Esta llamada fue hecha por primera vez en el día 13 de mayo de 1917, cuando las tres pobres criaturas de Aljustrel se encontraban pastoreando sus rebaños en el campo llamado Cova da Iría.

            Como de costumbre, después del mediodía, las tres criaturas tomaron su comida y rezaron. En seguida, comenzaron por entretenimiento a hacer un pequeño muro de piedras sueltas a la vuelta de un arbusto llamado moita que la gente acostumbraba a utilizar para hacer escobas, y, por eso, querían resguardarlo para que los animales no lo royesen. Eso porque, cuando encontraban tales arbustos en buenas condiciones, gustaban de dejarlos crecer para hacer de ellos después escobas, que entregaban a la madre, cuando regresaban por la noche a sus casas.

            Entonces, para las criaturas era una fiesta ver a los padres contentos con sus presentes y sus caricias, por lo que cada uno se esmeraba en buscar todo aquello con que, más y mejor, les podía dar gusto y alegría. Pobres sí, ¡pero felices! Porque aquello que da la felicidad no es la riqueza ni los entretenimientos, tantas veces peligrosos, sino el amor. En verdad, amar y sacrificarse por amor es lo que da a las casas la felicidad, la alegría, la paz y el bienestar.

            Como estaba contando, las humildes criaturas se entretenían, despreocupadas, jugando, cuando de repente fueron sor- prendidas por el reflejo de una luz, que ellas supusieron que era un relámpago. El día estaba sereno, el sol brillaba claro

como en el tiempo mejor de la primavera, pero las criaturas eran tan pequeñas que ni sabían examinar el aspecto de la atmósfera. Habituadas a ver relámpagos apenas cuando había tormenta, no pensaron en nada más que en recoger apresuradamente el rebaño para regresar a casa, antes de que se desencadenase alguna tormenta.

            A los pocos pasos por la bajada de la ladera, vieron el reflejo de la misma luz, que juzgaron que era un segundo relámpago, lo que les hizo apresurar el paso todavía más y reunir las ovejas con mayor diligencia. Unos pasos más y, aproximadamente a media ladera, se detuvieron, sorprendidas, al ver sobre una pequeña carrasca la hermosa Señora de Luz. No tenían miedo porque lo sobrenatural no transmite miedo; causa apenas una agradable sorpresa de fascinante atractivo.

            La agradable Señora abrió los labios y como para iniciar el diálogo, dirigió a las criaturas las siguientes palabras: “No tengáis miedo, yo no os haré mal”.

            Pienso que estas palabras de Nuestra Señora, “No tengáis miedo”, no se referían al miedo que pudiésemos tener de ella, porque bien sabía ella que no nos transmitía miedo. Debían por eso referirse al miedo con que veníamos huyendo apresuradamente de la supuesta tormenta, que juzgábamos que se desencadenaría inminentemente.

            También se dice que Francisco recogió algunas piedras para tirar a la aparición. Creo que no puede haber sido verdad, debe haber ahí alguna confusión o malentendido con las piedras que los pastores acostumbran a tirar en tomo de los rebaños, cuando querían obligar a los animales a juntarse y a caminar más de prisa.

            Quebrado el silencio y animada por la confianza que la dulce Señora inspiraba pregunté: “¿De dónde es Vuestra Merced?” “Soy del Cielo”, respondió ella. “Y ¿qué es para lo que me quiere Vuestra Merced?”, pregunté. Respondió: “Vine para pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, en el día 13, a esta misma hora, después os diré quién soy y lo que quiero. Después, volveré todavía aquí una séptima vez.” Mientras oía esta respuesta, el pensamiento de que estaba hablando con una persona venida del Cielo, me animó a preguntarle si también a mí me sería concedida la dicha de ir al Cielo, a lo que la Señora respondió: “Sí, vas.” “¿Y Jacinta?”, pregunté. “También”, respondió. “¿Y Francisco?”, insistí. “También, pero tiene que rezar muchos rosarios.”

            Pienso que esta recomendación hecha a Francisco es para todos nosotros. No es que, para irnos al Cielo, sea condición indispensable rezar muchos rosarios, pro- piamente dichos; pero sí hacer oración; naturalmente, para aquellas pobres criaturas, el rezar diariamente el rosario era la fórmula de oración más accesible, tal como lo es aún hoy para la mayor parte de las personas, y no hay duda de que difícilmente alguien se salvará sin hacer oración.

