DICIEMBRE MES DE LA INMACULADA – DIA 17

HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARÍA
La muerte habla puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber espirado, presentase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas.
A la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cuerpo de Jesús se siente estremecer, sospechando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre. Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra contra el desnudo costado del Salvador.
Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cuerpo y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado sana.
María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que templaba su amargura con el amor que la demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cuerpo yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos.
Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino crueles verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cuerpo despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a Dios como una ofrenda.
Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte.
¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nosotros fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida abierta en él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las tempestades y un blando nido en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes instables y de los falsos goces del mundo.
JACULATORIA
¡Oh corazón sin mancilla!
sé nuestro amparo en la muerte
y nuestro asilo en la vida.
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Las reflexiones de este mes estan tomadas del libro:
MES DE MARÍA INMACULADA POR EL PRESBÍTERO
RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ
CON APROBACIÓN DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA
IMPRIMATUR
Barcelona 25 de enero de 1906
El Vicario General. Provisor
JOSÉ PALMAROLA
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