María, Madre de Misericordia

Este es uno de los títulos en la letanía que repetimos con más frecuencia durante el rezo del rosario: después de cada misterio en el que meditamos sobre la vida de Jesús, llamamos a Nuestra Madre de Misericordia, le pedimos su ayuda y reconocemos  su poder de intercesión diciendo desde el fondo del corazón:

“María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defíéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.” 

O, “María, Madre de gracia, Madre de misericordia, en la vida y en la muerte ampáranos gran Señora. Amén.”

Madre de Misericordia… Significa tanto para mi y para todos sus hijos que acudo a San Juan Pablo II para mejor entender y profundizar en este título.

Juan Pablo II en el rezo del “Regina Coeli” del  Domingo 22 de abril de 2001 nos dice:

“…Dirigimos nuestra mirada a María santísima, a la que hoy invocamos con el título dulcísimo de “Mater misericordiae”. María es “Madre de la misericordia” porque es la madre de Jesús, en el que Dios reveló al mundo su “corazón” rebosante de amor.

La compasión de Dios por el hombre se comunicó al mundo precisamente mediante la maternidad de la Virgen María. Iniciada en Nazaret por obra del Espíritu Santo, la maternidad de María culminó en el misterio pascual, cuando fue asociada íntimamente a la pasión, muerte y resurrección de su Hijo divino. Al pie de la cruz la Virgen se convirtió en madre de los discípulos de Cristo, Madre de la Iglesia y de toda la humanidad. “Mater misericordiae”…”

Nuevamente el Santo Papa Juan Pablo II en su carta sobre la Misericordia Divina, número 9 nos dice:

“Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el « beso » dado por la misericordia a la justicia.  Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat» definitivo. María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que « por todas la generaciones » nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad.”

Años más tarde el Santo Papa Juan Pablo II vuelve a hablar en su carta “El Esplendor de la Verdad sobre María como nuestra Madre de la Misericordia” en el número 118:”María es Madre de misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). Él ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mt 9, 13). Y la misericordia mayor radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo: su misericordia para nosotros es redención. Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a pecar. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu.”

Se hace un nuevo llamado a la Madre de Misericordia en la Oración escrita por San Juan Pablo II:

“María,

Madre de misericordia,

cuida de todos para que no se haga inútil

la cruz de Cristo,

para que el hombre

no pierda el camino del bien,

no pierda la conciencia del pecado

y crezca en la esperanza en Dios,

«rico en misericordia» (Ef 2, 4),

para que haga libremente las buenas obras

que él le asignó (cf. Ef 2, 10)

y, de esta manera, toda su vida

sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).

Amen.”

Como hemos visto San Juan Pablo II a través de sus escritos nos explica esta letanía que es un título a la Virgen María en el que se plasma el gran amor de Dios a los hombres: Madre de Misericordia, madre de Dios que se hizo hombre para redimir a sus hijos a los que quiere mucho y a los que ofrece un camino de perdón y salvación. Está en nuestras manos elegir el camino de la Misericordia que María Su Madre conoce mejor que nadie y gozar con Dios de la vida eterna.

Autor: Leidy Rosado Novelo de Peniche.

No. 15 de la Serie Letanías Lauretanas 

Equipo Fatimazo por la Paz.

Categorías: Fatimazo

Comentario