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  “Dios mío, CREO...”

            Estábamos en la primavera de 1916 Supongo, porque entonces, como niña, no me preocupaba de fechas, ¿posiblemente ni sabría en qué día del mes estaba! En ese momento, pues, encontrándose los humildes pastorcitos de Fátima, en la ladera del llamado monte del "Cabeço", al abrigo de una roca a la que dieran el nombre de "Loca", vieron a cierta distancia un joven, como si fuese una luz, que se aproximaba y, al llegar junto a ellos, dice:

—‘No temáis, soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo’.Y arrodillado en tierra curvó la frente hasta el suelo, repitiendo por tres veces las siguientes palabras: Dios mío, yo creo, adoro, espero y Os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Os aman’. Enseguida se levantó y concluyó diciendo: ‘Orad así; los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas’.

            El primer llamamiento que Dios nos dirige aquí por medio de Su enviado es un llamamiento a la fe: ¡Dios mío, yo creo!

            La fe está en la base de toda la vida espiritual. Es por la fe como creemos en la existencia de Dios, en Su poder, en Su sabiduría, en Su misericordia, en Su obra redentora, en Su perdón y en Su amor de Padre.

            Es por la Fe que creemos en la Iglesia de Dios, fundada por Jesucristo, en la doctrina que ella nos transmite y por medio de la cual seremos salvos

            Es la Luz de la Fe la que guía nuestros pasos, conduciéndonos por la vía estrecha que lleva al Cielo.

            Es por la Fe que vemos a Cristo en nuestros hermanos, que los amamos, servimos y ayudamos, cuando precisan de nuestro auxilio.

            E además por la fe que nos viene la certeza de la presencia de Dios en nosotros; de que estamos siempre bajo la mirada de Dios.

            Es este mirar de Luz, omnipotente e inmenso, que se extiende por todas partes, que todo lo ve, que todo lo penetra, con nitidez única y propia sólo del Sol divino, cara al cual el sol que vemos y nos alumbra, no es más que un pálido reflejo, una tenue centella emanada de la luz del inmenso ser que es Dios.

            Esto que acabo de deciros, no es nuevo; lo dijo ya San Juan en el inicio de su Evangelio "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron." (Jn. 1, 1-5)

            En este pasaje, San Juan nos habla del Ser eterno del Verbo de Dios; nos dice que todo fue creado por Él; todo recibió de Él el ser que tiene. En Su poder, bondad y sabiduría infinita, Dios comunica a todo cuanto existe los dones necesarios para su subsistencia. ^por eso, todo depende de Él, y sin Él nada puede continuar existiendo.

            San Juan nos habla también de la luz de Dios, diciendo que esa luz es nuestra vida: "En Él estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres". También, nuestra vida es un destello de la luz de Dios, un reflejo en nosotros. Partió de Dios y hacia Dios ha de volver, si el pecado no la desvía.

            Estas verdades abren frente a nosotros caminos de luz. Depende de nosotros el querer seguirlos. Todo cuanto existe es una manifestación de Dios, de Su obra creadora, providente y redentora.

             En estos tiempos en que la ciencia ha hecho tantos progresos, en que hombres decididos consiguieron pisar la luna, y el mundo se gloría de innumerables avances, ninguno de los sabios modernos se olvide del nombre y grandeza del Artífice que fabricó todos estos mundos, donde ellos tanto desean penetrar.

            A propósito, os cuento lo que me sucedió, hace unos años: sé que nos había entonces llegado la noticia de dos astronautas que, dirigiéndose hacia la luna, no consiguieron llegar a la meta que se proponían Fui a nuestra tapia, con el fin de ir junto a la imagen del Corazón Inmaculado de María que allí veneramos. Al salir de la puerta de la casa, me detuve unos momentos a observar las abejas de una colmena que tenemos enfrente: ¡trabajaban afanosamente! En esto reparé en una hormiguita que trepaba por el hilo de una tela de araña, queriendo subir por allí a la colmena. Pero una abeja que regresaba de fuera, con las patas llenas de polen golpeó en el hilo, lo quebró y la hormiga cayó en el suelo, con su intento frustrado.

