NOVIEMBRE DEDICADO A LAS ALMAS DEL PURGATORIO DÍA 23

La mayor entre todas las virtudes del cristianisino es la caridad, dice San Pablo, y nosotros ejercitamos la caridad en el grado más perfecto cuando procuramos socorrer a las almas del Purgatorio en sus miserias.
Grande acto de caridad es alimentar al hambriento que desfallece, vestir al desnudo que se hiela de frío, visitar al enfermo a quien aquejan los más vivos dolores; mas el objeto de tal caridad es el cuerpo, mientras que el de los piadosos sufragios es el alma; y así cuanto el alma sobrepuja en dignidad al cuerpo, tanto excede la caridad con los muertos a la que se practica con los vivos.
No se pretende excluir la una con el ejercicio de la otra; antes bien la mira de todo buen cristiano debe consistir en hermanar a entrambas, socorriendo con una mano al pobre y sufragando con la otra al Purgatorio, puesto que con la doble caridad se ayuda a unos y a otros más copiosamente, y más nos asemejamos a Jesucristo, Autor divino de nuestra Religión sacrosanta.
Esforcérnonos, pues, por llenar tan noble empresa, y alcanzaremos copiosas bendiciones de la tierra y del cielo.
Cuando nos decidimos a socorrer las necesidades de nuestro prójimo, nos mueve por lo común un espíritu de suyo piadoso y sensible.
La vista de una necesidad presente hiere grandemente los sentidos у asalta nuestro corazón; por manera que no queda, por decirlo así, en nuestra mano el rehusar socorrerla, y brotan de nuestros ojos las lágrimas casi sin quererlo nosotros: la mano se nos mueve como espontáneamente a hacer el bien; y cuanto un corazon esté mejor formado, tanto mayormente se afecta por compasión sensible y por ternura.
Pero cuando dirigimos nuestros afectos bienhechores al Purgatorio, ningún objeto se nos presenta bajo el dominio de los sentidos: nuestro ánimo está purificado de toda emoción terrena; nuestra caridades del todo espiritual.
Por lo mismo se acrecienta siempre su mérito, lo que debería aficionarnos a practicarla con todo esmero.
La caridad, finalmente, reconoce un orden y exige que se provea ante todas cosas a quien yace sumido en las más graves miserias, a quien menos puede ayudarse por sí mismo, a quien está unido a nosotros con más estrecho lazo y más sólida y constantemente arraigado en la amistad de su Dios.
Pero, ¿y cuáles miserias, por grandes que sean en esta tierra, pueden compararse con la pena tan grave del Purgatorio?
¿Quién es más incapaz de ayudarse por sus propias fuerzas que las almas aherrojadas en aquella lóbrega prisión, pues que nada pueden merecer por sí mismas?
¿Dónde se hallan más íntimas relaciones con nosotros que las suyas, si cuanto hay en la sociedad, en la Iglesia, en el orden de la naturaleza y de la gracia, nos une a ellas con dobles vínculos?
¿Y quién, finalmente, puede sobrepujarlas en el carácter de la santidad y en la amistad con su Dios, cuando ya están confirmadas en los dones y en la gracia de su Señor?
Todo, pues, conspira a hacernos que empleemos en ellas los afectos de nuestra caridad; ¿y será posible que a pesar del vehemente impulso que recibimos por tantos lados, permanezcamos lánguidos e indolentes?
¡Ahl Reanímese en nuestro pecho la encendida caridad propia del cristianismo, y hagamos experimentar a aquellas almas sus más copiosos efectos.
ORACIÓN
¡Oh caridad eterna de Dios, de la cual se propaga toda caridad en el mundo!
Descienda una sola chispa de tu divino fuego sobre nuestros corazones que haga nuestra caridad de todo punto perfecta.
Entonces apreciaremos más las miserias de las almas que las de los cuerpos; entonces nuestra caridad quedará purificada de todo afecto terreno y sensible; entonces conservará sus grados y la perfección de aquel orden que de Ti procede, y se convertirá en un incendio inextinguible de amor en beneficio y alivio de los difuntos.
¡Oh caridad, caridad de Dios! Inflama tú nuestros corazones, y nuestro ardor sabrá entonces superar al del Purgatorio, y hará felices para siempre las almas sumergidas en aquel voracísimo incendio.
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