            Sabemos bien cuán débilessomos, resbalamos y caemos. Sin el auxilio de la gracia, no conseguiremos levantarnos ni vencer las tentaciones. Ahora, esta fuerza que necesitamos y que nos viene con la gracia sólo la conseguiremos en el encuentro de nuestra alma con Dios por medio de la oración. Fue lo que Jesucristo dijo y recomendó a sus apóstoles poco antes de entregarse a la muerte por nosotros: “Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41). Y nos dio ejemplo, preparándose con la oración de Getsemaní para el sacrificio y para la muerte. Además de eso, entre las otras cosas del padre nuestro nos enseñó a pedir: “No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal” (Mt 6,13).
Volviendo a la aparición de Nuestra

            Señora... Me acordé en seguida de preguntarle por una chica conocida mía que había fallecido hacía poco tiempo. La respuesta dada por Nuestra Señora nos certifica la verdad de la existencia del Purgatorio, y es al mismo tiempo una prueba de la necesidad que tenemos de rezar.

            Cuenta el texto sagrado que san Pedro, aproximándose a Jesús, le preguntó: “«Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete veces?» El Señor le respondió: «No te digo siete veces, sino setenta veces siete»” Y continúa: “Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces, el servidor, echándose a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». El señor, compadecido de aquel siervo, le mandó soltar y le perdonó la deuda.

            “Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes». Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré». Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda.

            ”Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?» Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano” (Mt 18,21-35).

            Este siervo, que por el débito acumulado corría el riesgo de ser condenado, se lanzó a los pies de su señor, suplicando piedad y un tiempo de espera para poder saldar sus deudas: “[...] Ten paciencia conmigo y pagaré todo.” Ahora, en esta posibilidad de tener un plazo para satisfacer lo que falta por pagar, podemos ver una imagen de lo que pasa con el Purgatorio: éste es un tiempo de espera para purificarnos de las faltas leves no confesadas y para satisfacer la reparación que aún debamos por nuestros pecados, porque en tanto vivíamos en este mundo no hicimos bastante penitencia por los mismos.

            Al principio, el siervo de la parábola suplicó y obtuvo el perdón absoluto de todo, pero después volvió a pecar siendo cruel con su compañero, acabando aquél por tener que hacer penitencia y pagar todo lo que debía a su señor. Así nos acontecerá a nosotros –concluía Jesucristo–. Lo mismo nos sucederá si, además del perdón que pedimos y obtuvimos en el sacramento de la penitencia por nuestros pecados, no hubiéramos hecho una digna reparación por los mismos, en la cual siempre está incluida la obligación de ser misericordiososcon el prójimo, como Dios lo fue con nosotros.

            También así nos enseñó Jesús a rezar:

            “Padre nuestro [...]. Perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt6,12). Aquí está claro que para obtener el perdón de nuestros pecados hemos de pedirlo a Dios, y que la medida al recibir el perdón será la misma que hubiéramos usado con el prójimo, perdonándole las ofensas que nos hubiere hecho.

            La creencia en esta posibilidad de expiación por el mismo pecado después de la muerte subyace también en una narración del segundo Libro de los Macabeos: “Los soldados de Esdras hallábanse fatigados de la larga lucha; pero Judas invocó al Señor para que se mostrase su auxiliar y caudillo en la batalla. Entonó en lengua patria un canto de guerra, y cayendo de improviso sobre los de Gorgias, los puso en derrota. Retrajo Judas su ejército y lo condujo a Odolam. Llegado el día séptimo, purificado según la costumbre, celebraron allí el sábado.

            ”Al día siguiente, como era necesario, vinieron los de Judas para recoger los cadáveres de los caídos, y con sus parientes depositarlos en los sepulcros de familia. Entonces, bajo las túnicas de los caídos, encontraron objetos consagrados a los ídolos de Jamnia, de los prohibidos por la Ley a los judíos; siendo a todos manifiesto que por aquello habían caído. Todos bendijeron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas.