            Me acordé entonces de los astronautas que andaban perdidos en el espacio, tuve pena de ellos y pensé: esta hormiga cae en el suelo, ¡y la abeja entra triunfante en la colmena con el fruto de su labor! Las dos son la imagen del poder de la ciencia humana puestas en paralelo con el poder y la ciencia de Dios. Cuántos estudios, cuántos cálculos y esfuerzos y sacrificios han costado a los hombres el ideal de conseguir pisar el suelo de un astro mientras, Dios, lo creó con un solo acto de Su querer, de Su sabiduría y de Su poder. Omnipotente como es, Él allá lo colocó y conserva, siempre en la misma posición, siguiendo siempre la misma ruta que Dios le marcó y hasta que Dios así lo quiera. Y no es sólo la luna... Son todos los otros astros, conocidos y desconocidos, que giran en el espacio y adonde los hombres ni siquiera piensan llegar. Tenemos aquí, de lado a lado, la grandeza de Dios y la impotencia del hombre.

            Con estos pensamientos, tomé en las manos el Rosario y fui hasta junto la imagen de Nuestra Señora a rezar, pidiéndole que, ya que Dios no quería conceder a esos hombres la gracia de haber pisado el suelo lunar, por lo menos les diera la gracia de volver, con vida y salud, a su patria y al seno de sus familias.

            Pero la fe no consiste sólo en creer en la existencia de Dios, en Su poder y en Su sabiduría; ella tiene otras muchas ramas hacia donde se extiende y hasta donde nuestra plena adhesión debe llegar.

            La palabra de Dios, contenida en las páginas sagradas es una revelación que no podemos negar, porque - como nos declara Jesucristo en Su Evangelio- ¿"No creéis que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os digo, no las hablo por Mí mismo. El Padre, que está en Mí, realiza Sus obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí; y si no, creed por las ogras mismas." (Jn. 14, 10-11).

            Vemos que Jesucristo llama nuestra atención hacia Sus obras porque las obras son el verdadero testimonio de lo que cada uno es, y confirman su palabra. Por eso, cuando San Juan Bautista envió a sus discípulos a Jesús para preguntar si Él era el Mesías o habían de esperar a otro, "Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y os cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el Evangelio." (Mt. 11, 4-5). Como ninguno, a no se Dios, puede hacer estos milagros, Jesús confirma con ellos Su palabra y Su poder de vida: "El que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida."(Jn. 5, 24).

            Como vemos, la palabra de Jesucristo es la palabra de Dios porque Jesucristo es Dios en todo igual al Padre, pudiendo afirmar "Yo y el Padre somos uno". (Jn. 10,30). En verdad, Jesucristo es el Hijo de Dios que se hizo hombre en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios." (Lc. 1, 35).

            Cuando, en la anunciación, el Ángel dirigió estas palabras, proclamó la divinidad del Hijo que había de tomar carne humana en su seno materno y nacer, para hacerse igual a nosotros, visible a nuestros ojos y así poder operar el misterio de nuestra Redención.

            Jesucristo es, pues, Dios y hombre verdadero. Su palabra es vida eterna para aquellos que la escuchan y cumplen; rehusarla es labrar la propia sentencia de condenación, como nos dice el Señor: "Si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, ya que no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Quien me desprecia y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ésa le juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por Mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que he de decir y hablar. Y sé que Su mandato es vida eterna; por tanto, lo que Yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así lo hablo." (Jn 12, 47-50)

            Él había dicho: "Las palabras que Yo os digo son espíritu y vida". (Jn. 6, 63). La palabra de Cristo es la palabra del Padre: "El Padre que me envió es quien determinó lo que debo decir y anunciar".Así Cristo vino al mundo, no para destruir la ley de Dios, sino para completarla, perfeccionarla y aclararnos su verdadero sentido y sobre el modo como debemos comprenderla y practicarla: "No penséis que vine a abrogar la Ley o los Profetas, no vine a abrogarla sino a completarla"(Mt. 5, 17)

            Jesucristo vino al mundo como maestro para enseñarnos, para guiar nuestros pasos por el camino de la verdad, de la justicia, de la caridad y de la vida. Porque cualquier otro camino que no sea el que Él nos trazó es un camino que lleva a la muerte eterna.

            Un día, "unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús y le dijeron: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?, pues no se lavan las manos cuando comen pan. Él les respondió: ¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre. Y el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís que si alguien dice a su padre o a su madre: Cualquier cosa mía que te aproveche sea declarada ofrenda, ése ya no tiene obligación de honrar a su padre. Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo:

            "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos de hombres." (Mt. 15, 1-9).

