NOVIEMBRE DEDICADO A LAS ALMAS DEL PURGATORIO DÍA 29

Del mismo modo que hubiéremos tratado a nuestros prójimos, seremos nosotros tratados.
En la otra vida halla piedad quien en esta la ha ejercitado con el menesteroso.
Es la piedad una dichosa semilla que nos produce misericordia, y en el siglo futuro se recoge lo que en este se ha sembrado.
Por lo cual si sembráremos sufragios para el Purgatorio, allá los recogeremos abundantes si llegáremos a entrar en aquella región de tormentos.
Pero si en nuestro corazón no hay más que dureza y olvido, tristísimo será el fruto que nos produzcan.
Experimentaremos la misma dureza y olvido con que ahora nos portamos con los difuntos, lo cual nos será tanto más sensible cuanto que no cabrá duda alguna en que lo tenemos muy merecido con nuestra cruel conducta.
Evitemos semejante desgracia, esforzándonos en ser piadosamente generosos con las almas del Purgatorio.
A su divino gobierno, que nosotros llamamos Providencia, ha prefijado el Señor ciertas leyes, de las cuales no se aparta, regularmente hablando. Brilla su sol para malos y buenos, pero para estos tiene un no sé qué de más risueño y benéfico, mientras para los impíos parece que como ministro de la divina justicia se muestra menos sereno y apacible.
Lo mismo sucede con las almas del Purgatorio, que según el porte que hubieren tenido en esta vida con las que ya padecían antes que ellas bajaran a aquella cárcel de expiación, así será la parte que les quepa en los sufragios que se hacen por ellas.
El que fue misericordioso alcanzará más pronto misericordia, y el que hubiere tenido duras las entrañas verá que el Señor le trata de un modo más severo, haciendo que le toque menos en la distribución de los socorros de la tierra.
Tengamos esto muy presente para obrar como en el Purgatorio quisiéramos haber obrado.
En todas las edades ha sido el ejemplo un resorte muy poderoso, y su influjo se extiende a larga distancia de unos hombres en otros.
Si al pasar por este valle de lágrimas dejamos en él ejemplos de generosa piedad para con los difuntos, no faltarán corazones que los imiten cuando nosotros hayamos bajado a aquella mazmorra de dolor.
Pero si, por el contrario, los que formamos la generación presente no volvemos los ojos a nuestros amigos y parientes del Purgatorio, es muy probable que nuestros hijos y allegados tengan para con nosotros la perniciosa indiferencia de que les dimos ejemplo.
Está, pues, en nuestra mano el prepararnos frutos de piedad para el otro mundo, el granjearnos el favor divino, y el disponer a los que nos sobrevivan a compasivos sentimientos de caridad para con nuestras propias almas.
ORACIÓN
No queremos, Señor, privarnos de los auxilios de la piedad de nuestros hermanos ni de los de vuestra inmensa misericordia, por tanto desde ahora nos encomendamos a vuestra infinita clemencia, pidiéndoos tener cuando estemos en el Purgatorio una gran parte en las oraciones y sufragios de los vivos.
Pero para lograr tan preciosos bienes, el orden de vuestra sabia providencia requiere que nosotros seamos en la tierra tan generosos con los muertos como nosotros cuando hayamos pasado a la eternidad querremos que los vivos lo sean con nuestras almas.
Con este fin ponemos en vuestras manos nuestros corazones, para que los hagáis sinceramente piadosos y activos en socorrer a las benditas almas del Purgatorio.
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