            Volvieron a la oración, rogando que el peca- do cometido les fuese totalmente perdonado; y el noble Judas exhortó a la tropa a conservarse limpios de pecado, teniendo a la vista el suceso de los que habían caído, y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por el pecado; obra digna y noble inspirada en la esperanza de la resurrección; pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, superfluo y vano era orar por ellos. Mas creía que a los muertos piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos; para que fuesen absueltos de los pecados” (2 Mac 12, 36-46).

            Este pasaje de la Sagrada Escritura nos da a comprender mejor esta verdad de nuestra fe que es el Purgatorio, como un lugar de expiación donde las almas de los que mueren en gracia se purifican de las manchas del pecado, antes de ser admitidas en la posesión de la bienaventuranza eterna junto a Dios.

            Por eso, Nuestra Señora, respondiendo a la pregunta que le dirigí sobre esa chica, Amelia, dijo: “Está en el Purgatorio hasta el fin del mundo.” Tal vez nos parezca mucho, pero la misericordia de Dios es siempre grande. Por nuestros pecados, ¡cuánto le hemos ofendido gravemente y con eso merecido el Infierno! A pesar de eso Él nos perdona y concede tiempo para pagar por ellos y, mediante una reparación y purificación, ser salvos. Más aún, acepta las oraciones y sacrificios que otros le ofrecen por aquellos que se encuentren en ese lugar de expiación.

            A continuación, Nuestra Señora dirigió a las humildes criaturas esta pregunta: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” A lo que respondí en nombre de los tres: “Sí, ¡queremos!”

            En aquel momento, esta respuesta fue dada de modo espontáneo e inconsciente, porque ni de lejos suponía lo que ello venía a representar o su pleno alcance. Pero nunca me arrepentí de ello, antes lo renuevo, cada día, pidiendo a Dios la gracia y la fuerza precisa para cumplirla con fidelidad, hasta el fin.

            Esta pregunta de Nuestra Señora me hace recordar aquella que Jesucristo hizo a los dos hijos del Zebedeo, cuando éstos le pidieron los dos primeros lugares en el Reino del Cielo y El respondió: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber? Le dijeron: «podemos»” (Mt 20,22).

            Para salvarnos, todos hemos de beber el cáliz del sacrificio, de la renuncia a los propios gustos aun cuando sean lícitos, a las propias inclinaciones cuando ellas nos arrastran por el camino del mal, a las propias comodidades si son exageradas, y, al contrario, hemos de abrazar los sacrificios que la vida trae consigo, tanto de orden material y físico como moral, social y espiritual.

            Ahora, este sacrificio cae sobre todos, lo mismo sobre aquellos que no tienen la felicidad de poseer el don de la fe. También ellos encontrarán en su camino el sacrificio, porque toda la humanidad está marcada con la señal de la cruz redentora de Cristo, aunque no la conozca o no quiera aprovecharse de ella. Todos hemos de llevar la parte de la cruz de Cristo que nos toca en la obra de la redención, porque la cruz pesa por causa del pecado o, mejor, el peca- do trae consigo el peso de la cruz.

            En verdad, fue para borrar de nos- otros las manchas del pecado por lo que Jesús tomó sobre sí el peso de la cruz. Pero, para que este acto de Cristo nos aproveche, es preciso que cada uno de nosotros lleve, con fe y amor, su propia cruz detrás de la de Cristo, en unión con Cristo; en otras palabras, es preciso el sacrificio, aceptado y ofrecido a Dios con Cristo por los propios pecados y por los pecados de nuestros hermanos. Es en este sentido en el que el mensaje nos pregunta a todos, porque él es para todos: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”

            Pero, para una naturaleza frágil y decaída por el pecado como la nuestra, el soportar constante, generosa y meritoriamente el sacrificio no es posible sin un auxilio especial de la gracia de Dios que nos sustente y consuele. Por eso, Nuestra Señora respondió al sí pobre y humilde de las criaturas con la promesa del auxilio de la gracia: “Id, pues; tenéis que sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.”