            Desde este texto, salta a la vista cómo habían corrompido la ley de la justicia y de la caridad, que manda siempre y primero que todo socorrer al prójimo, más aún si se trata del padre o de la madre. Y es igualmente justo, caritativo y necesario socorrernos mutuamente unos a los otros. Así nos ensenó Jesucristo cuando dice:"Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes". (Mt. 12, 7).

            De aquí se deduce cuán grande era la necesidad de un esclarecimiento sobre el sentido de la ley de Dios, porque los hombres la habían interpretado al revés. Tal esclarecimiento, lo tenemos en Cristo, que nos fue enviado por el Padre, y por eso mismo puede decirnos: el que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida. (Jn. 5, 24).

            Su doctrina es precisa y exacta. Pero, para cumplir la palabra de Jesucristo, es necesario conocerla y creer en Él; porque ¿cómo vamos a cumplir una ley que no conocemos, o, si no conocemos a la persona que la promulgó? Es preciso, pues, aceptar la persona de Cristo.

            En el mundo, desgraciadamente hay mucha gente que se precia de sabia, pero de las leyes de Dios poco o nada sabe; y lo peor es que muchas veces, la gente las critica, no porque las conoce bien, sino porque ve en ellas un dique a las propias pasiones desordenadas, a la falta de justicia y de caridad. Y, sin embargo, las leyes de Dios son aquello que, a todos nosotros, más nos debía interesar conocer, porque es por ellas que seremos salvados o condenados.

            Otros hay que hasta conocen las leyes de Dios, pero les dan una interpretación errónea, opuesta al sentido de Cristo, creyendo que con eso justifican los desórdenes de la propia conducta; así ellos se hacen gran mal a sí mismos y al prójimo, al cual engañan con sus malos ejemplos, con su mentalidad y sus palabras equivocadas. Son como aquellos acerca de los cuales Jesucristo dice: "Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo."(Mt. 15, 14)

            Debemos, pues, tener cuidado con ellos, según la regla que nos dio Jesucristo, podemos conocerlos por las propias obras: "Porque no hay árbol bueno que dé mal fruto, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla la boca." (Lc. 6, 43-45). Ésta es la regla orientadora que nos dejó Jesucristo: mirar hacia las obras de los que se presentan como guías, en los caminos de la vida; ver si están de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia de Dios, fundada por Cristo, la única verdadera, que posee el don de la infalibilidad en el reconocimiento y declaración de la Verdad de Cristo, por la asistencia del Espíritu Santo: "Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros." (Jn. 14, 16-17).

            Esta promesa de Jesucristo, hecha a su Iglesia, nos da certeza absoluta en los caminos de la fe, que debemos recorrer y que nos son trazados por la Iglesia de Cristo, porque ésta es guiada por el Espíritu Santo; es el Espíritu Santo quien nos habla por la boca de la Iglesia.

            En varias ocasiones, me ha sido hecha la siguiente pregunta: "Pero ¿cómo hemos nosotros de saber cuál es la verdadera Iglesia de Cristo?"

            La respuesta a esta pregunta os seria dada mejor por los teólogos que estudian, que, por mí, pobre e ignorante. Ni tampoco me atrevería a responder, si no fuese el texto sagrado a aclarárnoslo.

            San Mateo nos cuenta cómo Jesucristo, habiendo ido con Sus Apóstoles para la región de Cesaría de Filipo -durante la travesía del lago para llegar allí, el Maestro los había prevenido contra las doctrinas falsas de los fariseos, que no creían en Él- les hizo la siguiente pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?             Respondiendo Simón Pedro dijo: Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos."(Mt 16. 15-19)

            Fue así cómo Jesucristo constituyó a San Pedro Jefe y Cabeza visible de Su Iglesia en la tierra, con todos los poderes para gobernarla, dirigir e instruir, bajo la acción y asistencia permanente del Espíritu Santo, por medio del cual el divino maestro le concedió el don de la "infalibilidad". Si así no fuese, pienso que Jesucristo no podía comprometerse a dar por bien hecho en el Cielo, todo aquello que Sus representantes hiciesen, en Su nombre, en la tierra. Todos nosotros sabemos muy bien cómo todos los hombres, en cuanto simples criaturas, están sujetos a deficiencias y a engaños; por eso aquello que nos asegura la infalibilidad de la Iglesia es la asistencia del Espíritu divino, que Jesucristo le prometió: "La palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros, pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho". (Jn. 14, 24-26). Y el Señor, volviendo al asunto, dice: "Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por Sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir."(Jn. 15, 26; 16, 13)

            Tenemos, así, asegurada la infalibilidadde la Iglesia, en la palabra de Cristo, que es la Verdad Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por Mí (Jn. 14, 6).

