DICIEMBRE MES DE LA INMACULADA – DIA 30

LA DEVOCIÓN A MARÍA
La devoción a María es tan antigua como el mundo y tan prolongada como la historia. Nació el mismo día en que, en medio de la catástrofe del paraíso, fue anunciada al mundo como la colaboradora del linaje humano. El mismo Jesús, mientras estuvo en la tierra, fue el maestro de esa devoción consoladora que tantas horas felices y tantos consuelos inefables depara a los desgraciados peregrinos de la tierra.
La devoción no es más que una expresión del amor interno. Y ¿quién dio manifestaciones más tiernas y elocuentes de amor hacia María que su divino Hijo? Cuando pendiente del cuello de María imprimía en sus mejillas ternísimos ósculos de amor; cuando corría a refugiarse en el regazo de su madre para dormir allí el sueno de los ángeles; cuando la acompañaba en sus veladas y compartía con Ella el fruto del trabajo; cuando, en fin, próximo a espirar en la cruz, la recomendó a la solicitud del más amado de sus discípulos, ¿qué otra cosa hacía Jesús sino enseñarnos a amar a María?
Jesucristo quiso dejar establecida en el mundo la devoción a su Madre juntamente con la Iglesia. Por eso los apóstoles, herederos del espíritu de su Maestro, propagaron la devoción a María al mismo tiempo que llevaban a todas partes la luz del Evangelio, La Iglesia, por su parte, la ha conservado, propagado y defendido con el celo que requieren los grandes intereses de las almas. Por eso todos los hijos de la Iglesia emulan en entusiasmo por el culto de la Madre de Dios.
¡Desventurado de aquel cuyo corazón esté negado a los dulcísimos consuelos que esa devoción produce en el alma! Como es triste y amarga la condición de un pobre huérfano, que jamás conoció las ternuras del amor maternal, así es triste y digna de compasión la condición del hombre que no ha probado las delicias que se encierran en el amor a María.
Y nada hay más justo que esa devoción. Ella es el Refugio de los pecadores, que se compadece de su miseria y procura su salvación con más amorosa solicitud que la que tiene una madre por la felicidad de sus hijos. Ella es la amable Consoladora de los afligidos, que guarda en su corazón de madre consuelo para las almas atribuladas, remedio para todas las dolencias, bálsamo celestial para todas las heridas.
Ella ha sido tan generosa para con nosotros, que no ha omitido sacrificio con tal de socorrernos y salvarnos. Si se sometió al dolor de ver morir a su Hijo fue únicamente, porque sabía que ese sangriento sacrificio era necesario para salvarnos. Pero ¿quién podrá fijar los limites de su amor? Más fácil sería medir la extensión de los mares, la inmensidad del espacio y la profundidad de los abismos.
Para que la devoción a María sea verdadera, es preciso que viva y se manifieste dentro y fuera del hombre; que viva en el corazón y que se manifieste en las obras. Si de alguna de estas dos condiciones careciese, seria o un cuerpo sin alma o un alma sin cuerpo.
Nuestra devoción debe consistir en honrarla, amarla y servirla. Debemos honrarla porque ha sido sublimada a la más excelsa grandeza. Toda dignidad merece ser honrada, y ¿quién puede sobrepujar en dignidad a la que ha sido Madre de Dios? A ella, pues, debemos tributarle un culto sólo inferior al de Dios pero superior al de los ángeles y de las santos porque a todos ellos sobrepasa en dignidad, grandeza y excelencia.
Debemos amarla, porque si la grandeza merece respeto, la bondad despierta amor y confianza. ¿Quién más amable y bondadosa que María?
Pero nuestro amor sería estéril si no se manifestase por medio de nuestras obras: por eso debemos servirla, como un hijo sirve a su madre y un súbdito a su señor. Sólo con estas condiciones nuestra devoción será verdadera y atraerá sobre nosotros las bendiciones de María.
JACULATORIA
En tu regazo ¡oh María!
mi vida, mi alma y mi cuerpo
yo pondré desde este día.
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Las reflexiones de este mes estan tomadas del libro:
MES DE MARÍA INMACULADA POR EL PRESBÍTERO
RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ
CON APROBACIÓN DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA
IMPRIMATUR
Barcelona 25 de enero de 1906
El Vicario General. Provisor
JOSÉ PALMAROLA
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