28 de agosto – San Agustín de Hipona

 

Agustín nace en Tagaste (actual Argelia) el 13 de noviembre del año 354. Su padre, llamado Patricio, era pagano, pero se convirtió al catolicismo antes de morir, gracias a las virtudes y oraciones de Mónica, la abnegada y dulce madre de Agustín, que también conseguiría la conversión de sus hijos, y sería declarada más tarde santa.

 

Agustín era un joven irascible, soberbio y tenía un espíritu ardoroso. Su amigo Romaniano se hizo cargo de sus estudios. Más tarde, Agustín marcharía a estudiar retórica a Cartago, donde fundaría su primera escuela. El ambiente licencioso de esta ciudad le llevó a una vida disipada, centrada en el disfrute de los placeres sensibles. Allí convivió cerca de diez años con una concubina, con la que tuvo en 372 a su hijo Adeodato. Decepcionado por una primera lectura de las Escrituras, renegó de la religión católica y trató de satisfacer sus exigencias de verdad refugiándose en el maniqueísmo, filosofía dualista de Persia muy extendida en aquella época en el Imperio Romano de Occidente. La inconsistencia de esta doctrina hizo que su fe en el maniqueísmo comenzara a resquebrajarse.

 

Más tarde, Agustín marcha a Roma, donde abre una escuela de retórica. Allí rompió con el maniqueísmo definitivamente. En 384 es invitado a Milán, donde conoce al obispo de la ciudad, S. Ambrosio, y sus sermones le dejaron «maravillado, sin aliento, con el corazón ardiendo». Agustín se siente atraído nuevamente por el cristianismo. Un día, por fin, -según su propio relato-, creyó escuchar una voz como la de un niño, que repetía: «Toma y lee». Interpretó esto como una exhortación divina a leer las Escrituras y leyó el primer pasaje que apareció al azar: «Nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias » (Rom. 13, 13-14). Así decidió abrazar el cristianismo. Fue bautizado junto a su hijo natural por Ambrosio la víspera de Pascua del año 387. Su madre Mónica murió viéndolo ya convertido.

 

En el año 388 Agustín regresa definitivamente a África. En el 391 es ordenado sacerdote en Hipona por el anciano Obispo Valerio. Agustín sostuvo un enconado combate contra las herejías de los maniqueos, pelagianos, donatistas, arrianos y priscilianistas. En el 395, San Agustín es nombrado obispo de Hipona. Muere el 28 de agosto del 430. En su doctrina mariana, Agustín se adelanta quince siglos a la doctrina del Vaticano II sobre la Virgen, quien contempla a María en relación con su Hijo y con el misterio de la Iglesia.

 

Aparece ya en los escritos del obispo de Hipona la idea de la predestinación de María. El Magisterio reciente, en la bula Munificentissimus Deus de Pío XII, dice que María ha sido elegida en el mismo momento que Dios decidió la encarnación del Verbo. En el s. V, S. Agustín dice: «Antes de que de ella naciera, la conoce como Madre en su predestinación. Antes que Él, como Dios, diese el ser a aquella de la que Él lo había de recibir como hombre, ya la conoce como Madre» (Trac. In Iohanem 8,9). «Él eligió a la Madre que ha creado, Él creó a la Madre que había elegido» (Serm. 69,3).

 

Las dos prerrogativas de María, ser virgen y madre, definen su misión en la historia de salvación como Madre del Verbo y modelo de la Iglesia. Para S. Agustín la maternidad y la virginidad de María están admirablemente unidas para profesar en la fe la realidad de que Cristo es verdadero hombre –porque María es verdadera Madre- y su divinidad –porque lo ha concebido y dado a luz virginalmente-. En una homilía de Navidad afirma: «No fue el sol visible quien hizo santo este día para nosotros, sino el Creador invisible del sol, cuando la Virgen Madre dio a luz, desde su vientre fecundo y su cuerpo virginal, al Creador hecho visible para nosotros, el mismo Dios invisible que también ha creado a la Virgen. Virgen al concebir, virgen al dar a luz, virgen con el niño, virgen y madre, virgen para siempre. ¿Por qué te admiras de esto, oh hombre? Dios tenía que nacer de esta manera cuando se dignó hacerse hombre » (Serm. 186, 1).

 

María aceptó libremente el plan de Dios y concibió por la fe al Hijo de Dios en su corazón antes de formarlo en sus entrañas. Ella es también Madre de la Iglesia porque ha cooperado al nacimiento de todo el cuerpo místico de Cristo: «Por tanto, solo esta mujer, no solo en su espíritu sino también en su cuerpo, es virgen y madre. Es madre en el Espíritu, pero no de nuestra Cabeza, el mismo Salvador, porque Ella nació espiritualmente de Él (…). Sino que Ella es claramente Madre de los miembros; es decir, de nosotros, porque Ella cooperó con su caridad, para que los fieles cristianos, miembros de la Cabeza, nacieran en la Iglesia» (De sancta virginitate, 6).

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