Son muchas las manifestaciones del fervor inmaculista que inundaba España y sus posesiones de ultramar durante el «Siglo de Oro», período que se extiende hasta las primeras décadas del XVIII.

Todos, desde los reyes hasta el más humilde de sus súbditos, con algunas pocas excepciones, se mostraban decididos a defender a capa y espada la piadosa creencia de que María fue concebida sin pecado original.

Los mejores teólogos, impulsados por obispos, cabildos y universidades, argumentaban a favor de la sentencia y postulaban del Romano Pontífice su declaración dogmática.

Las cofradías se distinguieron también en la defensa del singular privilegio mariano: si la Virgen había de concebir al Hijo de Dios no convenía que fuera tocada por el pecado, ni siquiera por el original, heredado de nuestros primeros padres.

Dios podía hacerlo y, sin duda, lo hizo. Eligió a la Virgen y la colmó de todas las gracias posibles, también la de estar inmune al pecado desde el momento de su concepción.

Las primeras cofradías fundadas en España con el fin específico de la veneración del misterio de la Inmaculada datan del siglo XIV, aunque fue en la centuria siguiente cuando alcanzaron mayor auge, en parte gracias a la labor de los franciscanos.

El gran auge de las cofradías de la Purísima se debe al cardenal Cisneros, quien estableció la cofradía en Toledo en 1506 «…por cuanto por la especial devoción que siempre hemos tenido y tenemos… tenemos por bien ser Patrón y Cofrade de la Concepción de la Madre de Dios de dicha ciudad de Toledo, que nos hemos fundado».

FUENTE: Libro “El posicionamiento inmaculista de las cofradías españolas”


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