            ¡Oh!, estas palabras de Nuestra Señora son para nosotros ¡un faro de luz! En efecto, conocemos nuestra propia flaqueza y sabemos que, por nosotros mismos, no somos capaces de producir frutos de Vida Eterna, sino sólo unidos a Cristo, como Él nos dice en el Evangelio: “El que permanece en mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

            Es por eso que la Madre de Dios nos promete el consuelo de la gracia de Dios. Consuelo, en el sentido de gracia que nos viene a consolar, animar, ayudar y amparar. Y en esta certeza florece la inspiración de la confianza que hemos de tener en Dios.

            El soportar el sacrificio que nos corresponde en nuestro día a día se vuelve un martirio lento que nos purifica y eleva hacia lo sobrenatural, para el encuentro de nuestra alma con Dios, en esa atmósfera de la presencia de la Santísima Trinidad en nosotros. Se encuentra aquí ¡una riqueza espiritual incomparable! La persona que comprende esto vive sumergida en la luz: en esa luz que no es la del sol ni la de las estrellas, pero sí el manantial donde la otra luz dimana y recibe el ser. Es una luz viva, que ve y penetra al mismo tiempo que ilumina y hace ver lo que quiere mostrar. Es la luz viva de Dios.

            Por eso, las pobres criaturas, al verse inundadas por esa luz y, sin entender bien lo que decían, son llevadas a repetir: “¡Oh Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío, Dios mío, os amo en el Santísimo Sacramento!”  Era la moción de lo sobrenatural a realizar con ella lo que ellas, por sí mismas, eran incapaces de hacer. Las llevaba a creer en la presencia real de Dios en la Eucaristía. Es el don de la fe que Dios concede a nuestra alma con el sacramento del bautismo.

            Y Nuestra Señora termina su mensaje, de ese día 13 de mayo de 1917, diciendo: “Rezad el rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra”.

            ¿Cuál habrá sido el motivo por el que Nuestra Señora nos mandó rezar el rosario todos los días y sin embargo no nos mandó ir todos los días a la Santa Misa?

            Se trata de una pregunta que me ha sido hecha muchas veces, y a la cual gusto de dar respuesta ahora. Certeza absoluta del porqué no la tengo, porque Nuestra Señora no lo explicó y a mí tampoco se me ocurrió preguntarle. Digo, por eso, simplemente lo que me parece y me es dado comprender a este respecto. En verdad, la interpretación del sentido del mensaje la dejo enteramente libre a la Santa Iglesia, porque es a ella a la que pertenece y compete; por eso, humildemente y de buena voluntad me someto a todo lo que ella dijere y quisiere corregir, enmendar o declarar.

            Respecto a la pregunta arriba hecha, pienso que Dios es Padre. Y como Padre se acomoda a las necesidades y posibilidades de sus hijos. Ahora, si Dios, por medio de Nuestra Señora, nos hubiese pedido ir todos los días a participar y comulgar en la Santa Misa, ciertamente habría muchos que dirían, con justo motivo, que no les era posible. Unos, a causa de la distancia que los separaba de la iglesia más próxima en donde se celebra la Eucaristía; otros, porque no lo permiten sus ocupaciones, o sus deberes de estado, o empleo, o su estado de salud, etc. Al contrario, el rezo del rosario es accesible a todos, pobres y ricos, sabios e ignorantes, grandes o pequeños.

            Todas las personas de buena voluntad pueden y deben, diariamente, rezar su rosario. Y ¿para qué? Para ponernos en contacto con Dios, agradecer sus beneficios y pedirle las gracias de que tenemos necesidad. Es la oración que nos lleva al encuentro familiar con Dios. Como el hijo que va a estar con su padre para agradecerle los beneficios recibidos, tratar con él sus asuntos particulares, recibir su orientación, su ayuda, su apoyo y su bendición.

            Dado que todos tenemos necesidad de rezar, Dios nos pide diariamente una oración que está a nuestro alcance, la oración del rosario, que tanto se puede hacer en común como en particular, tanto en la iglesia delante del Santísimo como en casa en familia o a solas, tanto por el camino yendo de viaje como en un tranquilo paseo por los campos. La madre de familia puede rezar mientras mece la cuna del hijo pequeño o trata del arreglo de la casa. Nuestro día tiene veinticuatro horas... ¡no será mucho reservarse un cuarto de hora para la vida espiritual, para nuestro trato íntimo y familiar con Dios!

