Misiones después de las misiones

Autora: ABS, Yucateca. 27 años.

La primera vez que me fui de misiones realmente no sabía que era irse de misiones. Me dieron una lista con ropa que tenía que empacar y con víveres que tenía que comprar y con piezas de cuidado personal que tenía que llevar. Llegó el domingo en cuestión y me puse un uniforme, me comí un sandwich y me subí a un autobús. Fui a un retiro de dos días y, luego, llegué a un pueblo llamado Timul. “Vas a predicar la palabra de Dios” me dijeron. Yo: una niña que, si bien creo y desde pequeña sé hacer el rosario, había crecido en una escuela laica y sin clases de fe católica.
Me desperté al día siguiente, nerviosa, sin saber cómo iba a afrontar el reto. Desayuné y busqué a mi responsable. Minutos después nuestro equipo estaba sentado mientras la responsable leía el evangelio del día. Terminó la lectura y la discutimos brevemente, preparándonos para llevar la Palabra. A modo de conclusión, nuestra responsable nos dijo “recuerden, niñas, no sólo venimos a predicar con la palabra… también hay que predicar con la acción”. Al principio no entendí a qué se refería pero lo fui entendiendo, sin hablar, con el ejemplo. No sólo íbamos a enseñar el evangelio del día; muchas veces también terminábamos lavando platos, planchando ropa, barriendo, cuidando bebés, ayudando a regar el huertito del patio trasero. Cuando llegábamos a una casa no sólo preguntábamos si podíamos contarles del evangelio del día, también preguntábamos en qué tareas, aparentemente meniales, podíamos ayudar. A veces sólo nos pedían que escucháramos sus dudas, sus historias, sus vidas. La labor del misionero es una labor de amor.
Terminó la semana de misiones y, más rápido de lo que imaginé, ya estaba en casa: con un baño amplio y funcional, la comodidad de un colchón, el aire acondicionado fijado en una temperatura ideal, un clóset lleno de opciones para vestir como quisiera y comida al gusto. Sin embargo, las misiones no se acaban el domingo de resurrección. Ser misionero no es un trabajo de un día o de una semana o de un mes; ser misionero es una decisión de vida: es un “sí” a Dios. El uniforme del misionero es la fe, la fe en la práctica y la práctica de la fe. Eso es lo que no se nos debe de olvidar: somos una iglesia viva, una iglesia andante y una iglesia misionera. Prediquemos, como predicó María y como predicó Jesús, convirtiéndonos en instrumentos de amor: de amor al prójimo, de amor en acción, del amor de Dios.

Categorías: Testimonio

Comentario