Aproximadamente diez años después de la fundación de la ciudad de Salta, en 1592, llegaron dos grandes cajones flotando sobre las aguas del Océano Pacífico al puerto del Callao en Perú. Uno de los cajones tenía grabada la inscripción: «Una virgen del Rosario para el convento de predicadores de la ciudad de Córdoba», y el otro: «Un Cristo crucificado para la iglesia matriz de la ciudad de Salta», imágenes enviadas por el antiguo Obispo del Tucumán Fray Francisco de Victoria.

Se llevaron en procesión a Lima y el virrey García Hurtado de Mendoza ordenó que se cumpliera el mandato del Obispo. Así, las imágenes fueron transportadas en mula aproximadamente 2800 km, dejando en Salta el Cristo correspondiente y continuando a la ciudad de Córdoba.

Luego de 100 años de la llegada de la imagen a Salta, un gran temblor sacudió y destruyó la región. En la Iglesia matriz se encontraba una imagen de la Inmaculada, que posteriormente se llamaría «Virgen del Milagro», la cual cayó al suelo a los pies del Cristo, mirándolo en actitud orante.

La imagen no sufrió daños a pesar de la altura desde donde cayó, solo los colores del rostro cambiaron, quedando pardo y macilento. Este hecho fue interpretado como una súplica e intercesión de la Virgen ante su Hijo, con el resultado de los escasos daños sufridos por la ciudad.

Los temblores continuaron, aunque con menos intensidad. Un sacerdote jesuita escuchó una voz que le decía «mientras no saquen al Cristo en procesión, no cesarán los terremotos». Y así lo hicieron, el pueblo orante pidió que dejara de temblar, y al tercer día renació la calma y con ella se comenzó a hablar del «milagro».

FUENTE: Aciprensa

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