            Por otro lado, yo creo que, después de la oración litúrgica del santo sacrificio de la Misa, la oración del santo rosario, por el origen y sublimidad de las oraciones que lo componen y por los misterios de la redención, que recordamos y meditamos en cada decena, es la oración más agradable que podemos ofrecer a Dios y de mayor provecho para nuestras almas. Si así no fuese, Nuestra Señora no lo habría recomendado con tanta insistencia.

            Al decir rosario, no quiero significar que necesite que contemos las veces que le dirigimos nuestras súplicas, alabanzas o agradecimientos. Ciertamente Dios no precisa que los contemos. ¡En Él todo está presente! Pero nosotros precisamos contarlo, para tener la conciencia viva y cierta de nuestros actos y saber con claridad si hemos o no cumplido lo que nos propusimos ofrecer a Dios cada día para preservar y aumentar nuestro trato de directa convivencia con Dios y, por ese medio, conservar y aumentar en nosotros la fe, la esperanza y la caridad.

            Aún diré que incluso aquellas personas que tienen posibilidad de tomar parte diariamente en la Santa Misa, no deben por eso descuidarse de rezar diariamente su rosario. Bien entendido que el tiempo apropiado para el rezo del rosario, no es aquel en que se toma parte en la Santa Misa. Para esas personas, el rezo del rosario puede considerarse una preparación para participar mejor en la Eucaristía o también como una acción de gracias a lo largo del día.

            No sé bien, por el poco conocimiento que tengo de trato directo con las personas en general, pero veo que es muy limitado el número de almas verdaderamente contemplativas que mantienen y conservan un trato de íntima familiaridad con Dios, que las prepare dignamente para la recepción de Cristo, en la Eucaristía. Así, también para éstas, se hace necesaria la oración oral, meditada lo más posible, ponderada y reflexiva, como debe ser el rosario.

            Hay muchas y bellas oraciones que bien pueden servir de preparación para recibir a Cristo en la Eucaristía y para mantener nuestro trato familiar de íntima unión con Dios. Pero no me parece que encontremos alguna más que se pueda indicar y que mejor sirvaa todos en general, como la oración del rosario. Por ejemplo, la oración de la liturgia de las horas es maravillosa, pero no creo que pueda ser accesible a todos ni que alguno de los salmos recitados pueda ser bien comprendido por todos en general. Pues requiere una cierta instrucción y preparación que a muchos no se puede pedir.

            Tal vez por todos estos motivos y otros que nosotros no conocemos, Dios, que es Padre y comprende mejor que nosotros las necesidades de sus hijos, quiso pedir el rezo diario del rosario condescendiendo hasta el nivel simple y común de todos nosotros para facilitarel camino de acceso a Él.

            En fin, teniendo presente lo que nos tiene dicho sobre la oración del rosario, el magisterio de la Iglesia a lo largo de los años alguna cosa os recordaré más adelante, y lo que Dios, por medio de su mensaje, tanto nos recomienda, podemos pensar que aquélla es la fórmula de oración, oral que a todos, en general, más nos conviene, y de la cual debemos tener sumo aprecio y en la cual debemos poner el mejor empeño para no dejarla nunca. Porque, mejor que nadie, saben Dios y Nuestra Señora aquello que más nos conviene y de lo que tenemos más necesidad. Y será un medio poderoso para ayudaos a conservar la fe, la esperanza y la caridad.

            Igual para las personas que no saben o no capaces de recoger el espíritu para meditar, el simple acto de tomar las cuentas en la mano para rezar es ya un acordarse de Dios, y mencionar en cada decena un misterio de la vida de Cristo es ya recordarlos, y este recuerdo dejará abiertas nuestras almas para tener la luz de la fe que sustenta la mecha que aún humea, no permitiendo así que se extinga del todo. Por el contrario, los que abandonan la oración del rosario y no toman diariamente parte en el santo sacrificio de la Misa, nada tienen que los sustente, acabando por perderse en el materialismo de la vida terrena.

            Así, el rosario es la oración que Dios, por medio de su Iglesia y de Nuestra Señora, nos tiene recomendada con mayor insistencia a todos en general, como camino y puerta de salvación: “Rezad el rosario todos los días” (Nuestra Señora, 13 de mayo de 1917).

 

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA escrito por Sor Lucía)

 

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