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El impacto de la francmasonería

Desde la época del rey Juan IV (1603—1656), la Iglesia Católica gozó de relativa paz en Portugal durante unos doscientos años.

Pero después la francmasonería entró en la política portuguesa.

Sus seguidores estaban en contra de la monarquía cristiana, así como contra la Iglesia Católica.

Querían establecer una república sin Dios y humanista, totalmente construida sobre los ideales masónicos, y por eso aprobaron una serie de leyes anticatólicas.

Las órdenes religiosas fueron proscritas y muchos religiosos fueron expulsados del país.

Las iglesias fueron saqueadas, las propiedades eclesiásticas confiscadas, los conventos y monasterios fueron cerrados y los seminarios fueron sometidos a control estatal.

Se prohibió la celebración pública de fiestas religiosas y el uso del traje clerical en público.

Se legalizó el divorcio y se prohibió la instrucción religiosa en todas las escuelas.

Estas medidas anticatólicas culminaron con la Ley de Separación de Iglesia y Estado que fue aprobada el 20 de abril de 1911.

El líder de los francmasones, Alfonso Costa, se jactó: “Gracias a esta ley de la separación, en dos generaciones el catolicismo quedará completamente eliminado en Portugal”.

Los católicos leales intentaron derrocar al gobierno masónico, pero no tuvieron éxito.

Una vez que comenzó la I Guerra Mundial, nada se podía hacer hasta que terminara la guerra.

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