MARTES OCTAVA DE PASCUA FATIMAZO

Martes de la Octava de Pascua
• María Magdalena encuentra el sepulcro vacío.
• Jesús resucitado la llama por su nombre.
• la alegría del primer anuncio.
María Magdalena, una de las mujeres que seguían al Señor y que había sido liberada de siete demonios. El domingo se levantó antes del amanecer y se dirigió al sepulcro en el que habían dejado el cuerpo de Jesús.
Pero al llegar descubre que no hay soldados custodiando el lugar. Además, la piedra que tapaba la entrada se encuentra desplazada, a unos metros de distancia. Ve, entonces, ya entre lágrimas, que la tumba está vacía.
Las lágrimas de la Magdalena nos enseñan que el verdadero temor de Dios es el miedo a perderle.
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?», le preguntó también el mismo Cristo cuando la encontró poco después. En un primer momento, ella lo confunde con el encargado del huerto. Solo cuando Jesús pronuncia su nombre –«¡María (Magdalena)!» (Jn 20,16)–, ella descubre que tiene delante a Cristo, en cuerpo glorioso. ¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre.
EL ITINERARIO que recorre María Magdalena hasta encontrarse con Cristo glorioso es similar al de todos los cristianos: levantarse de las caídas con humildad; buscar al Señor sin detenerse en los momentos de desánimo; cuidar de los demás; acompañar a Jesús cuando aparece inesperadamente la cruz; no perder la esperanza aunque todo parezca oscuro porque Jesús está vivo.
Como le sucedió a ella, la voz de Jesús que pronuncia nuestro nombre con un acento personalísimo nos despierta y nos arranca del desaliento. Vivir atentos a su voz, pendientes de lo que Cristo quiere decirnos en cada momento, transforma la vida cotidiana en una constante ocasión de amor.
Jesús confía a esta mujer fiel el primer anuncio de la gran noticia: «No me retengas… anda, ve a mis hermanos y diles: subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».
Fatimazo por la Paz.
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