            Nuestro camino es la palabra de Cristo, confiada a su Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.

            Pero, vuestras preguntas han ido más lejos: "Entre las varias iglesias que se dicen cristianas ¿Cuál es la primitiva y la verdadera?"

            Como vimos, Jesucristo escogió a San Pedro para designarle Jefe y Cabeza de Su Iglesia en la tierra. Le confió el depósito de Su doctrina, para que él la guardara y enseñara conjuntamente junto con todos aquellos que permanecieran unidos en la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad.

            San Juan nos cuenta que Jesucristo, un día, después de haber resucitado ya, esperó en la playa a los Apóstoles que andaban pescando, teniéndoles preparado pez asado y pan cuando descendieron de la barca. "Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que a éstos? Le respondió: Sí Señor, Tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. De nuevo le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Si, Señor, Tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez si le amaba, y le respondió: Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas."(Jn. 21, 15-17)

            Jesucristo, confió a la custodia de San Pedro todo el rebaño que es Su Iglesia: los corderos y las ovejas, las ovejas y los pastores. Por lo tanto, la verdadera Iglesia de Cristo está constituida por todos aquellos que permanecen unidos a Pedro por la misma fe, por la misma esperanza y por el mismo amor, que es la caridad de Cristo. "Dios es caridad"; y, por eso exige de Su Representante una triple declaración de Amor.

            En verdad, la Iglesia de Dios es la Iglesia de la caridad, del Amor.Esto mismo pidió Jesucristo al Padre poco antes de entregarse a la muerte por nosotros: "Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. (...) No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en Mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a Mí". (Jn. 17, 11; 20-23)

Vemos que Jesús ruega al Padre no sólo por los Apóstoles, sino también por todos nosotros que habíamos de creer en Él y en Su palabra, que nos sería transmitida por los Apóstoles y sus sucesores. Y ¿qué pide Él al Padre? Que los miembros de Su Iglesia permanezcan tan unidos entre sí que formen uno sólo: "No ruego solamente por éstos, sino también por aquellos que, por su palabra, han de creer en Mí, para que todos sean uno", y esto "para que el mundo reconozca que Tú me enviaste y los amaste como me amaste a Mí"y "Para que ellos sean perfectos en la unidad".

            Con estas palabras, Jesucristo nos revela cuál debe ser la unidad de Su Iglesia: una única, una sola. Una única unidad que no admite partes: "Dales la gloria que Tú me diste para que sean uno como nosotros somos uno". Unidos por la misma fe, esperanza y caridad.

            Antes de esta oración a Su Padre, Jesús se detiene largamente a hablar con Sus discípulos diciéndoles en cierto momento: "Permaneced en Mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en Mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden." (Jn. 15, 4-6). En esta alegoría de la viña y de los sarmientos, vemos que la vida de los miembros del Cuerpo Místico que es la Iglesia depende de la unión de ellos con Cristo. Él es la cabeza de la Iglesia en la persona de su Representante y nosotros somos los miembros. Él es la vid y nosotros somos los sarmientos. Así como el sarmiento separado de la vid se seca y no da fruto, del mismo modo si nosotros, por el pecado, nos separamos de la verdadera cepa, que es Cristo, dejando de nutrirnos de la sabia de Su gracia, morimos, secamos, no damos fruto y para nada más valemos que para el fuego eterno.

            Tenemos aquí bien definida la suerte de los que, desorientados por falsas ideas, por las tentaciones del mundo, del Demonio o de la carne, se dejan arrastrar y se separan del verdadero Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Sin seguirlos, debemos orar y sacrificarnos por ellos, para que regresen al buen camino, porque Dios no quiere que el pecador se pierda, sino que se convierta y viva.

            Éste es el motivo por el que nuestra Señora tanto nos recomendó la oración y el sacrificio por la conversión de los pecadores: "Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Van muchas almas al infierno, por no haber quien se sacrifique y pida por ellas". (Fátima, 19 de agosto de 1917).

