NOVIEMBRE DEDICADO A LAS ALMAS DEL PURGATORIO DÍA 16

El corazón humano es naturalmente inclinado a la compasión, y así vemos con harta frecuencia que no sabe resistir a sus piadosos impulsos, y hay circunstancias en que de tal suerte se conmueve, que da y promete todo cuanto está a su alcance.
Particularmente a la hora de la muerte, en la despedida para la eternidad, suplicamos apasionadamente a los que nos dejan que no se olviden de nosotros en el Cielo: ellos nos dan palabra de no olvidarnos, y nosotros les prometemos que nunca han de faltarles nuestros sufragios y oraciones.
Pero ¡ay!, con el lúgubre son de las campanas suele perecer la memoria de nuestros difuntos, y concluidos aquellos oficios públicos que la costumbre y la Religión nos prescriben en favor de ellos, no vuelven a recibir sufragio alguno, y en su extrema desolación y amargura en vano reclaman de nosotros, en medio de las llamas que los devoran, el cumplimiento de las promesas que les hicimos.
¡Ah, no! No faltemos a la palabra dada a los muertos.
Cuanto mayor es su tribulación en el Purgatorio, tanto más activa y piadosa debe ser nuestra caridad para con ellos, tanto más indeleble su memoria, y más amorosa y constante nuestra fidelidad en cumplirles lo que les tenemos prometido.
Muchas veces el aliviar a las almas de los difuntos no solo es un cumplimiento de nuestras promesas, sino también una obligación de justicia cuando quedan a nuestro cargo legados piadosos.
Su ejecución está prescrita por el orden social, la justicia y la Religión: y aquellos que no los cumplen, apropiándose sus rentas, son ladrones sacrilegos, son verdugos crueles de las almas abandonadas a la voracidad del fuego; y contra ellos reclaman todas las leyes divinas y humanas.
¡Ay de aquel que se mantiene con los bienes de los muertos! Cree engordar impunemente, y no advierte que se sustenta con un manjar que es tan nocivo a los vivos como provechoso a los muertos.
Muchas son las familias que se arruinan por no haber satisfecho las obligaciones de las misas y demás legados de sus ascendientes.
Seamos, pues, muy exactos en cumplir su última voluntad, para que no caigan sobre nuestras cabezas las maldiciones del Cielo.
El Concilio de Trento mandó a los Obispos que velasen atentamente sobre el cumplimiento de las mandas piadosas; y el Vasense, aprobado por San León el Grande, ordenaba que fuesen arrojados de los sagrados lugares como infieles los que se apropian las ofrendas de los muertos o retardan el entregarlas a la Iglesia; y otros Concilios disponen que se prive interinamente de la comunión eclesiástica a los que suspendan la ejecución de la piadosa voluntad de los difuntos.
Estas leyes tan rígidas y estas penas tan severas nos dan a entender cuán grave delito sea el burlar la esperanza de los difuntos defraudándoles de los sufragios prescritos.
Los mismos gentiles fueron en este punto tan cuidadosos, que en varios paises no se atrevían a apoderarse de sus utensilios, quemándolos juntamente con los cadáveres por vía de holocausto.
¿Y con cuánto mayor esmero no deberán los fieles emplear en sufragio de los difuntos lo que ellos mismos se reservaron para su alma?
ORACIÓN
No permitáis, ¡oh gran Dios!, que faltemos a los deberes de justicia para con las almas del Purgatorio. Harto sagrado es su derecho y harto imponente nuestra deuda por las promesas que les hicimos y por los legados que dejaron a nuestro cargo cumplir.
Son muy justas las leyes de la Iglesia contra los sacrílegos defraudadores de las obras pías pertenecientes a los difuntos, y tienen aquellos muy merecida vuestra indignación.
Queremos, Señor, satisfacer plenamente nuestra conciencia, haciendo todo aquello a que estamos obligados, y os rogamos que os dignéis aceptar esta satisfacción en descuento de lo que deben a vuestra justicia nuestros difuntos, para que cuanto antes se vean libres de las cadenas de fuego que los oprimen, y vuelen a gozar de las delicias de vuestra gloria.
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