forma, vemos a Dios en todos, y en todos reconocemos la imagen de Dios, ciertos de que todos somos hijos y siervos del mismo Dios.

Este es el verdadero camino que Cristo nos enseñó: camino de verdad, camino de vida, de esperanza y de paz. Para seguirlo, tenemos que renunciar al camino de la mentira, de la ilusión y de la fantasía que avasalla el mundo. ¿Para qué queremos vivir ilusionados? ¿Vivir engañados por falsas compañías, falsas promesas, falsas ideas, que arrastran y precipitan en el mal y la desgracia? ¿Vivir engañados por la propia fantasía y las malas inclinaciones que nos llevan a buscar la felicidad donde no está? ¿Vivir engañados por los celos de las honras, de las riquezas, de los primeros lugares, sin pensar que eso termina, por lo menos, en la humillación de la nada? Un día, Jesús lamentó esta ceguera con que se vive en el mundo, diciendo: “Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los salu- dos en las plazas, y que la gente les llame Rabí”(Mt 23, 5-7). Después de esta vida, ¿qué queda de todo eso?

   Y ¿adónde van a parar esas almas y esos cuerpos en el día de la resurrección? Les faltó la fe, les faltó la esperanza, les faltó el amor puro a Dios y al prójimo, por amor de Dios. El apóstol san Pablo es claro sobre eso: “¿Acaso no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1 Col 6, 9-10). Vemos aquí́ cuál es la suerte de los que se obstinan en querer seguir por tales caminos, rehusando retroceder enmendándose, arrepintiéndose y haciendo penitencia, para encaminarse por los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad, que es el amor puro a Dios y al prójimo por amor a Dios.

Éste es el camino que conduce a la vida y, en el camino de la vida, que debemos seguir, la luz es Cristo, como El mismo declaró: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Esta luz brilla sobre nuestros pasos, por la palabra, por la vida y los ejemplos de Cristo. Bástanos querer seguir tras El. y no nos falta siquie- ra el incentivo y la invitación de El a que lo hagamos, expresado en estas palabras: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura [y el evangelista explica] brotarán de su seno ríos de agua viva. Dijo esto del Espíritu que iban recibir los que creyeran en él” (Jn. 7, 37-39).

Esta agua de que nos habla el Señor es, pues, símbolo del Espíritu, porque el Espíritu es en nosotros la vida, o mejor, por el Espíritu de Dios nace y derrama en nosotros la vida sobrenatural. Era en este mismo don del Espíritu en el que Jesús pensaba cuando revelaba a la Samaritana que poseía un agua muy superior a la que ella venía a buscar al pozo: “Respondió Jesús: Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré, se hará en él fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13-14). Es el agua de la gracia en que precisamos sumergirnos y recibir en nosotros para en seguida poder nosotros derramar, yendo a refrescar a las almas resecas de nuestros herma- nos y llevarles los frutos de la vida eterna.

Y esto, para que la fe, en nuestras almas, no vacile, la esperanza no se desanime y la caridad no se apague sino crezca y sea cada vez más el lazo de nuestra unión íntima con Dios y con el prójimo, con una mutua comprensión, ayuda y perdón, para que entre todos haya paz, alegría y amor según el precepto del Señor: “Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor, Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 9-12).

 

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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