            Por lo tanto, por nuestra unión con Cristo mediante Su Iglesia, debemos volvernos víctimas de expiación y de súplica por la conversión de nuestros hermanos. En eso está el punto ideal de nuestra caridad: amar a aquellos que tal vez hablan mal de nosotros, nos contradicen y persiguen. Nuestro perdón, ofrecido a ellos en la luz de la fe, de la esperanza y de la caridad, los atraiga de nuevo hacia los brazos de Dios.

            Es así que la Iglesia de Dios es una:una sola, unida por los lazos del perdón, del amor y de la fe. Es una y católica, universal, como nos enseñó y mandó Jesús: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará". (Mc. 16, 15-16)

            La Iglesia de Jesús es apostólica: fue confiada por Jesucristo a los Apóstoles y a sus sucesores que de ellos recibieran el fiel testimonio de la redención, con la misión de hacerlo presente y vivificante hasta los últimos confines de la tierra y de la historia: "Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discipulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo."(Mt. 28, 18-20).

            Jesucristo nos asegura aquí no sólo que confía Su Iglesia a los Apóstoles, sino también que estará con ellos hasta el fin del mundo en la persona de sus sucesores. Esta presencia del Señor en Su Iglesia fortalece nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, porque la Iglesia de Dios es Cristo entre nosotros, es Cristo en cada uno de nosotros en cuanto miembros del Cuerpo Místico, de Su Iglesia.

            También decimos que la Iglesia de Cristo es romana, porque San Pedro fue el primer Obispo de Roma. Siendo Jefe y Cabeza visible de la Iglesia de Cristo, allí estableció la Cátedra del Supremo Pontificado, esto es, del Jefe y Cabeza visible de la única y verdadera Iglesia de Dios, fundada por Jesucristo. Así, todos los que son legítimamente elegidos Obispos de Roma se constituyen, por derecho, en verdaderos sucesores de San Pedro, en cuanto representante de Cristo en la tierra, Jefe y Cabeza visible de Su Iglesia; es el Santo Padre.        

            Por todo esto, unimos nuestra oración a la oración de Cristo, pidiendo al Padre la unidad de Su Iglesia, para que el mundo crea que Cristo es el enviado del Padre y, unidos en la misma fe, en la misma esperanza y en la misma caridad formemos todos un mismo Cuerpo Místico de Cristo, y por Cristo, todos seamos salvos.

            "Ciertos, pues, de que la verdadera Iglesia de Dios es la Iglesia Católica, apostólica y romana, fundada por Jesucristo, continuada por los Apóstoles y por sus sucesores, todos debemos permanecer unidos a ella en la misma FE, en la misma ESPERANZA y en la misma CARIDAD, acatando sus orientaciones y recorriendo los caminos por ella señalados, porque ella es la depositaria de la verdadera ley de Dios y de la doctrina enseñada por Jesucristo”.

            “Debemos creer en ella, confiar en ella, respetarla, amarla, escuchar sus enseñanzas, seguir sus pasos y permanecer unidos a su Jefe, que es Cristo, en la persona del Sumo Pontífice de Roma, único verdadero Vicario de Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico del cual nosotros somos miembros por la FE en Cristo, como nos dice el Apóstol Sn Pablo: 'Porque todos nosotros, tanto judíos como griegos, tanto siervos como libres, fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos’”. (1Cor. 12, 13-14)

            y en la carta a los Efesios, nos aclara todavía más sobre esta nuestra unidad en Cristo: "Por Él también vosotros, una vez oída la palabra de la verdad -el Evangelio de nuestra salvación-, al haber creído fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, para la redención de su pueblo adquirido, para alabanza de su gloria". (Ef. 1, 13,14).

            Fuimos, por tanto, creados y escogidos por Dios para hacernos alabanza de Su eterna gloria. Ser alabanza de Su gloria: ¡es el fin más alto, a que Dios nos podía haber destinado! Es tener en nosotros, por participación la gloria de Dios, con la cual Le podemos alabar; es hacernos poseedores de la honra de Dios, con la cuál le podemos engrandecer; es ser revestidos de la dignidad de Cristo, con la cual le podemos dignificar, contribuir para que aumente esta dignidad en los miembros de Su Cuerpo Místico, para que cada uno se vuelva cada vez más digno. Para eso es necesaria una plena donación al Señor, una vida fe, esperanza y amor

¡Ave María!

(del libro: LLAMADAS DEL MENSAJE DE FÁTIMA de Sor Lucía)

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